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Viernes, 9 de enero de 2009

UFA

Dime tu diagnóstico y te diré a dónde no ir

No son ilegales las únicas drogas peligrosas que se pueden llevar en la valija al momento de cruzar fronteras. También esas que resultan vitales, como los antirretrovirales, que cambiaron radicalmente la vida de quienes viven con VIH sida, pueden ser causa suficiente para negar la entrada a quien las porte en al menos 30 países. Sí, la lista marcada en rojo comienza con destinos ya conocidos por su homofobia como Egipto, Jordania, Omán, Malasia, Yemen, Túnez, Singapur y China; pero también incluye al gran país del Norte, guardián de la democracia internacional: los Estados Unidos. Ubicado en el puesto número 29 –la lista se actualizó en junio de 2008 por la organización alemana Aids Hilfe–, según la virulencia con que expulsan a quienes intenten cruzar sus fronteras aun con intenciones turísticas y en viajes de corta duración. De hecho, hay una lista corta –14 países– para aquellos que no tienen piedad siquiera con los turistas o estudiantes, en la que también figura el país de las barras y las estrellas. De la encuesta propuesta por la ONG alemana participaron 184 de los 196 países soberanos en el globo y las respuestas no son alentadoras: casi la mitad del mundo (47%) mantiene reglamentación especial a la hora de permitir el ingreso a personas que viven con VIH. Pero son 30 los países que declaran sin que nadie se ponga colorado que tienen derecho de expulsar o deportar a quien viva con VIH, lo haya declarado o no. Es cierto que hay excepciones: motivos académicos –incluidas las Conferencias Mundiales sobre Sida, reuniones que alertaron a la comunidad mundial sobre las restricciones de hecho desde que en 2006, en Toronto, se negó la entrada de muchos y muchas activistas–, invitaciones especiales y trabajos de corta duración pueden ser un salvoconducto para conseguir la venia y viajar por Hungría, Armenia, la Federación Rusa, Siria o Sri Lanka (la lista completa se puede consultar en hivtravel.org, disponible en castellano). También es cierto que lo más sencillo es no declarar el diagnóstico serológico y mentir adecuadamente a la hora de solicitar el visado –consejo: jamás declaren haber tenido ninguna de las enfermedades conocidas como marcadoras (neumonía, tuberculosis), aun cuando no se tenga VIH–; pero la portación de medicamentos o bien de alguna marca fisionómica que despierte la alerta en quien guarda la frontera es suficiente para marchitar todo el resto de la vitualla turística acomodada en el equipaje. De más está mencionar la inutilidad de tales medidas de protección de fronteras: quienes toman los medicamentos delatores son apenas una mínima porción –menos del 20%– de las personas que están infectadas y ni siquiera llegan a convertirse en la punta del iceberg de quienes podrían estar infectados o infectadas sin saberlo. Pero es evidente que hay países que todavía creen que cerrando los ojos –o las fronteras–, los miedos pueden desaparecer cuando aun en los cuentos infantiles se relata hasta el hartazgo que hasta los monstruos más horribles, cuando se los mira de frente, empiezan a perder su capacidad de asustar.

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