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Viernes, 16 de enero de 2009

ENTREVISTA > KIM ANN FOXMAN

La chica de Hercules

La bella y andrógina cantante de la banda Hercules and Love Affair, en plena gira por Europa, reflexiona sobre sus orígenes hawainos, los novios gays que tuvo en su adolescencia y sobre la diferencia que existe entre vivir en la burbuja de San Francisco y cualquier otra parte de los Estados Unidos.

 Por Jessica Gysel

Escuché que habías nacido en Hawai. ¿Esto es así?

–Sí, nací en Honolulu, Hawai...

¿En serio? Como en las películas, ja, ja.

–Mi papá era hippie. Un hombre blanco. Una mezcla de sueco, ruso, americano y judío. El vivía al norte del estado de Nueva York y estuvo en Woodstock, tomaba muchas drogas y experimentó a fondo toda esa época de amor y paz. ¡Y todo con un enorme peinado afro! Entonces él se trasladó a Hawai para ir a la universidad y tuvo una especie de flechazo con el lugar. Y mi madre es de Filipinas. Haber crecido en Hawai fue una experiencia muy “insular”, diría yo.

¿Es Kim Ann Foxman tu verdadero nombre? Suena como si fuera un nom de plume...

–Lo sé. Y además rima... Es un como para una actriz porno. Pero es mi verdadero nombre.

¿Ya sabías que eras torta cuando eras chica?

–Sí, lo sabía. Tuve dos novios en la escuela secundaria, aunque el primero de ellos era totalmente gay y el segundo, bisexual. Y nos engañábamos mutuamente. El dejaba que este chico John le chupara la pija y yo me juntaba con una de mis novias. Ahora John (el que le chupaba la pija a mi novio) es una hermosa mujer y es muy amiga mía. Pero sí, siempre supe que yo era gay. En la escuela me sentía atraída por esas lesbianas rudas que tenía de entrenadoras de básquetbol.

¿Qué edad tenías cuando te mudaste a Nueva York?

–25 años. Ahora tengo 31, así que he estado aquí durante seis años. Llegué a Nueva York seis meses después del 11/9, una época ciertamente extraña para mudarse. Pero ya estaba lista, había estado viviendo durante siete años en San Francisco. Aunque sigo amando esa ciudad, por cierto. Siempre procuro regresar allí a tocar y a pasar el rato. Es lo más parecido a un paraíso homo.

Yo fui una vez a San Francisco y me shockeó que en El Castro todo fuera gay. ¡Si hasta tienen una cerveza gay!

–Sí, también tienen agua gay.

Es casi la alternativa a un ghetto.

–Es cierto. Cuando me mudé a Nueva York, después de vivir en esa pequeña burbuja que es San Francisco, fue como si mi propia burbuja reventara: ¿así que a la gente de afuera no le gusta la gente gay? El primer trabajo que tuve en Nueva York fue en una joyería. Yo podía entrar y decir “buenos días”, y que nadie me contestara. Era tan distinto a San Francisco. Yo incluso aprendí español gay en el City College en San Francisco. ¡Era un campus gay en donde yo estaba!

¿Pero qué es lo que lo hacía tan gay? ¿Aprendiste allí palabras específicamente gays?

–Era algo ridículo. Las chicas te invitaban a salir, te proponían una cita en español, ja, ja. Te lo juro. Un paper totalmente retardado que yo hice era algo así como: “Madonna es muy popular. Todos los chicos in El Castro love Madonna”. Era básicamente una clase de español para gente gay con un maestro gay que nos hacía hacer ejercicios estúpidos. ¡Y yo vivía para eso!

¿Podrías hablarme un poco de tu background musical?

–Yo empecé coleccionando discos cuando tenía 18 años (algunos de ellos tienen mucho valor ahora). Toco con ellos de vez en cuando. Muchos son del período rave.

Pero yo era demasiado vieja cuando surgió todo ese asunto de las raves. ¿De qué clase de artistas estás hablando?

–Yo solía escuchar a ciertos DJs. Muchos de ellos solían tocar un set clásico en esas raves, y había un tipo de house profundo muy propio de San Francisco, algo así como un tecno house.

¿Y cómo te vestías?

–¡Oh, Dios! Cuando me mudé a San Francisco estaba inmersa en mi fase bisexual y me la pasaba besando chicas en los baños de las raves. Me corté mi largo pelo hawaiano y, como eran los tempranos ‘90, me lo teñí de rubio. Me vestía más femenina, usaba tops y jeans acampanados. Hasta que los jeans se volvieron holgados y yo misma me volví más masculina. Entonces empecé a escuchar música más hard: me metí de lleno en el ghetto rave. Aunque siempre había sido bastante marimacho, una especie de mariconcito. Y ya tenía varios amigos DJs en aquellos años.

¿Daniel Wang y vos ya eran amigos?

–No todavía. A Daniel lo conocí más tarde en Nueva York. El tocó una vez en mi club nocturno, Mad Clams. Un 4 de julio o algo así, porque ésa fue una de las noches en que el local estuvo más vacío, debido a que todo el mundo estaba por ahí comiendo barbacoas. Pero mi primer concierto como DJ fue en Nueva York, en la fiesta de una amiga. Una fiesta que se llamaba La Boom y que organizaba Holli, la chica tras de la cual yo me vine a esta ciudad.

¿Y dónde conociste a Andy Butler, tu cómplice musical en Hercules?

–Yo estaba saliendo con Holli para ese entonces y Jay, su compañero de cuarto, estaba saliendo con Andy; y dio la casualidad de que esas relaciones terminaron casi al mismo tiempo. Poco después, me lo encontré en una tienda de discos, y enseguida empezamos a frecuentarnos y él se volvió uno de mis mejores amigos. Incluso nos hicimos juntos un tatuaje. Andy también estudiaba música, así que aprendí mucho de él. Yo era su fan número 1, supongo, y le di su primera residencia en Mad Clams. Es un DJ asombroso y gracias a él yo tengo tantos buenos discos. En aquellos años, nosotros solíamos perder el tiempo jugando con discos, recreando viejos recuerdos. Y cantando algunas canciones me fui involucrando en lo que hago. Aunque a decir verdad yo también estaba en una banda electrónica en San Francisco, con la que hicimos diez shows y eso fue todo. Entonces me compré mi primera consola y mi primer sampler, y empecé a experimentar un poco. El nombre de la banda era TooBit. Como 2Bit, pero deletreado raro. Era bastante berreta esa banda, pero ahí tomé contacto con algunas ideas nuevas y así me fui enterando de qué iba la cosa.

¿Y con cuántas chicas dirías que te has acostado?

–¡Hace tanto que no hago esa lista! Aunque tampoco te pienses que soy la gran atorranta. Para nada. Usualmente, si beso a alguien, me termino acostando, porque si no directamente ni siquiera la beso. Trataré de hacer la cuenta, aunque tengo mala memoria. Debo haber salido con alrededor de cuarenta chicas, y probablemente tuve sexo con veinte o veinticinco de ellas, para serte franca. De hecho, soy bastante celosa de mi intimidad: no me gusta andar acostándome con cualquiera. Y tampoco me gusta dormir con gente que conozco.

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Imagen: Anne De Vries - Revista Glu especial para Página/12
 
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