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Viernes, 16 de enero de 2009

LGTTBI

A mí me gustan las mujeres

 Por Regina

Sé de la importancia de la duda, registro su papel fundamental en el camino del conocimiento, valoro las posibilidades que despliega cuando es usada con audacia; sin embargo, desde pequeña, me he aferrado a una certeza. Yo, que —especulativa por naturaleza— pongo casi todo en cuestión, me rehusé a problematizarla. Sé, y supe desde siempre, que me gustan las mujeres. Y esa aserción se ha vuelto, desde que tengo conciencia, tan esencial para mí que nada pudo refutarla.

Lo supe cuando era una niña enamorada de Cristina, la peluquera de mamá, a quien regalaba dibujos afectuosos y halagaba sin sonrojarme. Ella, además de ser poseedora de “objetos mágicos”, conocía el secreto que satisfacía a las damas y, laboriosamente, las hacía felices. Ese misterio me intrigaba e intentaba descifrarlo, mirándola atónita largos minutos.

Lo supe con absoluto convencimiento cuando conocí a María Inés, mi maestra de primer grado. Lo entendí cuando “por ser dulce e inteligente”, según sus palabras, me nombró encargada de la biblioteca; cumplí esa misión sagrada, complacer su deseo, con alegría y empeño. Lo sentí cuando, durante la formación, me acariciaba el cabello. Y lo confirmaba cada tarde en mi casa mientras imitaba su modo de decir y su manera de caminar, que todavía recuerdo.

Lo supe cuando estaba por terminar el primer año de mi secundaria. Lo ratifiqué cierto día, en una hora libre, cuando fui a conversar con una compañera a un aula vacía; allí, ella “se me declaró” y, en aquel momento, percibí sus palabras con total naturalidad. Pocos días más tarde, Carina me besó en el baño de un cine y ese gesto horadó mi boca para siempre.

Lo supe cada día de mis treinta y tres años. Experimenté cómo el deseo mudaba con el tiempo y de qué forma su objeto se mantenía. Nunca vacilé, ni aun cuando no sabía de qué modo afrontar una vida lésbica, ni cuando estuve con hombres, ni en momentos arduos de la adolescencia. Cuando cumplí dieciocho años, le dije a mamá con pleno convencimiento que era lesbiana y esa tibia revelación, aunque necesaria, fue casi una verdad de perogrullo. Hoy me siento feliz de haber escuchado y atendido cada instante la voz de mi deseo, de haber abrazado esa única certeza y poder afirmar sin dudas que a mí me gustan las mujeres.

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