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Viernes, 6 de febrero de 2009

A/Z

Invertido

La pretensión de definir a un sujeto conforme a su elección de objeto sexual es mitológica, pero es una mitología que funciona. Avalada por el discurso médico-psiquiátrico, la vetusta figura del “invertido”, tan común a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se articula en el mito de que es un alma de mujer en el cuerpo de un hombre (o de hombre en un cuerpo de mujer) lo que estaría detrás del deseo por el mismo sexo. Ya se trate de un hombre que renuncia a su virilidad o de una lesbiana que hace lo propio con su lado femenino, es la supuesta heterosexualidad del deseo homosexual —esa “androginia interior” de la que hablaba Foucault en La voluntad de saber— lo que define al invertido. Y si bien el uso que se ha hecho del término ha excedido las figuras del hombre afeminado y la mujer masculina, para pasar a formar parte del enorme acervo de categorías estigmatizantes, es en la “teoría” de la inversión donde la homosexualidad es asociada de manera más firme con el afeminamiento. Proust es uno de los que se valió de la categoría de invertido para reforzar esa idea feminoide de la homosexualidad, influenciado por el discurso de la psiquiatría de su época. “Según la teoría muy fragmentaria que aquí esbozo —escribía en los manuscritos de Sodoma y Gomorra—, en realidad no habría homosexuales. Por masculina que pueda ser la apariencia de la loca, su gusto por la virilidad provendría de una feminidad profunda, por muy disimulada que estuviese. Un homosexual sería lo que pretende ser de buena fe un invertido.” La idea de que un invertido es un hombre que no es realmente un hombre y que sólo puede ser atraído por un hombre que no es como él (el paradigma del deseo de la loca por el chongo) es lo que lleva a Proust a pensar que el homosexual es antes bien una “mujer” que ama a los hombres que aman, a su vez, a las mujeres. De ahí que el alemán Karl Heinrich Ulrichs, considerado el primer gran abogado de la causa gay, se amparara en estas ideas (“Somos mujeres de espíritu”, escribía) a la hora de defender el derecho al matrimonio de los homosexuales, allá por 1860. Algo que él justificaba admitiendo la posibilidad del amor entre heterosexuales y homosexuales, y considerando el matrimonio como un sucedáneo, una variación apenas del matrimonio entre hombres y mujeres.

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