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Viernes, 6 de febrero de 2009

LUX VA AL URITORCO

Abducidx y abandonadx

En busca de paz y vida celestial, nuestrx cronista llegó hasta el cerro donde los encuentros siempre son cercanos y de todo tipo.

¿Y si al final hay vida después de la muerte? Me dije entre sollozos a los pies de mi cama al chocarme de bruces con un tremendo lunes otra vez sobre la ciudad. Fue decirlo y salir eyectadx hacia Retiro por obra y fuerza de la perspicaz Tía Enriqueta. “Lux de mi alma, estás teniendo la misma resaca que Nietszche y que el pobre tío Alberto, que en paz descansan ambos. ¿Para qué escupir al cielo cuando existen otras preguntas más fáciles y con colaterales turísticas? Por ejemplo: ¿Hay vida en Marte? La respuesta está en el cerro.” Y si algo tiene la Tía Enriqueta es toda la razón. Ya soñaba yo con que me abducían las venusinas de Adamski y otros personajes celestiales, cuando me vi subida a un micro munidx de equipo de mate, linterna y largavistas. ¡Me niego al semicama! Cama entera, cama redonda, cama matrimonial y con papeles pero nunca Lux retozará en una semicama, grité. “Yo te llevo, cosita”, terció uno de los choferes que dijo estar de franco y que, para ser francos, me hizo sentir que hay vida en esta vida. El viaje a Córdoba, un sueño: paradas en las estaciones de servicio, mucho camionero chongo de ojotas, termo en mano y las infaltables paradas intermedias en ciudades como Villa General Belgrano, donde fue llegar y correr bajo las águilas bávaras que nos miraban, curiosas e inquisidoras, mientras intentaban vendernos su memorabilia filonazi. Compramos y huimos de la mano. San Marcos Sierra nos recibió con mucha paz, hippies de sesenta de los sesenta y también de los de la nueva ola refrescándose en el río Quilpo. Una señora denominada María Beatriz nos alquiló una cabaña matrimonial sin chistar, se guardó la platita en el corpiño y ahí nomás nos recomendó buenos lugares para comer. “Ah, y no dejen de ir a la feria artesanal”, exclamó sin mirarnos, mientras sacaba la plata para contarla de nuevo. Ya sin dormir nos fuimos al Uritorco tarareando al unísono “Quiero ser el capitán de la Enterprise, quiero ser el rey de los Zulúes, conozcámonos y tengamos un bebé ahora…”, con Kate y Cindy en la memoria. Deshidratadx saqué de mi mochila mi cantimplora hasta el tope de ginebra pero mi chofer inmediatamente la volcó completa en el remanso, en las hectáreas y hectáreas de jardines, en el laberinto tipo Jericó y en el mirador de rocas con morteros hechos por los comechingones. “Acá lo que se toma es Hidromiel”, me dijo, juntando pulgar e índice tras ofrecerme el manjar que me conectaría con el universo. ¡Era un fanático! A pesar de mi resistencia a quitarme las plataformas, me condujo por los imperceptibles senderos de Huertas Malas, “laberinto peligroso, enigmático y misterioso”, señalaba a diestra y siniestra con cadencia de guía. Y así me fue señalando, con nombre y apellido, cada luz y cada chispazo que asomaba en el firmamento. “¿Ves algo?”, me preguntó, impaciente. Y yo pensé: “Si no hago contacto con todo esto, me dedico a coleccionar enanos de jardín”. Pero no hubo caso. “No insistamos, mi ángel. Igual te cuento que me estoy sintiendo un Vórtex en erupción”, le dije. Pero lejos de querer darle curso a mi impetuosa lava, él se lavó las manos en las aguas del arroyo (para purificarse de tanta incredulidad de turista recienvenidx) y se fue con unos señores de túnica que acababan de avistar un objeto vibrador no identificado y me dejó solx, bajo la inmensidad astral, creyendo oír la agitación aguardentosa de José de Zer persiguiendo huellas marcianas en los resecos yuyos. o

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Imagen: Sebastian Freire
 
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