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Viernes, 24 de abril de 2009

ES MI MUNDO

Anger o la eterna juventud

Como un mago del erotismo queer, Kenneth Anger lleva más de 60 años produciendo películas hipnóticas en las que todos los supuestos de la normalidad quedan fuera de juego. Pionero en el arte de desafiar la moral media con sus imágenes y tramas psicodélicas, Anger se jacta además de rendirle culto a Lucifer por ser éste el “amo de la luz”, quintaesencia del cine. Este año, el Contemporary Art Center de Nueva York le ofrece una retrospectiva que Kenneth anima con su banda, Technicolor Skull, mientras la mayoría busca el secreto de su vitalidad en un pacto sobrenatural, en su simpatía por el demonio.

En 1967, en un extremo gesto de humor negro, Kenneth Anger, con cuarenta años recién cumplidos, publicó una página anunciando su propia muerte en el semanario neoyorquino Village Voice. El chiste macabro tenía que ver con la desazón frente a los problemas que no le permitían terminar su última película underground, Invocation of my Demon Brother: muerta la obra, muerto el creador. Dos años más tarde, esa obra de este pionero del cine queer vería la luz en la oscuridad de las salas de cine, con música de sintetizadores realizada por Mick Jagger. Este mes, más de cuarenta años después, Kenneth Anger, pasando la octava década de vida, continúa su obra con una vitalidad inusual: ahora es protagonista de una retrospectiva en el Contemporary Art Center de Nueva York, donde además de exhibir sus películas recientes realiza performances con su banda, Technicolor Skull, donde toca el theremin. Conociendo sus satánicas inclinaciones, no es raro que su larga juventud creativa se deba a algún extraño pacto con el demonio.

UNIFORMADOS GLAM

Es probable que, por anticuado, el mote de “Fábrica de sueños” no le vaya bien al Hollywood de estos días. Pero alrededor de la década del ‘40, cuando el glamour de la edad de oro de la industria del cine todavía era dorado, la invitación a soñar de la pantalla hollywoodense estaba en el colmo de su esplendor. Kenneth Anger fue criado por esos años dentro de los grandes estudios de cine porque su madre era vestuarista, y debutó como actor-niño en la película Sueño de una noche de verano, de Max Reinhardt. Las cuentas daban que Anger se iba a convertir en una estrella, y el cálculo no falló, sólo que, en lugar de ser una celebridad dentro de la industria, Anger brilló en los márgenes. Porque el sueño de Anger no coincidía con el que las imágenes de Hollywood ponían en movimiento, era más bien su reverso. Y, con una potencia inusitada, su primer revés lo dio a los diecisiete años, cuando filmó Fireworks (1947), la película underground que sería el puntapié inicial donde se inscribían las líneas del homoerotismo que luego desarrollarían cineastas tan diversos como John Waters, Jean Genet, R.W. Fassbinder y Gus van Sant. Relato onírico arrancado de la estética del blanco y negro expresionista del film noir, Fireworks retrataba el fetiche por los uniformes con chongos marineros soñados por un adolescente de yiro por un baño público. “Los marineros eran amigos, eran estudiantes de la Universidad de Cine de California. Cuando los vi en uniformes de verano, los invité a mi casa un fin de semana para hacer una película. Aceptaron y la hicimos, parecían marineros que encontré en la calle, pero eran estudiantes. Y estaban de acuerdo en actuar en esta suerte de fantasía onírica. Hice la película en setenta y dos horas trabajando contrarreloj. Tenía toda la casa para mí, porque mi familia había ido al funeral de un tío en Pittsburg. Entonces convertí mi casa en un estudio cinematográfico”, dijo Kenneth Anger en su única visita a la Argentina en 2002, en una retrospectiva del Festival de Cine de Mar del Plata. Un fin de semana le bastó para hacer que el sadomasoquismo mezclado con una suerte de ritual ligado al culto de Aleister Crowley hiciera que el erotismo queer de Fireworks sea una mezcla narcótica de inusual impacto. El propio Anger era el protagonista que flirteaba duro con sus amigos de uniformes, y se convirtió en una estrella de la escena del arte de vanguardia queer: Jean Cocteau lo apadrinó y pasó sus siguientes años en París, creando sus siguientes películas. Entre ellas, Puce Moment (1949) retrataba a una diva que adelantaba el rictus trastornado de la Norma Desmond de Sunset Boulevard, creando una suerte de estética de glamour degradado, muy propia del arte transformista, que luego continuarían otros cineastas del glam trash como Jack Smith y Andy Warhol. Cada parpadeo de la cámara de Anger parecía abrir autopistas por donde circularía parte del imaginario queer cinematográfico.

EL AGUIJON POP

Kenneth Anger invirtió toda su rabia creativa en Scorpio Rising, tal vez el más célebre opus del cine underground, que instauró definitivamente no sólo una forma oscuramente provocativa de homoerotismo sino también una particular manera de apropiación de materiales pop. Usurpando la estética de las películas de delincuencia juvenil y sacando del closet a dos de sus estrellas, James Dean y Marlon Brando, Anger mezcla la semblanza de una banda de motoqueros con imágenes que van de los comics a la TV, para darse una vuelta por la cultura occidental (sin dejar de lado a Jesucristo, ni a Hitler), con una lectura políticamente incorrecta en clave queer, todo eso musicalizado con hits en plan irónico, desde el Elvis de “Devil in Disguise” al Bobby Vinton de “Blue Velvet”, pasando por el “Hit the Road Jack” de Ray Charles. La película, absorbiendo todo a su paso, fue pionera en una visión anarcoerótica, en la creencia de que todo se podía leer a contrapelo del heterosexismo. Además, la mezcla era como un torbellino sensorial, culturalmente opulento, sincopado y desafiante, con una luz que encandila porque Anger profesa el culto luciferino (por Lucifer, “el ángel de la luz”, el amo de las formas y los colores). Scorpio Rising explotó hasta ser una película de culto del under, mezclando rockers con locas en cada proyección, aunque fue prohibida en algunos lugares de EE.UU. por una escena de un motociclista en desnudo frontal en una orgía carnavalesca en Halloween. “Scorpio Rising es sobre motociclistas, pero no uso actores. La realicé en Brooklyn con una banda real de motociclistas que aceptaron que los filmase. Pero es inusual porque un grupo como ése sospecha de los extraños; tuve que hacerme amigo, no fue fácil. Pero no es un documental, es una alucinación. No realizo documentales, elaboro visiones, alucinaciones, pero empiezo con cosas reales. Muchas de mis películas no tienen mucho que ver directamente con lo gay, que sólo está en mi sensibilidad, en mi manera de ver. En Scorpio Rising, los motociclistas eran mayormente italianos de clase obrera y no eran gays. Ellos tenían novias y me decían: ‘¿Por qué no aparecen en la película nuestras novias?’” Antes de que cierta tendencia de la cultura gay se fundara sobre la asimilación a ciertos patrones muchas veces culturalmente pacatos, Anger fue pionero y vanguardia en el acto de desafiar la moral media con sus películas alucinadas de montajes psicodélicos, drogones y eróticamente insurrectos que siguieron mostrando el lado B de la industria del cine, de los íconos populares. Además, Anger publicó un par de volúmenes de Hollywood Babilonia, donde se atreve a recopilar los temas supuestamente tabúes de la historia del cine, como el sexo y la muerte de las estrellas. Los últimos años, Anger volvió a pelar su vitalidad homoerótica con I’ll Be Watching you (2007), donde un guardia de seguridad espía una escena de sexo gay en un garaje al ritmo de la canción homónima de The Police; y Foreplay (2008), el registro del entrenamiento de un equipo de fútbol reconvertido en ballet de sensualidad viril. El mago del erotismo queer sigue fiel a su manera de ensartar el aguijón.

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