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Viernes, 15 de mayo de 2009

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La normalidad bien entendida

Las campañas publicitarias a favor de restablecer el matrimonio de parejas del mismo sexo en California exponen a familias gays y lesbianas como versiones lo más parecidas posible a su contraparte hétero. Una estrategia que para algunos deja a un lado la diversidad pretendiendo convencer y convencerse de que en ser normales hay un gesto político.

 Por Patricio Lennard

Después de que una asociación norteamericana llamada Nation For Marriage puso al aire hace algunas semanas un increíble spot publicitario en el que gays y lesbianas eran comparados, apocalípticamente, con una tormenta horrible que se avecina (y todo porque éstos buscan que se les devuelva en California el derecho al matrimonio que se les arrebató en las últimas elecciones con el triunfo de la proposición 8), esta semana la asociación Equality California hizo lo propio con dos comerciales que si algo buscan dejar en claro es lo normales que pueden ser las familias “homos”. Y si no, allí están Héctor y Rubén para demostrarlo: una pareja de latinos cuarentones que juegan en el tobogán del fondo de su casa con sus dos hijos pequeños y hablan de lo mal que les cayó todo el asunto de la Prop 8 (“somos una familia como cualquier otra, y como cualquier pareja merecemos estar casados”, reclama uno de ellos). O Frances y Cynthia, madres de una adolescente a quien acaban de comprarle su vestido para la fiesta de graduación, y que se ven compadecidas por su hija cuando ella dice que jamás se casaría en un estado que prohíbe que sus madres estén casadas. Postales de la vida “homoparental” que en estos dos avisos buscan persuadir al televidente heterosexual de que familias como esas son las que viven cerca de por medio. Pero que, más allá de lo persuasivos que pueden llegar a ser, reproducen un modelo que escamotea la diferencia.

Elevando el umbral a la altura de la heteronorma (como diría Judith Butler), la militancia a favor del matrimonio de parejas del mismo sexo suele pasar por alto, de este modo, no sólo el hecho de que los hijos de padres homosexuales llevan la huella singular de un destino difícil (como tantos otros hijos), sino también que los padres homosexuales son diferentes de los otros padres. Nadie habla, puertas afuera, de resignificar la familia como institución, mientras sí se reclama un derecho, que es el del matrimonio, que es también el de tener hijos, en aras de una igualdad por la que gays y lesbianas pretenden “probar” que ellos también son buenos padres y que sus hijos se portan tan bien como los de las familias héteros. Otro tanto podría afirmarse del derecho a fracasar o a divorciarse. O de las formas en que estas nuevas familias habrán de ser, por qué no, a su manera, disfuncionales.

Augurar como lo hizo Mario Vargas Llosa en un artículo que escribió poco después de que se promulgara en España la ley de matrimonio homosexual que “es muy posible que, dentro de veinte o treinta años, las familias más estables las descubran las estadísticas entre los matrimonios gays”, deposita en nuestros hombros una carga pesada. La idea de que podemos reinventar la familia no contempla, pues, la posibilidad de equivocarnos en la medida en que se nos excluye de la fatalidad (el desafío) de ser malos padres. Aunque de lo que se trata es de ser padres y madres hoy, y allí es donde el debate enfrenta a quienes ven con buenos ojos asimilarse a un modelo de familia preestablecido y gozar de los mismos derechos que los heterosexuales con aquellos que piensan que hacerlo deja afuera a quienes les resulta más difícil ocultar o disimular lo que lxs hace diferentes. Cuando el meollo de la cuestión, en realidad, es aprender a aceptar a los padres y madres lgbt tal como son y no como estos padres y madres esperan o creen que deberían ser de acuerdo a lo que los demás esperan de ellos.

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