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Viernes, 11 de septiembre de 2009

El cliente sensible

 Por Liliana Viola

LA CONSTITUCION TRAVESTI
SEBASTIAN DUARTE

DISTAL

Camuflado de flâneur, si es que puede pensarse la figura de un flâneur, gasolero y macanudo, y ostentando un genuino interés en la ropa íntima de sus protagonistas, el narrador entra en el bar de Constitución donde paran las travestis para hacerse amigo, confidente, amante ocasional, juez y parte. Ya en la solapa de La Constitución travesti se advierte que “el escritor antes de novelar recopiló anécdotas e investigó la vida de sus protagonistas principales desde antes de sus transformaciones físicas, con el recaudo necesario para que nadie sospechara de que se trataba de un periodista”. A partir de esta traición fundacional, lo que sigue pretende ser infidencia, revuelto de sábanas, escenas de la vida cotidiana entre sórdida y caliente. Lo que se suponga, todo eso está. La historia está dividida en capítulos y cada capítulo tiene a una travesti como eje alrededor del cual giran los clientes, los novios, los policías malditos, la falta de plata y de horizontes. A medida que avanza en su conocimiento del barrio y va interpretando los códigos, el periodista encubierto va cambiando de amistades, generando escenas de celos, de lealtad y, cada tanto, de sexo. Pero no está en este retrato a mano alzada lo curioso de este libro. Para encontrar algo aquí hay que regresar al punto de la traición: el hombre que se mete, que no es, que mira de afuera. La figura del chongo de las travestis es sin dudas la porción más reveladora de este libro. La mirada del cliente, y sobre todo del cliente que no paga, que se queja cuando lo dejan pagando la cuenta de las cervezas, que nombra a sus objetos de estudio “las traviesas”, que siempre se está dirigiendo a un público que comparte sus sobreentendidos, un público curioso, pero que se siente sobrevolando este mundo de locas. Tal vez sin proponérselo, Sebastián Duarte deja al descubierto al cliente testigo que se ufana de saber y de entender, aunque tenga que aclarar en cada ocasión que si se enredó con alguna de las chicas fue luego de muchos vasos de cerveza. El libro comienza con una reflexión del dueño del bar y, en un estilo que simula la crónica, aparecerán otras voces masculinas, como por ejemplo la del vendedor de lencería. Todos hablan de ellas. Ellas hablan por boca de estos hombres, que las miran y las analizan. Esta aparente apertura de los machos interpretadores es lo que vuelve a este libro una contradicción atolondrada, y en algo más que una foto de tapa sin photoshop.

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