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Viernes, 11 de septiembre de 2009

EPA

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa

De legítimo y bien duro bronce tendrá que estar hecha la heroína chilena, premio Nobel y maestra de la patria, Gabriela Mistral, de lo contrario ya estará, como mínimo, partida en dos. Tironeada entre los cancerberos de su sexualidad, los que la quieren lesbiana, los que la quieren sin deseo, los que la quieren en silencio, los que la quieren heterosexual y discreta. Los que temen que el honor de la patria pase a ser parte de una iconografía lésbica si se comprueba que ella estaba enamorada de otra mujer. ¿Y cómo convivirá la lesbofóbica con el bronce helado? Hace años ya que diferentes monografías, estudios, libros y hasta documentales buscan en sus poemas, declaraciones públicas, papeles íntimos y renuentes testigos, la comprobación de que Gabriela vivió los últimos años de su vida enamorada de Doris Dana. El último escándalo proviene de la publicación de un libro que devela un epistolario íntimo entre la escritora y Dana, quien además fue su albacea literaria. ¿Son cartas de amor? ¿Son cartas filiales, de una madre a una hija, de dos queridas amigas? Es muy difícil, encantador y casi una herejía ponerse a juzgar sobre el amor o el deseo que hay en las cartas ajenas. Claro que a este libro recién publicado, Niña errante, se agrega la famosa entrevista que el cineasta Luis Vera le hizo a Doris Dana para su documental Gabriela de Elqui, donde se produce el siguiente diálogo: “¿Ustedes dos vivían en distintas residencias? No, cómo íbamos a vivir en distintos lugares, teníamos varias residencias pero vivimos siempre juntas. ¿Usted trabajó para Gabriela? No. Nunca. Incluso a veces tuve que mantenerla yo.”

¿Importa tanto qué pasaba en la alcoba o en el corazón de Mistral a esta altura del partido? Si ya ha quedado demostrado que durante todos estos años tanto Gabriela como otras personas no han querido, no han sabido ponerle nombre a ciertos amores, propios o ajenos... Más que un icono lésbico, Gabriela Mistral es icono de la ambigüedad, de los estragos del closet, de la pacatería, de lo que la gente quiere hacer con ella.

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