turismo

Domingo, 6 de julio de 2014

SALTA. DE CAFAYATE A LA POMA

La 40, entre dos zambas

En el tramo de la RN40 que va de Cafayate a La Poma hay un racimo de parajes, postas y poblados que se internan campo adentro en suelos productivos, matizados por el sabor de las comidas regionales. De los valles a la Puna, con zambas exquisitas en cada extremo.

 Por Pablo Donadio

Fotos de Pablo Donadio

Los “pianitos” de la RN40 en su tramo salteño dejan una marca imborrable en el cuerpo. Su zarandeo interminable es equiparable a la belleza natural de sus paisajes. El auto se sacude, uno se sacude, y los tonos de montañas y campos parecen mezclarse más, hacia un tornasolado que va del rosa al violeta y del amarillo al verde. Desde su inicio en Santa Cruz, del mar de Río Gallegos a la montaña de Río Turbio, su ambición por remontar nuestra geografía hace de la 40 una ruta épica, que aquí en Salta tiene un trazado casi olvidado. En esta crónica lo recuperamos casi de punta a punta, desde la visitada Cafayate hasta La Poma, evocando pueblos y parajes, y dos zambas para el recuerdo en cada uno de sus puertos.

La ruta cruza por un sendero lunar jalonado de puntas en Quebrada de las Flechas.

ARENOSA, ARENOSITA En la provincia de Salta la 40 recorre parte de los Valles Calchaquíes hasta escalar los cielos del Abra del Acay, su punto más alto, a 4895 msnm. Y pese a su aridez, todo el trazado adquiere tanta belleza, historia y fertilidad como la producción poética y musical que el “Barbudo” Manuel Castilla y el gran Gustavo “Cuchi” Leguizamón supieron darles a sus rincones. “Arenosa, arenosita, mi tierra cafayateña. El que bebe de su vino, gana en sueño, pierde en penas...”, asegura la letra de una de sus zambas más populares, que evoca sus suelos prodigiosos. Con esos ritmos folklóricos nos recibe Cafayate, y admiramos una vez más los cerros coloridos que abrazan su pueblo, tranquilo pero siempre turístico, que ha sabido hacer del vino uno de sus principales objetos de deseo. Para los inquietos, ésta es tierra también fructífera: pasos en bicicleta por bodegas, visitas a las pinturas rupestres del Divisadero y San Isidro, noches de peña y baile, y una recomendable excursión que se inicia sobre el lecho del río Calchaquí hacia “las cinco cascadas” (algunos aseguran que ocultas en el sendero hay cuatro más). Esa última travesía completa puede durar hasta cinco horas de caminata en compañía de los cardones, para dar finalmente con algunas de las caídas de agua y sus lagunas. Esta vez, sin embargo, elegimos un tranquilo paseo por el casco histórico, que coronaremos con un buen guiso de quinoa en la plaza central. Cafayate es junto con Tafí del Valle, en Tucumán, la ciudad más importante dentro del circuito de los Valles Calchaquíes, y esa pertenencia está muy presente en sus museos, reflejo de la lucha que perduró más de un siglo con los invasores españoles. La ciudad es muy activa también en cuestiones artísticas, y las fiestas locales encuentran su punto alto en el famoso festival Serenata a Cafayate, al que asisten intérpretes de la escena nacional y visitantes de todo el país que disfrutan del baile, el canto, la gastronomía y la pintura.

Una de las cascadas que salen al paso del viajero en la travesía cafayateña.

FLECHAS Y CARDONES El segundo día de viaje arranca con mate bien calentito para templar los frescos matinales. San Antonio y San Rafael son los nombres que nos conducen a Animaná, el pueblo satélite de Cafayate. Esa cercanía, la cadena montañosa, el río y la tranquilidad que hay allí hacen de Animaná un buen lugar para quienes quieren descanso pleno sin mucha gente alrededor. Le sigue San Carlos, antigua posta española que exhibe orgullosa su iglesia declarada Monumento Histórico. Pasando apenas la RP44 se puede encontrar un camping municipal junto al resto de la urbanización y varias opciones de visita. Nosotros decidimos probar aquí las famosas empanadas salteñas, y disfrutarlas frente a la plaza a la sombra del templo del siglo XVII. En todo el tramo salteño de la ruta son muy cambiantes los escenarios, pero lo que ha de venir es tal vez lo más llamativo. De a poco, vamos entrando en el Parque Nacional Los Cardones y sus 65.520 hectáreas, dedicadas a la conservación de esos cactus gigantes, pero también a varias especies de fauna de sierra, piedemonte y depresiones. De a poco, el trayecto entrega otros campos labrados y la ruta se hamaca con el Calchaquí de un lado y la geografía salvaje del otro. Seguimos con tranco lento pero firme y conocemos de pasada Los Sauces, La Merced y Payogastilla, esta última con una pequeña y coqueta iglesia. Un giro repentino al oeste coloca al Calchaquí a nuestra izquierda, y los nombres se suceden: Monteverde, Santa Rosa y... un paisaje lunar. Es la otra gran sorpresa del camino: en el kilómetro 4380 se inicia la Quebrada de las Flechas, un montón de cerros amarronados que parecen haber sido peinados por la furia de un viento embravecido. En medio de esas formaciones, que se extienden por más de 20 kilómetros, se abren estrechos desfiladeros por los que pasamos, en compañía de paredes de unos 25 metros. Su origen, unos 15 millones de años atrás, dejó placas sedimentarias quebradas por el surgimiento de las montañas, cuyos extremos apuntando al cielo afilaron el viento y la lluvia, formando así una de las escenografías más lindas del camino. Muchos de sus recovecos, cuevas y senderos se visitan desde Angastaco, el pueblo lindero, conocido también por su Fiesta de la Uva y el Vino Patero de cada verano. El Carmen, San Martín y Angostura dan paso a Molinos, 43 kilómetros más adelante. Un desfile de casitas de adobe, típicas en la región, llevan a la iglesia San Pedro de Nolasco, fundada en 1639 como encomienda. Cuentan aquí que fue tal la importancia de Molinos como parada de la ruta comercial entre Salta y Chile que las caravanas que transportaban vinos, semillas, frutas, legumbres, papas, charqui, cueros, tejidos y alfarería fueron frecuentes hasta fines del siglo XIX.

Madera y cardón, en diferentes formas y tamaños, son clásicos de esta ruta del Noroeste.

BAJO EL VIGIA Tras San José de Escalchi y Seclantás, poblado que recuerda la baguala “El Seclanteño”, de Ariel Petrocelli, algunos carteles anticipan la llegada a Cachi, la gran villa turística de este tramo. Cabecera de los Valles Calchaquíes, Cachi es uno de los tesoros no sólo de la 40 sino de todo el Noroeste. Posee construcciones delicadas y detallistas, como la iglesia de San José (del siglo XVIII), el Museo Arqueológico Pablo Díaz y la tradicional calle vieja Ruiz de los Llanos. Sobre la “avenida” Gral. Güemes se desparraman restaurantes y barcitos bien puestos para los visitantes, que extienden sus horarios y ofertas en vacaciones, cuando más gente visita el lugar. Circuitos con miradores que cruzan ríos y conducen a sus tres sitios arqueológicos, El Tero, Las Pailas y Puerta La Paya son buenas opciones para la recreación, junto a la llegada a Cachi Adentro. Esa es la zona productiva, y allí se lucen campos de maíces (morados, blancos y amarillos), pimientos, papines, porotos blancos, cebollas y alfalfa. Todo ello se vive bajo la ineludible presencia del Nevado de Cachi (6380 msnm), que atrae a expertos en escalada desde los rincones más remotos del planeta. Justamente el pueblo reconoce su importancia y tiene en casa un buen sitio de formación deportiva de élite, el Centro de Entrenamiento de Altura. El predio está cubierto con piso flotante, tiene una pista de cuatro andariveles, gimnasio de sobrecarga y box, y una pileta climatizada de 25 metros. Así, los días que pasamos en Cachi giran en torno del aparente tiempo detenido que le otorgan sus edificaciones antiguas, la lejanía con la ciudad y los escasos habitantes, mientras exhibe a la vez a un dinamismo turístico sorprendente gracias a la recreación y el deporte de aventura.

Ruiz de los Llanos, la tradicional calle de Cachi, a la hora de la siesta.

A LA EULOGIA En este tramo la 40 es casi toda de ripio, y su acceso difícil, sinuoso y más de montaña. Saliendo de Cachi hacia al norte se cruza el puente sobre el Calchaquí y 11 kilómetros después hace su presentación Payogasta. El pueblo es otra muestra de fertilidad no sólo agrícola sino ictícola, ya que aquí se pesca la curiosa yusca, un pez que habita los ríos y lagunas de Salta, de figura resbalosa y parecida a una anguila de 30 centímetros de largo. El Potrero de Payogasta, los Volcanes Gemelos y el Puente del Diablo son otros sitios para excursiones que dejaremos “para la próxima”, porque nos espera nuestro punto final: La Poma. Refundada a 3015 metros de altura luego de que el sismo de 1930 destruyera gran parte de su asentamiento original (sus ruinas pueden verse unos cuantos cientos de metros), es el último centro de servicios antes de emprender el ascenso al colosal Abra del Acay, el punto más alto de toda la 40. Pero esta vez, para nosotros, La Poma se ha establecido como el término del viaje, y aquí nos aquerenciamos un par de días, visitando el pueblo y su tradicional bar, donde –aseguran– nació el “duelo” de coplas carnavalero. Allí, una adolescente enharinada venció al genial Manuel Castilla en un contrapunto coplero. La historia dice que ni lerdo ni perezoso el poeta le dedicó, como una suerte de revancha, una zamba memorable: “Eulogia Tapia en la Poma, al aire da su ternura. Si pasa sobre la arena, va pisando la luna. El trigo que va cortando madura por su cintura. Mirando flores de alfalfa sus ojos negros se azulan...”. “La Pomeña”, hoy, se sigue tarareando a sí misma por estos cerros.

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Hasta los pobladores más chiquitos cruzan al pasajero con un saludo cordial.
 
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