turismo

Domingo, 6 de julio de 2014

PERU. LAS SALINAS DE MARAS Y EL SITIO DE MORAY

Círculos mágicos

Medio día en Cuzco alcanza para conocer dos lugares sugestivos de la cultura incaica, la tecnología agrícola nativa y la explotación de la sal en el Valle Sagrado. Una excursión para no perder en una visita al mundo de los incas.

 Por Graciela Cutuli

En Cuzco las agencias de turismo hacen como los fast food: arman carteles a la calle, con las excursiones que venden, como si fuesen menús. Y entre todas las opciones, que forman una larga lista, una llama la atención: se trata de una foto de grandes círculos de césped bien verde, delimitados por paredes de piedra. Como si se tratara de una especie de blanco para algún gigante especializado en lanzar dardos desde el espacio. La excursión, dice la leyenda al lado de la foto, se llama Maras-Moray. Dos nombres que no ayudan en absoluto a responder las preguntas que despiertan las imágenes: por lo tanto, habrá que embarcarse a bordo de uno de los colectivos que salen casi a diario para hacer este recorrido que atraviesa unos 70 kilómetros desde Cuzco, cruzando una meseta de campos de quinoa y papas, de praderas y pueblitos donde se ven mujeres en atuendo tradicional –amplias faldas de lana colorida y sombreros– esperando el transporte para ir a vender sus productos en la ciudad.

La ruta andina que lleva de Moray a las salineras de Maras, dos maravillas cuzqueñas.

UN LABORATORIO AGRICOLA Basta subir al bus de la excursión para descubrir que la visita es doble. A lo largo de una mañana, llevará al sitio de Moray por un lado y al pueblo de Maras y sus salinas por otro. Es difícil decir cuál de los dos provoca el mayor impacto visual: lo fácil, sin embargo, es concluir al final del recorrido que esta excursión –tal vez menos conocida que clásicos de Cuzco como el Valle Sagrado y Cuzco– es tan sorprendente como interesante.

Moray es un sitio arqueológico escondido en un recodo de la meseta, al pie de los Nevados de Verónica y Chicón, a unos siete kilómetros del pueblo de Maras. Estamos a más de 3500 metros sobre el nivel del mar, y apenas el sol se esconde tras las nubes el frío se hace sentir crudamente. Por lo tanto, vale recomendar gorros, protector solar y anteojos, pero sobre todo un buen abrigo. Verano e invierno se alternan según pasan las horas, mientras el viento barre las nubes en un cielo que se diría cercano, tanto como para tocarlo con la punta de los dedos.

Después de varios kilómetros el colectivo se detiene frente a un puesto de control, donde se paga la entrada para acceder hasta el borde de la gran hoya que la naturaleza cavó en la meseta. Y ahí están los círculos concéntricos de las fotos vistas en Cuzco. Rigurosamente trazados, aprovechando la gran cuenca como si fueran parte de ella, como si fueran la creación natural de una gran mano invisible. El guía aprovecha el momento para recordar que las paredes fueron restauradas, para que el sitio se vea tal como era en tiempos del imperio inca: después de admirar este primer conjunto de círculos concéntricos, veremos de hecho que hay un segundo, casi idéntico, otro hueco de unos 150 metros de profundidad que no fue restaurado sino dejado exactamente tal como fue hallado, para apreciar la forma en que lo vieron los primeros arqueólogos que se interesaron en Moray allá por 1932.

Cuesta definir exactamente el panorama. ¿Se trata de andenes? ¿De plataformas circulares? ¿De un anfiteatro para espectáculos? ¿De un sitio religioso, una escalera de pasto y piedras, o simplemente de jardines escalonados? Esta última opción es la que gana terreno, aunque la explicación es algo más compleja. El sitio de Moray funcionaba como sofisticado laboratorio para estudiar el comportamiento de los cultivos y aclimatar nuevas plantas. Los investigadores pudieron comprobar que cada nivel tiene una temperatura propia, de modo que permitía adaptar y estudiar las necesidades climáticas de los cientos de especies de papas que cultivaban los campesinos de la región. Los incas recrearon allí diferentes microclimas, uno encima de otro, con el objetivo de mejorar el rendimiento de sus cultivos: además de las papas, también quinoa, kiwichi o calabaza.

La visita dura alrededor de una hora, y según el guía que toque puede tener un perfil algo diferente. Hay quienes prefieren insistir en las motivaciones científicas del lugar, mientras otros no resisten la tentación de darle un toque de espiritualidad new-age, aprovechando la sugestiva belleza de Moray. En todo caso, no es raro ver grupos de turistas dándose la mano y formando un círculo humano junto a los de piedra, para invocar a la Pachamama.

Después de subir y volver a bajar (en el camino se ve, desde arriba, el sitio no restaurado), se regresa a los colectivos bajando por el inevitable pequeño centro comercial, atestado de recuerdos y artesanías. Pero aún falta una parte fascinante del viaje, el verdadero condimento de estas montañas ancestrales.

Un poblador se interna en las terrazas donde se “cultiva” cuidadosamente la sal.

LA SAL DE LA MONTAÑA Hay que volver a cruzar una porción de meseta y seguir otro camino de ripio en dirección a los grandes nevados, que superan los 5500 metros de altura, para llegar hasta uno de los lugares más increíbles de Cuzco. Y no es poco decir en las tierras de Machu Picchu y el Valle Sagrado.

Las salineras, o minas de sal, como las llaman los lugareños, forman unos dos mil pozos o piletitas de agua salada que cubren toda la parte alta de un pequeño valle. Aquí la meseta parece zambullirse hacia el Valle Sagrado y el río Urubamba, que se divisa a lo lejos. La primera vista aparece sorpresivamente, en uno de los recodos del camino de ripio. No todos la ven, sin embargo: muchos prefieren mantener los ojos fijos en la ruta y en las manos del chofer sobre el volante, como para aferrarse un poco más al suelo mientras se circula al borde del precipicio. El paisaje tiene reminiscencias de un Paul Klee monocromático, como si el pintor hubiera usado sólo una paleta de blancos amarronados: la explicación es científica, porque cada pequeña piletita del gran conjunto tiene un nivel de agua diferente, un proceso de evaporación distinto y una costra de sal diversa.

Las salinas de Maras están alimentadas por un pequeño arroyo que brota entre las rocas y se vierte sobre el complejo de canales y pozones. Durante la visita se ve el lugar donde nace aquella misma fuente que ya conocían los incas cuando explotaban la sal y la utilizaban para sus intercambios comerciales.

Nadie resiste la tentación de poner las manos en el arroyo para comprobar la salinidad del agua. Según las familias lugareñas, que trabajan para “regar” las piletas y “cosechar” las placas de sal que se forman por evaporación, el agua es mucho más salada que en el océano y sería comparable con la del Mar Muerto. La gente de Maras también explica cómo explota el sitio, llenando con agua cada pileta durante tres días a lo largo de un mes hasta conseguir una capa del mineral lo bastante gruesa y solidificada como para extraerla y procesarla. En las tiendas de recuerdos que bordean el camino hacia el sitio se puede comprar sal para consumo y sales de baño. También se elaboran chocolates salados (imperdibles), sales aromáticas y recuerdos con bloques de sal. Los niños venden un souvenir interesante: pequeñas bolsitas de plástico que encierran, en serie, muestras de las distintas etapas del proceso de sedimentación y procesamiento para consumo.

Varios cientos de familias poseen los más de 3000 pozos que, según se estima, conforman la salinera. La producción se organiza en cooperativas, y se logran hasta 200 toneladas de sal cada año. La pena es que las excursiones de medio día con punto de partida en Cuzco son muy breves en su paso por Maras, y apenas dan tiempo de caminar unos pasos por los bordes de las piletas antes de volver a subir al colectivo para el regreso: por lo tanto, es mejor opción contratar un auto con chofer, con tiempos más flexibles para aprovechar mejor el lugar. Así de dura es la vida del turista, sobre todo cuando después de Moray y Maras lo espera aún el regreso a la maravillosa Cuzco y su Plaza de Armas, para que una nueva vuelta por los menús de las agencias de viaje lleve al descubrimiento de otros increíbles lugares del mundo incaico.

Los círculos concéntricos de Moray, que funcionaban como laboratorio de aclimatación de cultivos.

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Vista general de las pequeñas piletas que conforman las “minas de sal” en la montaña.
 
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