turismo

Domingo, 19 de julio de 2015

LA RIOJA. TALAMPAYA, UN VIAJE EN EL TIEMPO

El cañadón triásico

Visita al Parque Nacional Talampaya, emblema de La Rioja, un paisaje digno de otro planeta, donde el agua y el viento se convirtieron en artistas que tallaron las más caprichosas formas sobre la roca. Cañadones, esculturas de piedra y la aridez de una tierra de legendaria belleza.

 Por Graciela Cutuli

El nombre de Alfrid Stasmed parece surgido de una película de Steven Spielberg. De hecho, el cañón de Talampaya también... Stasmed, sin embargo, existió en carne y hueso y fue el geólogo que “descubrió” en 1893 (su hallazgo es en cierto modo relativo, si se recuerda que el sitio ya era conocido por pastores desde hace miles de años) el sitio de Talampaya, en la provincia de La Rioja. No cuesta nada imaginárselo con sombrero y atuendo a lo Indiana Jones, llegando a lomo de mula a este rincón de estepa norteña calcinado por el sol durante casi todo el año, pero congelado cada noche bajo las estrellas de un cielo donde campea la Vía Láctea. Nada que ver con el estereotipo de unas cómodas vacaciones de arena y bronceador: muy lejos de eso, Talampaya es uno de los paisajes más fascinantes y exigentes entre los muchos que ofrece el territorio argentino.

Más de un siglo después el gran público apenas recuerda el nombre de Stasmed, cuya figura se pierde en el tiempo a la sombra de los grandes paredones de piedra rojiza del Noroeste. Hubo que esperar hasta mediados del siglo pasado para que el sitio volviera a llamar la atención de la gente, gracias a los investigadores de la Universidad de La Plata que hallaron valiosos fósiles, y al pionero del turismo automotor Federico Kirbus, que “puso en el mapa” al Valle de la Luna, del lado sanjuanino de la línea de puntos que separa la meseta entre ambas provincias.

Un gigantesco esqueleto recuerda el tamaño de la fauna que vivió en el lugar.

250 MILLONES DE AÑOS En un delicioso corto de hace algunos años, el realizador argentino Juan Pablo Zaramella imaginó un viaje a Marte de la mano de un niño aventurero y su comprensivo abuelo. Aquel Marte en stop-motion que dejaba al niño con la boca abierta era muy parecido a Talampaya... Si no se ha visto el film, seguro se han visto imágenes del Gran Cañón del Colorado y del Anfiteatro Bryce, en algún western norteamericano: los paisajes de nuestro Parque Nacional, salvando tiempos y distancias, tienen bastante parecido, a menor escala en conjunto pero con igual nivel de impacto ante quien ve por primera vez sus paredes y formaciones de roca rojiza talladas imaginativamente por la naturaleza, que usó dos cinceles con maestría: el agua y el viento.

Además de ser Parque Nacional, el paisaje de Talampaya también está protegido como Patrimonio de la Humanidad en los catálogos de la Unesco. Por estos motivos, pero sobre todo para preservar un paisaje que a pesar de su rugosidad es extremadamente frágil, la condiciones de visita son muy estrictas. Sólo un sector es accesible para el paseo turístico, que debe hacerse obligatoriamente con guías habilitados y comienza en la entrada del centro interpretativo, donde se concentran todos los servicios: oficinas de la agencia de turismo, de la administración del Parque, sanitarios, un lugar de comida, una biblioteca, un par de tiendas de souvenirs y algunos emplazamientos para acampar, protegidos por un techo. No es por la lluvia sino por el sol, y cualquiera puede comprender por qué apenas haya salido del auto o del ómnibus que lo trasladó hasta allí.

Se dice que es en la Puna donde las radiaciones solares son más intensas sobre nuestro planeta. Pero Talampaya no debe andar muy lejos: estas tierras ancestrales tienen lo suyo en exposición al sol, y en verano al mediodía es común que los termómetros alcancen los 50 grados. Para los dinosaurios, que eran animales de sangre fría –como los reptiles actuales– se supone que era el clima ideal, aunque en realidad no es cierto que en sus tiempos el clima de esta región haya sido como lo conocemos hoy.

Para ellos, Talampaya era una suerte de planicie donde el agua no escaseaba como en la actualidad, con vegetación suficiente para soportar una cadena alimenticia integrada por tamaños mastodontes. Para imaginarse cómo era hay que tener algo más que fantasía: hacen falta sólidos conocimientos de geología y remontarse hasta el Triásico. Hace unos 250 millones de años, un “tiempito” después de la mayor extinción de especies vivas que conoció nuestro planeta en su historia (se estima que desapareció un 90 por ciento de la vida en el agua y 75 por ciento de la vida en tierra, tal vez por un supervolcán que hizo erupción en Siberia). Las causas son sólo hipótesis, pero lo cierto es que fueron tiempos de renovación para la vida en la Tierra, y durante todo el período del Triásico –que duró unos 50 millones de años– aparecieron especies cada vez más grandes de dinosaurios y empezaron a volar las primeras aves, También surgieron los lejanísimos ancestros de los mamíferos.

Hace 250 millones de años, los Andes no existían, dejando a los lagos, ríos y pantanos el tiempo de acumular decenas y decenas de metros de sedimentos en medio de los cuales de vez en cuando quedaron atrapados animales, cuyos huesos y caparazones se transformaron en fósiles.

Mientras el viajero repasa estos datos y trata de imaginarse ese mundo que debía de ser aterrador y magnífico al mismo tiempo, no hay que dejar de estar atento al llamado de los guías para comenzar el recorrido por el cañadón.

La empresa que tiene la concesión puso micros que salen cada hora en temporada, para realizar una visita de dos horas y media aproximadamente. Quienes quieran hacerlo en su propio vehículo, así como las agencias que llegan con sus contingentes, deben contratar un guía obligatoriamente para circular por los senderos internos de Talampaya. Las visitas convencionales incluyen cuatro paradas, donde es posible bajarse del vehículo para recorrer los alrededores y sacar fotos.

Los petroglifos, figuras de humanos y animales tallados en la piedra por antiguas culturas.

ECOS DE OTROS TIEMPOS Casi nadie recuerda a Alfrid Stasmed, al punto que en el parque se conservan pocos recuerdos de sus relevamientos por la zona. Los que están más documentados son los de Joaquín Frenguelli, un científico de la Universidad de La Plata que hizo el primer examen de fósiles y de rocas de la región y confirmó su excepcional valor científico. Hay petroglifos en las rocas que muestran que Talampaya era frecuentado por pastores o pobladores hace miles de años, pero desde tiempos coloniales la región se mantuvo aislada y fue sólo en los años 70 cuando se la pudo conocer mejor, gracias a la construcción de la ruta entre Patquía y Villa Unión.

Los petroglifos dan pie a la primera parada de la visita. El historiador y arqueólogo suizo Juan Schobinger consideraba que se trataba de dibujos grabados en la roca por gente de paso, de una cultura anterior a la Aguada, que seguía sus rebaños o hacía comercio, ya que el valle no estaba habitado permanentemente. Como los paredones de Talampaya están en proceso de erosión constante, algunos de los paredones donde se hicieron petroglifos se han derrumbado y hay que buscarlos en medio de las rocas, caminando por un circuito de pasarelas de madera.

Luis Santillán es uno de los guías habituales de las visitas al Parque Nacional y ayuda a ubicarlos e identificarlos. “Se encontró algo de material, objetos y algunas urnas que han sido llevadas a los museos de Chilecito y La Rioja, pero lo que quedó aquí son estos dibujos, probablemente hechos hace varios miles de años.”

“Talampaya –sigue explicando– está formado por palabras quechuas que hacen referencia a un río seco, y de hecho todo este cañadón fue creado por un curso de agua que tuvo que abrirse paso en medio de esta formación montañosa que encerraba su lecho.”

Para ser más precisos, fue la formación de los Andes la que creó Talampaya y el agua fue sólo el elemento que aportó un poco de arte para tallar las rocas de formas tan estilizadas. Hace unos 60 millones de años, cuando empezó a levantarse la cordillera, grandes porciones de terrenos sufrieron alteraciones, como las llanuras sedimentarias de esta región de La Rioja y San Juan, compuestas por arcillas y areniscas compactadas por millones y millones de años. La presencia de óxido de hierro les daba ya su particular color rojizo, que hoy día es muy fotogénico bajo la luz intensa del sol.

Luis adelanta ya la próxima parada: “Vamos a recorrer ahora el corazón mismo del cañón, la parte más estrecha, donde el agua tuvo que abrirse paso entre las rocas. Es un lugar único porque se ve cómo el agua pudo formar canaletas o cómo ha pulido la roca para dejarla lisa. Y también les reservo una sorpresa para cuando lleguemos al pie del acantilado”.

Al bajar del vehículo aparece un pequeño bosque de algarrobos, que prosperó al reparo de las paredes de roca. Una mancha verde que combina a la perfección por delante del rojo de la montaña. Una bandada de loros, molesta por la llegada de los visitantes, levanta vuelo entre los árboles para formar un escena digna del alba del mundo, mientras la mañana conserva todavía algo de frescura en la sombra.

Las rocas pulidas y talladas son como una clase de geología: se ve con claridad cómo se superpusieron las distintas capas que las forman y, a su vez, cómo fueron levantadas, empujadas y erguidas por la cordillera. Este segundo paseo llega hasta uno de los lugares más reconocibles de Talampaya, uno de los que más seguido aparece en las fotos: una chimenea en forma de semitubo que se prolonga prolijamente en lo hondo de la pared rocosa, como si la hubiera tallado una mano gigantesca.

Luis pide silencio a su grupo y grita unas palabras en dirección a la chimenea. Durante unos cortos segundos, su voz va a rebotar una y otra vez entre las dos murallas, ya que este lugar se encuentra en la parte más estrecha del cañón. Es la sorpresa que había anunciado un rato antes, algo que todos los miembros de su grupo quieren probar, escuchando su voz retumbar una y otra vez, alejando un poco más a los loros que salen en bandada de las ramas de un algarrobo vecino en busca de un lugar decididamente más tranquilo.

Espejismos en el desierto En este bosque de algarrobos no es raro ver manadas de guanacos y algunos ñandúes. También se avistan maras y, con un poco más de suerte, algún zorro en las sombras o un cóndor en el cielo.

Faltan todavía dos paradas para completar la excursión y volver al complejo de entrada del parque. Las primeras visitas salen temprano, a las 8.00 u 8.30 según la época del año. Viniendo desde La Rioja Capital o desde Villa Unión hay que levantarse temprano para poder participar en las primeras visitas que salen a esa hora, pero la recompensa es que se ve una mayor cantidad de animales y se vuelve cuando las temperaturas están empezando a subir en serio.

Pasado el cañadón propiamente dicho, la visita sigue por donde el valle se ensancha notablemente. La tercera parada se hace frente a la Catedral, otra de las vistas más conocidas. El paredón ha sido surcado como para formar una serie de pliegues, como si se tratara de una cortina corrida delante la cual, como surgiendo del suelo, se levantan pequeños picos que recuerdan la forma de una iglesia con varios campanarios. Una iglesia dibujada a lo Gaudí.

En este mismo lugar, y visto desde un ángulo preciso que marca el guía, está el Rey Mago, una columna de roca que resistió más que las demás a la erosión y recuerda la silueta de un beduino montado sobre un dromedario. Parece en su entorno natural en medio de este desierto teñido de ocres y rojos. Sólo falta algún espejismo... Para eso, está la cuarta y última parada, que se hace frente a otra pasarela de madera para ir a conocer el Monje, cuya silueta mira hacia el horizonte.

Desde el mismo circuito se pueden ver el Tótem y varias formaciones más; también se puede anticipar cómo nacerán otras figuras en el futuro de las paredes rocosas, por medio del lento ritmo de derrumbes de los paredones. Algunos monjes y tótem en devenir empiezan a surgir, para formar como una legión de vigilantes del silencio y de las inmensidades de Talampaya, bajo la implacable presencia del sol.

Doscientos cincuenta millones de años se condensan en los sedimentos que los forman; encierran en sus entrañas los restos de animales terribles y fantásticos a la vez. Para conocerlos, la administración del Parque Nacional abrió un Sendero del Triásico justo enfrente del centro interpretativo. Es un camino de unos 250 metros a lo largo del cual se exponen réplicas de dinosaurios, con el tamaño real que tenían y el aspecto que dejan suponer sus fósiles. Las réplicas fueron organizadas a lo largo del sendero en orden cronológico para caminar en el sentido de su evolución a lo largo de unos 50 millones de años. Un pequeño paso para el visitante, y un gran paso para la evolución de la vida.

Esta zona abre durante todo el día y se puede visitar libremente, pero también se organizan visitas acompañadas y comentadas en algunos momentos. En cuanto a las réplicas, fueron construidas por especialistas que están trabajando actualmente en otro parque paleontológico de la provincia, en Sanagasta, cerca de La Rioja capital. Otros dinosaurios y otros tiempos geológicos, para una nueva visita a la provincia de los caudillos y los olivares.

El rojo Murallón rocoso, en la parte inicial del recorrido por el Parque Nacional.

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El paseo por el parque nacional sólo se puede hacer con guía, en sectores autorizados.
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