turismo

Domingo, 15 de noviembre de 2015

ITALIA LA CIUDAD DE PRIMO LEVI

Turín, arte y memoria

El escritor italiano que vivió Auschwitz y sobrevivió para contarlo residió siempre en esta ciudad con fama de industriosa, célebre por los automóviles y la Mole Antonelliana. Paseo de su casa al río, los edificios históricos, los museos y los cafés, siempre con el fondo de los Alpes.

 Por Emilia Erbetta

Primo Levi volvió a Turín el 19 de octubre de 1945. Había dejado su casa de la calle Re Umberto dos años atrás, en septiembre de 1943, para ocultar a su mamá y a su hermana en las montañas, cerca de la frontera con Suiza, y unirse a un grupo de partisanos. Pero las cosas no salieron bien y la mañana del 13 de diciembre, con 24 años y ninguna experiencia, lo capturaron las milicias fascistas. Para ese momento, su familia –su padre había muerto en 1942- ya había regresado a Turín y ahí lo esperaba cuando volvió después de pasar un año como prisionero en Auschwitz y nueve meses en varios campos rusos de refugiados. Llegó ese día “hinchado, barbudo y lacerado”, recuerda hacia el final de su libro La Tregua, en el que narra las peripecias del camino de vuelta a casa. “La casa estaba en pie, toda mi familia viva, nadie me esperaba”.

La casa sigue en pie: después de su suicidio en 1987, su viuda, Lucía Morpurgo, siguió viviendo en el departamento del tercer piso, hasta que murió en 2009. Ahí, donde Levi recibió alguna vez a Philip Roth, también vivió su madre hasta el final. Ahora la pesada puerta de madera está cerrada y la calle Re Umberto, en el tradicional barrio La Crocetta, es una avenida amplia y arbolada, llena de castaños, por donde en la tarde de un sábado de otoño no anda nadie a quien se le pueda preguntar si algún Levi sigue viviendo allí.

Turín, ciudad de chocolate: su especialidad son los gianduiotti, que suman avellanas.
Imagen: Guido Gobino/ENIT

UN HOMBRE, UNA CIUDAD Turín no es una ciudad turística aunque tiene todo lo que los turistas buscan: museos (del cine, el automóvil y de arte egipcio); varios palacios (el Castello del Valentino, el Palazzo Madama en Piazza Castello, el Palazzo Reale, rodeado de jardines); dos ríos, el Po y el Dora; los Alpes como escenografía constante; el estadio del Juventus; las vistas panorámicas desde la Mole o el Monte Capuccini; la hermosa costanera del Po y una buena porción de historia para contar, porque Turín fue la primera capital de Italia y hogar de los Saboya.

Cuando Levi volvió a la ciudad, Via Roma -una de las avenidas principales, que une la Piazza Castello con la estación de tren Torino Porta Nuova (la tercera en tráfico de pasajeros después de Roma Termini y Milano Centrale- estaba destruida por las bombas. Hoy cualquier paseo por Turín puede empezar por ahí: los sábados la Via Roma y la Via Verdi se llenan de adolescentes, parejas y familias que pasean y hacen compras. La mayoría están muy bien vestidos, a la manera italiana, muy cuidadosa de los detalles: en eso, los turineses y las turinesas son como sus vecinos de Milán, donde una tarde cualquiera, sin ninguna razón especial más que la coquetería, las chicas pasean en tacos altísimos, pelo impecable y un maquillaje cuidado hasta la obsesión.

Un año antes de huir a los Alpes, Levi se había recibido de químico, profesión que ejerció toda su vida y que lo salvó en Auschwitz, donde pudo trabajar en un laboratorio durante los meses más letales del invierno polaco. Las leyes raciales, promulgadas en la Italia de Mussolini en 1938, lo habían obligado a trabajar clandestinamente en un laboratorio de Milán y en una mina. La segregación racial, cuenta al principio de Si esto es un hombre, lo había llevado a vivir “en un mundo poco real, poblado por educados fantasmas cartesianos, sinceras amistades masculinas y lánguidas amistades femeninas”. Como familia judía y burguesa en Turín, antes de la guerra los Levi estaban totalmente asimilados y Primo no hablaba hebreo ni había tenido una educación religiosa.

La ocupación napoleónica durante los primeros años del siglo XIX les otorgó derechos políticos y civiles a los judíos del norte de Italia. En el Piemonte fundaron empresas textiles y se dedicaron a todas las profesiones, incluso la militar, que les había estado vedada. Con la restauración de Vittorio Emanuele I en el trono en 1814, se restablecieron las normas de segregación anteriores. Pero la sociedad ya había cambiado: en el 48, el Parlamento extendió todos los derechos –tanto civiles como políticos- a los judíos italianos. Para celebrar la emancipación, fueron los judíos turineses los que encargaron en 1861, cuando Turín fue declarada capital de Italia, la construcción del mayor símbolo arquitectónico urbano: la Mole Antonelliana, que debía ser la sinagoga de la ciudad y hasta hoy sobresale en el horizonte como una gran nariz. La Mole no llegó a usarse como templo religioso: la comunidad judía terminó vendiéndole el proyecto al Ayuntamiento, que logró terminar el edificio de 167,5 metros en 1889, un año después de la muerte de Alessandro Antonelli. En ese momento, la Mole era el edificio más alto de Europa. Hoy es el Museo Nazionale del Cinema, que los sábados está abierto todo el día, hasta las 23.

¿Ristretto o espresso? El histórico café Baratti & Milano, el más antiguo de la ciudad.
Imagen: Giuseppe Bressi/Turismo Torino

Los bombardeos de 1944 también dañaron la Via del Po, la avenida que une Piazza Castelo con Piazza Vittorio Veneto, camino al río. Cruzando el puente Vittorio Emanuele están la iglesia de la Gran Madre Di Dio (desde lejos se ve brillar muy blanca la cúpula), el monte del Capuccini y el barrio Lingotto, famoso por albergar la fábrica de FIAT.

PALABRA DE EXPERTO Michele es turinés y cuando ve algún turista se desespera por recomendarle aquel que cree es el mejor lugar de Turín: el Café Baratti & Milano, el más antiguo de la ciudad, en Piazza Castello. Ahí, ordena, hay que tomar un capriccio, mitad café y mitad cacao, por 2 euros con 20 centavos, el doble de lo que sale un capuccino en el mostrador de cualquier café de Italia. Después, dice, hay que acercarse hasta la Farmacia del Cambio, en la Piazza Carignano, para probar un bunet, una terrina de chocolate y amarettis típica del Piemonte. Para el final de su lista queda el Caffé al Bicerin, en la Piazza de la Consolata, donde alguna vez se sentó a tomar café Alejandro Dumas. Allí se toma un buen zabaione, una bebida hecha de yema de huevo, agua, vino marsala y azúcar. Turín no sólo es famosa por los autos: todos los años es sede de Cioccolato, una feria dedicada exclusivamente a la tradición chocolatera del Piemonte y de Italia. La ciudad tiene sus propios bombones, los gianduiotti, que combinan cacao con avellanas.

Cuando termina con las órdenes gastronómicas, Michele sugiere una visita al mercado de Porta Palazzo: un laberinto de puestos a cielo abierto, donde los sábados es posible comprar frutas y verduras de todas las regiones de Italia –en verano las estrellas son las uvas de Puglia y la sandía-, conservas, pescado fresco, quesos, legumbres, escabeches, tomates secos y peperoncini, mientras los vendedores se hablan a los gritos de puesto en puesto y los changarines se mueven por los pasillitos estrechos llevando cajones llenos de tomates.

LA VIDA DESPUÉS En el prólogo a la Trilogía de Auschwitz –que reúne Si esto es un hombre, La Tregua y Los hundidos y los salvados, los tres libros en los que Levi narró su experiencia en el lager- Antonio Muñoz Molina dice que, cuando regresó a Turín, la vida de Primo Levi siguió exteriormente “como si nada hubiera sucedido, como si no faltaran en ella esos dos años escasos de negrura absoluta, de residencia en el infierno”. En su ciudad natal, donde nació en 1919 y vivió sus 67 años, Levi escribió todos sus libros, 12 en total. Durante años, se quedó a la noche en la fábrica después de hora, entregado a la máquina de escribir, para contar lo que sus verdugos en Auschwitz le decían que nadie iba a creer. Levi vivió para contar y cuando se cansó de la vida, como dijo su viuda, cuando ya había dicho todo lo que tenía para decir, se tiró por el hueco de la escalera del edificio al que regresó ese 19 de octubre de 1945, en la calle Re Umberto, en el barrio de La Crocetta, y donde, al lado del timbre todavía se pueden leer las cuatro letras de su apellido, talladas en el bronce: LEVI.

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El edificio de la calle Re Umberto donde vivió Primo Levi antes y después de la guerra.
Imagen: Emilia Erbetta
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