turismo

Domingo, 15 de noviembre de 2015

SAN LUIS POTRERO DE LOS FUNES

Del agua a la sierra

El embalse puntano es un clásico ideal para los deportes acuáticos. En las cercanías, pequeños pueblos levantados al borde de arroyos y serranías brindan frescura para el verano que se acerca, con un ritmo propio de los parajes del interior que invitan al descanso entre cascadas, cerros, capillas, ríos y quebradas.

 Por Graciela Cutuli

Hay lugares que se diría creados por la propia naturaleza y arraigados desde siempre en una geografía. Pero a veces, las apariencias engañan. En el valle puntano donde se encuentra el embalse de Potrero de los Funes, ese espejo de aguas tranquilas que invitan al descanso, rodeado de hoteles y cabañas que aprovechan la calma infinita del lugar durante los meses de verano y los fines de semana de todo el año -cuando el tiempo parece estirarse mágicamente- el paisaje que hoy se ve existe desde hace sólo alrededor de un siglo. El dique de Potrero de los Funes, a unos 18 kilómetros de San Luis capital, se construyó en 1860 y fue reconstruido sucesivamente en 1876 y 1927: con el tiempo, esta comarca de agua y costas bajas cubiertas de vegetación, donde predominan algarrobos, talas y molles, se volvió un clásico turístico donde predominan los deportes náuticos y la pesca.

Pero no sólo: porque a pesar de su discreción, el calendario de Potrero de los Funes invita a numerosas actividades durante todo el año (la más próxima es el IV Encuentro Independiente de Circo, del 26 al 29 de noviembre) y también sabe del rugir de los motores y el silencioso rodar de las bicicletas en el circuito que rodea el dique, una pista semipermanente de más de 6.200 metros de largo que también funciona como atractivo turístico. A orillas del lago, la maciza silueta del Hotel Potrero de los Funes cumplió 30 años convertido en un clásico de la provincia: pero ¿qué más se puede hacer durante un paseo por esta parte de San Luis cuyos visitantes juran, sin excepción, que les proporcionó el mejor descanso de sus vidas?

El embalse de Potrero de los Funes, con la confitería flotante del hotel en la orilla.

FRESCURA CERCANA Tres cuartos de hora de caminata, trekking o paseo. Es todo lo que hace falta para concretar la promesa de frescura –más que deseada cuando aprieta el calor puntano- para llegar hasta el Salto de la Moneda, uno de los circuitos más populares y accesibles desde Potrero de los Funes. El sendero empieza después de atravesar el badén que cruza el río Potrero (surgido de la unión de los arroyos Las Balsas y Los Molles) y siguiendo aguas arriba, entre espinillos y talas que forman gran parte de la vegetación. Aquí y allá, el curso de agua aparece y desaparece según los vaivenes del terreno, pero su sonido refrescante siempre acompaña, como acompaña el canto de las aves que parecen transmitirse, no sin cierta alarma, la noticia de la presencia de extraños en su protegido paraíso. Así se llega, tropezón más o tropezón menos, entre piedras y vados, hasta el salto de agua: una cascada que vuela sobre la roca desde unos 15 metros de altura, para caer sobre un piletón natural rodeado de verde que tiene como escenario el cordón del Lince y, como espectadores vigilantes, algunos jotes que planean sobre las sierras. Blanca y espumante, el agua dibuja una estela sobre las laderas cubiertas de helechos, y se convierte en la protagonista de las fotos que intentan capturar su paso fugitivo acariciando la roca.

Hará falta un poco más de esfuerzo para acceder a otro de los rincones buscados en la región: el cerro Retana, uno de los más altos de las sierras puntanas, que alcanza 2152 metros de altura y es accesible desde Potrero de los Funes o desde El Suyuque (donde hay un retirado monasterio de monjas benedictinas). El ascenso requiere un día completo y se puede hacer a pie o a caballo, a través de valles y quebradas de altura, que permiten divisar un paisaje abarcador sobre todos los alrededores: siguiendo con la mirada los puntos cardinales, se verán los diques Potrero de los Funes, Cruz de Piedra, Paso de las Carretas, La Florida, la laguna de las Salinas del Bebedero, la joven ciudad de La Punta (que vale la pena visitar por su impecable réplica del Cabildo de 1810) y, a lo lejos, las Sierras del Gigante y el Parque Nacional Sierra de las Quijadas,

El Valle de Piedra, otro de los cerros más altos en Potrero de los Funes, también permite subirlo a caballo o a pie (después de realizar una primera parte del trayecto en vehículo), en compañía de guías y eventualmente alquilando mulas para transportar las mochilas de los senderistas. Molles, talas y espinillos vuelven a ser protagonistas de la vegetación serrana, matizada por quebradas y atravesada por el arroyo Los Molles, que forma a lo largo de su curso varios piletones donde es posible refrescarse y seguir. Pasados los 1400 metros, el verde ralea y predomina el suelo rocoso, ese “valle de piedra” que bautizó al conjunto. Los prestadores locales son los encargados de recomendar el mejor trekking según la temporada, pero vale llevar en agenda también el ascenso al cerro San Ignacio, a través de un senderito marcado por el paso de las cabras; a la quebrada del León Colgado (donde se puede hacer escalada en roca); y al cerro El Moro, que permite observar el dique Potrero de los Funes y el Cruz de Piedra desde lo alto. De laderas pronunciadas, se caracteriza por el monte espinoso propio del clima seco.

Iglesia de piedra en La Carolina, un pueblo que conoció antaño la prosperidad minera.

RíOS, ARROYOS, PUEBLOS Las vacaciones puntanas están jalonadas de pueblitos levantados al borde de ríos y arroyos, sombreados por los sauces que se levantan en las orillas e imperturbables como los pescadores que prueban suerte en los embalses. Son ideales para pasar tardes tranquilas, de mate y juegos infantiles, donde estrés es una palabra que queda fuera del diccionario.

El río Potrero es uno de los más populares, gracias a los pozones que van naciendo a lo largo de su sinuoso recorrido, donde es posible bañarse y pescar. Con sus aguas se unen las del arroyo Los Molles, que a su vez recibe las del arroyo Las Aguilas. Y comparte nombre con el río Los Molles, al que se puede descender desde el camino de Estancia Grande: afluente del Potrero, nace a unos 1300 metros, se une al río La Balsa y forma el río Potrero de los Funes. Parece un laberinto de nombres, y en parte lo es, pero si el paisaje pudiera ser visto desde lo alto, al modo de un auténtico vuelo de pájaro, se lo podría entender como un laberinto de aguas más o menos tranquilas, que atraviesan bosquecitos de molles y monte serano poniendo humedad y verde en el paisaje. De hecho, los relieves de San Luis y sus térmicas son ideales para el parapente, que permitiría esa mirada cenital: hay prestadores que ofrecen practicar estos vuelos desde las alturas cercanas a Potrero de los Funes, así como en Merlo –a famosa villa del microclima- y en los cerros de La Carolina.

Este pueblito de piedra, a unos 80 kilómetros de la capital puntana y a unos 70 de Potrero de los Funes, vale la visita cuando se viaja a la región y hay tiempo para alejarse un poco del punto de partida: hoy adormecido bajo el sol estival, pero conocedor de nevadas y temperaturas extremas bajo cero cuando aprieta el frío, supo de tiempos prósperos en el siglo XIX, cuando fue hallada una mina de oro, cuyo precioso metal se exportaba a Chile y se utilizaba para acuñar moneda.

Con el tiempo la mina fue desactivada, y hoy sólo algunos pobladores –y algún curioso ocasional- busca y encuentra algo de oro en el río, pero siempre de forma rigurosamente artesanal. Los visitantes, por su parte, prefieren la recorrida de las viejas galerías, que se internan unos 300 metros en la entraña del cerro y requiere el uso de botas y cascos con linterna para explorar sus secretos. En los alrededores de La Carolina hay cascadas y grutas, pero por sí solo el pueblo con sus casas de piedra y sus callecitas solitarias, un pueblo que se diría detenido en el tiempo y en las memorias de su época dorada, invita a visitarloz

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Arroyos, vegetación y piedras, el típico paisaje de la sierra puntana.
 
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