turismo

Domingo, 5 de diciembre de 2004

BRASIL - LA TEMPORADA DE PLAYAS 2005

Arenas tropicales

En las playas brasileñas ya está todo listo para recibir un 20 por ciento más de turistas argentinos que el año pasado. Un recorrido de norte a sur por las arenas de Praia da Pipa, Jericoacoara, Porto Seguro, Costa do Sauipe, Maceió, Ilhabela y Praia do Rosa. Y para decidir el viaje, un informe sobre esos destinos y los precios de los paquetes para el mes de enero.

 Por Julián Varsavsky

Son siete mil kilómetros de arena blanca e incontables playas para todos los gustos: en una isla, en una pequeña bahía al pie de una duna; en medio de aldeas de pescadores o al borde de una hilera de rascacielos. Algunas son silenciosas e intimistas, y otras bullen de actividad como un hormiguero, con grupos musicales en vivo y grandes altoparlantes. “Falar do amor no Itapuá...”, canta Veloso; “Olha que coisa mais linda...” escribió Vinicius acerca de una carioca hija de un militar que caminaba sobre la arena de Ipanema y se convirtió para siempre en la garota de todas las garotas. Es Brasil en su máxima expresión, “a terra da felicidade”, y hacia allí van muchos argentinos verano tras verano, en busca de la quimera de la felicidad.
Para el año entrante se calcula que el flujo de argentinos que irá a asolearse en las playas brasileñas crecerá por lo menos un 20 por ciento respecto del año pasado. Como ya es tradición, Río de Janeiro, Buzios y Florianópolis son los destinos preferidos; Maceió se mantiene como otro de los clásicos y la afluencia a los balnearios nordestinos de Pipa (Natal) y Costa do Sauipe (Bahía) aumenta cada vez más.
El valor de los paquetes turísticos no ha subido y la paridad entre el peso y el real mantiene equiparados los precios de los servicios y las comidas. Los principales operadores ya tienen contratados vuelos charter a Porto Seguro, Salvador, Florianópolis, Maceió y Natal, y las aerolíneas argentinas y brasileñas han agregado nuevos vuelos regulares.

La isla de Fernando de Noronha Sin grandes lujos pero con mucho confort, las playas del archipiélago de Fernando de Noronha son para muchos las más hermosas de Brasil. Ubicada en el nordestino estado de Pernambuco, la isla es parte de un Parque Nacional Marino con una exuberante vegetación y una variada fauna, donde se permite la entrada de apenas 420 turistas al mismo tiempo para preservar el hábitat. Esto garantiza además un nivel de exclusividad que contrasta con la tradicionalmente ruidosa playa brasileña.
Desde la ventanilla del avión la isla de Fernando de Noronha aparece solitaria en medio del océano como un punto de color esmeralda rodeado por un anillo de arenas doradas y un mar azulísimo, a 545 kilómetros de la costa de Recife. Quien desee shopping estará en el lugar equivocado. Aquí el aire que se respira es más bien bohemio, intimista, y sin grandes luces ni alboroto. Las calles empedradas del poblado bajan suavemente por la ladera y van a morir al mar, permaneciendo desiertas la mayor parte del día. Tampoco hay grandes hoteles, sino pequeñas posadas, muchas de ellas casas de pescadores que ellos mismos han transformado para brindar hospitalidad y confort al turista.
La riqueza de la fauna marítima es el tesoro mejor resguardado del parque. En primer lugar se protegen las tortugas marinas que llegan a desovar en las playas, y también los gráciles delfines, estrellas indiscutidas en todo el archipiélago. A Noronha se viene básicamente a la playa. Son un total de dieciséis y sus dones principales son la transparencia casi caribeña de las aguas y la tranquilidad de los balnearios.

El Sahara brasileño El estado de Ceará –en el nordeste del país–, encierra una región de kilométricas dunas que conforman un verdadero desierto junto al mar. En la costa hay pueblitos de pescadores como Jericoacoara, que por su difícil acceso ha mantenido el encanto de lo virgen y lo intocado. Se accede desde Fortaleza, capital del estado, a través de un cansador viaje por caminos que atraviesan dunas y pueblitos costeros que parecen calcados uno del otro. Pero éste es el precio por llegar a Jericoacoara, un oasis en medio del desierto, que sigue siendo una auténtica aldea de pescadores del nordeste brasileño con calles de arena y modestas casas con tejas rojas... y con luz eléctrica desde hace sólo dos años. Por las calles revolotean libremente las gallinas y el medio de transporte local por excelencia son los tropicales buggies, que junto con las 4x4 son los únicos medios de transporte que permiten atravesar las dunas.

Costa do Sauipe Ubicada cerca del aeropuerto de Salvador de Bahía, Costa de Sauipe es una de las playas que más ha crecido en Brasil en los últimos años. Se trata de un pueblito con algunas construcciones coloniales estratégicamente ubicado junto al mar, donde han surgido en poco tiempo cinco resorts cinco estrellas y apenas seis posadas. Al haber sido reconvertida en su totalidad como un proyecto turístico, la Villa Nueva Playa –el pueblo junto a la Costa do Sauipe– mantiene el contexto natural y su desarrollo avanza de acuerdo a un riguroso plan sustentable del ambiente.

Praia da Pipa En el punto más oriental de América latina, sobre el litoral del estado de Río Grande do Norte, la localidad de Tibau do Sul alberga una de las mejores playas exóticas de Brasil. Ubicada justo bajo la línea del Ecuador, Praia da Pipa y sus arenas blancas arden bajo el tiránico sol brasileño obligando al visitante a refrescarse varias veces por día en las aguas turquesas de la playa. Si bien Praia da Pipa es la más conocida, el destino turístico en sí es Tibao do Sul, un pueblo donde todo parece hecho en pequeña medida: los restaurantes tienen pocas mesas, las posadas pocas habitaciones y las calles pocos autos. No hay nada a lo grande, salvo las playas, que se suceden una tras otra repitiendo el mismo motivo de una media luna de arena blanca.
En Pipa, la playa más concurrida, también hay hoteles. Pero si el turista busca más tranquilidad puede optar por alojarse en alguna de las posadas que están sobre la plaza de Tibau do Sul y desde allí recorrer las distintas playas.

Un puerto seguro En los últimos años la ciudad de Porto Seguro –en el estado de Bahía– se ha convertido en una villa balnearia que no perdió cierto aroma pueblerino con coloridas casas bajas de estilo colonial y centenarias iglesias. Axé Moi es el prototipo de “disco-playa” de Porto Seguro. Justo detrás de la arena hay dos enormes escenarios y una gran pista de baile donde un centenar de personas se sacuden al rayo del sol desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde. Unas columnas en los extremos de la pista lanzan refrescantes chorros de agua sobre la gente, y sobre el escenario desfilan los grupos de baile Axé marcando coreografías que todos repiten individualmente. El turista puede sumarse a la ruidosa fiesta o, por el contrario, ir a cualquiera de las decenas de playas semidesiertas que hay en la zona. En Porto Seguro alcanza con alejarse un poco del centro (incluso caminando) y todo será tranquilidad y placer a la sombra de los coqueiros. Pero las playas más paradisíacas están en el pueblo de Trancoso y en los alrededores del poblado de Arraial D’Ayuda –ubicado en lo alto de un acantilado–, del otro lado del río Buranhem. Arraial es un destino con aires bohemios, elegido por jóvenes europeos que vienen a pasar
largas temporadas en alguna posada. Una balsa cruza el río cada media hora y constantemente salen colectivos a la zona de las playas. Una de las mejores es Taípe, a la que se llega en micro y luego a pie por un camino de tierra entre una densa vegetación tropical que evoca las imágenes de la isla de Bali. La costa de arenas de oro es kilométrica y alejándose apenas 200 metros se dispone de una playa desierta para dos. Y allí el silencio es absoluto y la paz inconmensurable.

La “isla bella” Ilhabela es una isla de 340 kilómetros cuadrados cubierta casi en su totalidad por el verde exuberante de la “mata atlántica”, surcada por ríos que forman 300 cascadas de agua cristalina. Está ubicada en la costa del estado de San Pablo y fue declarada Reserva Mundial de la Biósfera por la Unesco para preservar su tupida vegetación en la que estáncamufladas 42 playas que satisfacen los gustos más variados, algunas de ellas accesibles solamente a pie o por mar, y sin más infraestructura que un barcito con mesas de tronco sobre la arena y un baño. El flanco norte es la zona urbanizada –sin construcciones de más de 2 pisos–, donde están las playas más concurridas como Perequé, Pinto y Armaçao. Sus aguas son calmas como una piscina y están siempre pobladas por yates, sofisticados veleros y hasta algún transatlántico. Las condiciones climáticas de la isla la convierten en una meca de los deportes a vela, mientras que las playas del sur atraen a los amantes del surf por las grandes olas que llegan de las lejanías del Océano Atlántico.

Praia do Rosa Para quienes deseen llegar a Brasil por tierra, en un viaje de 17 horas, Praia do Rosa ofrece en el sur del país sus playas paradisíacas al pie de la montaña, en el estado de Santa Catarina. Ubicada a 70 kilómetros de Florianópolis, Rosa es una playa exótica semiescondida en una bahía de dos kilómetros que traza una larga “U” de arena al pie de una cadena de morros. El balneario permanece ajeno a las grandes multitudes y hasta hace apenas pocos años era una simple aldea de pescadores y campesinos perdida en el mapa de Brasil. En los hechos, el único cambio ha sido la aparición de unas 30 posadas escondidas entre la vegetación de las montañas. A diferencia de algunos otros destinos de playa en Brasil que crecieron perjudicando el entorno y la estética del lugar, aquí se han resguardado por ley las cualidades naturales de la playa donde no hay un solo parador o barcito, ese componente básico de toda playa brasileña por muy alejada que sea. Una particularidad de Praia do Rosa es que las mejores posadas están sobre la ladera de los morros, a 30 metros de la playa. Generalmente se trata de bungalows muy separados uno del otro, con una hamaca al frente para que el huésped repose a placer observando el mar. Y cuando uno desea ir a la playa basta con descender por un senderito entre la vegetación y alcanzar las arenas doradas.

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Idílica imagen de Jericoacoara, un oasis en medio del desierto, en el estado de Ceará.
 
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