VERANO12

PROUST X SAMUEL BECKETT

Nuestra primera naturaleza, por tanto, la que corresponde, como veremos después, a un instinto más profundo que el meramente animal, queda expuesta sin defensa durante esos períodos de abandono. Y sus crueldades y encantamientos son las crueldades y encantamientos de la realidad. “Los encantamientos de la realidad”, parece una paradoja. Pero cuando el objeto se percibe como único y singular y no meramente miembro de una familia, cuando aparece independiente de cualquier noción general y como separado de la sensatez de una causa, aislado e inexplicable a la luz de la ignorancia, entonces, y sólo entonces, puede ser fuente de encantamiento. Desgraciadamente el Hábito ha puesto su veto a esta forma de percepción, su acción consiste precisamente en esconder la esencia –la Idea– entre las brumas de la concepción, de la preconcepción. Por lo general nos encontramos en la posición del turista (la especificación tradicional constituiría un pleonasmo), cuya experiencia estética consiste en series de identificaciones y para el que Baedeker es el fin más que los medios. Privados por naturaleza de la facultad de cognición, y por educación de los más mínimos conocimientos de las leyes de la dinámica, una breve inscripción inmortaliza su emoción. La criatura del hábito esquiva el objeto al que no puede hacer coincidir con uno u otro de sus prejuicios intelectuales, al que se opone a los postulados de su esquema de síntesis organizado por el Hábito en base a los principios del mismo esfuerzo.

Ejemplos de estas dos formas –la muerte del Hábito y la breve suspensión de su vigilancia– abundan en Proust. Transcribiré dos incidentes en la vida del narrador. De ellos, el primero, ejemplo del pacto renovado, es extremadamente importante como preparación de un incidente posterior que tendré ocasión de tratar a propósito de la memoria y de la revelación proustianas. El segundo ilustra el pacto renunciado en aras de la “vía dolorosa” del narrador.

El narrador llega por primera vez a la playa de Balbec, un lugar de veraneo en Normandía, acompañado de su abuela. Se alojan en el Gran Hotel. Entra en la habitación, febril y agotado por el viaje. Pero el sueño, en ese infierno de objetos extraños, está descartado. Todas sus facultades alerta, a la defensiva, tensas, vigilantes, y tan dolorosamente incapaces de relajarse como el torturado cuerpo de La Balue en su jaula, donde ni puede ponerse en pie del todo ni sentarse. No hay sitio para su cuerpo en ese amplio y horrible apartamento porque su imaginación lo ha poblado de muebles gigantescos, de ruidos tormentosos, de colores de angustia. El hábito no ha tenido tiempo de silenciar las explosiones del reloj, de vencer la hostilidad de las cortinas violetas, de cambiar los muebles ni de hacer más baja la inaccesible bóveda de ese mirador. Solo, en esa habitación que aún no es una habitación sino una caverna de fieras salvajes invadida por seres extraños e implacables cuya intimidad ha violado, desea morir. Entra su abuela, lo conforta, vigila el gesto encorvado con que desata sus botas, insiste en ayudarle a desvestirse, lo acuesta, y, antes de dejarlo, lo hace prometer que golpeará en la pared que le separa de su habitación si necesita algo durante la noche. Llama a la pared y ella vuelve a su lado. Pero esa noche, y muchas noches siguientes, sufrirá. Interpreta ese sufrimiento como una negativa, oscura, orgánica y humilde, procedente de los elementos que han representado todo lo que era mejor en su vida, de aceptar la posibilidad de una fórmula en la que ellos ya no participarían. Esa repugnancia a morir, esa resistencia larga, desesperada y diaria a esa perpetua exfoliación de personalidad, explica también su horror ante la idea de tener que vivir alguna vez sin Gilberte Swann, de perder alguna vez a sus padres, ante la idea de su propia muerte. Pero ese terror de pensar en la separación –de Gilberte, de sus padres, de sí mismo– se desvanece ante un terror mayor cuando piensa que al dolor de la separación sucederá la indiferencia, que la privación dejará de ser privación cuando la alquimia de la Costumbre haya convertido al individuo capaz de sufrimiento en un extraño para el que los motivos de ese sufrimiento constituyen una historia trivial, cuando no solamente los objetos amados han desaparecido sino el afecto mismo; y piensa lo absurdo que es nuestro sueño de un Paraíso en el que se conserva la personalidad, siendo nuestra vida una sucesión de Paraísos sucesivamente denegados; que el único Paraíso verdadero es el Paraíso que se ha perdido, y que la muerte curará a muchos del deseo de inmortalidad.

El segundo episodio que he escogido como ilustración del pacto renunciado ocupa a los dos mismos personajes, el narrador y su abuela. El ha estado pasando unos días en Doncières con su amigo Saint-Loup. Telefonea a su abuela a París. (Después de leer la descripción de ese telefonazo y su difícilmente menos poderoso corolario, cuando, años más tarde, habla por teléfono con Albertine al volver a casa tarde, tras su primera visita a la princesa de Guermantes, la Voix Humaine de Cocteau parece no solamente una banalidad sino una banalidad innecesaria.) Tras los convencionales equívocos con las Vírgenes Vigilantes (sic) de la central telefónica, oye la voz de su abuela, o lo que él supone ser su voz, porque la oye ahora por primera vez, en toda su pureza y realidad, tan diferente a la voz que él había estado acostumbrado a seguir en la abierta partitura de su rostro que no la reconoce como suya. Es una voz doliente, cuya fragilidad no queda mitigada ni disfrazada por la máscara cuidadosamente dispuesta de sus facciones, y esa extraña voz real es la medida del sufrimiento de su dueña. El la oye también como el símbolo del aislamiento en que ella se encuentra, de su separación, tan impalpable como una voz de ultratumba. La voz se para. Su abuela parece tan irrecuperablemente perdida como Eurídice entre las sombras. Solo, ante el aparato, grita su nombre en vano. Nada puede persuadirlo de que permanezca en Doncières. Tiene que ver a su abuela. Vuelve a París. La sorprende leyendo a su idolatrada Mme. de Sévigné. Pero él no está allí porque ella no sabe que él está allí. Está presente en su propia ausencia. Y, como consecuencia del viaje y de su ansiedad, su hábito está en suspenso, el hábito de su ternura por la abuela. Su mirada ya no es la de la nigromancia que ve en cada objeto querido un espejo del pasado. La noción de lo que debería ver no ha tenido tiempo de interferir su prisma entre el ojo y su objeto. Sus ojos funcionan con la precisión cruel de una cámara fotográfica; fotografían la realidad de su abuela. Y se da cuenta con horror de que su abuela está muerta, hace mucho tiempo y muchas veces; de que el familiar querido de su mente, piadosamente compuesto a lo largo de los años por la solicitud de la memoria habitual, ya no existe; que esta vieja loca dormitando sobre su libro, sobrecargada por los años, congestionada, basta y vulgar, es una extraña a la que nunca ha visto.

La tregua es breve. “De todas las plantas humanas –escribe Proust–, el Hábito es la que exige menos cuidados y es la primera en brotar de la aparente desolación de la roca más árida.” Breve, y peligrosamente dolorosa. El deber fundamental del Hábito, sobre el que describe los fútiles y pasmosos arabescos de sus supererogaciones, consiste en un perpetuo ajuste y reajuste de nuestra sensibilidad orgánica a los condicionamientos de sus mundos. El sufrimiento representa la omisión de ese deber, sea por negligencia o por ineficacia, y el aburrimiento su adecuada realización. El péndulo oscila entre esos dos términos: el sufrimiento, que abre una ventana sobre lo real y que es condición indispensable para la experiencia artística, y el Aburrimiento con sus huestes de ministros higiénicos y enchisterados. Aburrimiento que debe ser considerado como el más tolerable por ser el más duradero de todos los males humanos. Considerados como una progresión, estas series interminables de renovaciones nos dejan tan indiferentes como la heterogeneidad de cualquiera de sus términos, y la inconsecuencia de uno cualquiera de los yoes nos preocupa tan poco como la comedia de la sustitución. Aun más, hacemos tan poco caso de una como de otra, excepto, vagamente, tras el acontecimiento, o, claramente, como es el caso de Proust, cuando dos pájaros en el aire tengan un valor infinitamente superior que uno en mano, y, porque, si se me permite añadir esta noción vómica a un aperitivo de metáforas, el corazón del alcaucil o el núcleo ideal de la cebolla representarían un tributo más apropiado a las faenas de excavación poética que la corona de laurel. Saco esta conclusión de la antología de frases breves de Proust: “Si no existiera el Hábito, la Vida parecería maravillosa a todos aquellos a los que la Muerte amenazara en todo momento, es decir, a toda la Humanidad”.

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Proust tenía mala memoria –del mismo modo que tenía una costumbre ineficaz–, porque tenía una costumbre ineficaz. El hombre con buena memoria no se acuerda de nada porque no olvida nada. Su memoria es uniforme, un ente de rutina, a la vez función y condición de su impecable hábito, instrumento de referencia en vez de instrumento de hallazgo. El entusiasta himno de su memoria: “Lo recuerdo como si fuera ayer...”, es también su epitafio y da la medida exacta de su valor. No puede recordar el ayer como no puede recordar el mañana. Puede contemplar el ayer colgado para que se seque en el tendedero, junto al día-de-fiesta-en-agosto-en-que-más-ha-llovido-de-la-historia tendido en la cuerda un poco más allá. Porque su memoria es un tendedero y las imágenes de su pasado son ropa sucia redimida y los infaliblemente autosatisfechos criados de sus necesidades rememorativas. La Memoria está obviamente condicionada por la percepción. La curiosidad es un reflejo no condicionado, en su manifestación más primitiva es una reacción ante un estímulo de peligro, y raramente se libra, incluso en su forma superior y aparentemente más desinteresada, de consideraciones utilitarias. Pocas veces ocurre que nuestro interés no esté en mayor o menor medida contaminado por ese elemento animal. La curiosidad es el salvoconducto, no la muerte, del gato, sea con faldas o a cuatro patas. Cuanto más interesado sea nuestro interés, más indeleble deberá ser su registro de impresiones. Su botín estará siempre a mano porque su agresión fue una forma de autodefensa, es decir, la función de un invariable. En los casos límite, la memoria es tan cercanamente afín al hábito que su palabra se materializa, y no solamente es asequible en momentos de necesidad sino que se impone habitualmente. Así, el estar distraído es, afortunadamente, compatible con la presencia activa de nuestros órganos de articulación. Repito que la rememoración, en su acepción más elevada, no puede aplicarse a esos extractos de nuestra ansiedad. En sentido estricto, sólo podemos recordar lo que ha sido grabado por nuestra intención extrema y almacenado en ese último e inaccesible reducto de nuestro ser del que el Hábito no posee la llave, y mejor que sea así, porque en él no se encuentra ninguno de los odiosos e inútiles bagajes de la guerra, sino que allí, en ese “gouffre interdit à nos sondes”, está almacenada nuestra propia esencia, lo mejor de nuestros muchos yoes y sus concreciones de lo que los simplistas llaman el mundo, lo mejor porque ha sido acumulado silenciosa, dolorosa y pacientemente ante las narices de nuestra vulgaridad, la fina esencia de una divinidad sofocada cuyo susurrado disfazione queda ahogado entre los saludables gritos entusiásticos de un apetito por todas las cosas, la perla que puede desmentir nuestro caparazón de engrudo y peltre. Puede acaecer cuando escapamos al anexo espacioso de la alienación mental, durante el sueño, o en la rara dispensación del despertar de la locura. Proust eleva su mundo sobre esa fuente escondida. El trabajo del narrador no es accidental, pero sí es un accidente la recuperación de ese mundo. Las circunstancias de ese accidente serán reveladas en el punto álgido de esa adivinación. Un clímax de segunda mano es mejor que ninguno. Pero no sirve de nada ocultar el nombre del buceador. Proust lo denomina “memoria involuntaria”. La memoria que no es memoria sino aplicación de una concordancia con el Antiguo Testamento del individuo que él llama “memoria voluntaria”. Es decir la memoria uniforme de la inteligencia en la que podemos confiar para que reproduzca a nuestra complacida inspección aquellas impresiones del pasado que habríamos formado consciente e inteligentemente. No tiene interés en el misterioso elemento de distracción que da color a nuestras experiencias más cotidianas. Presenta un pasado monocromo. Las imágenes que escoge son tan arbitrarias como las escogidas por la imaginación, y están igual de lejos de la realidad. Su acción ha sido comparada por Proust con la de volver las páginas de un álbum de fotografías. El material que nos facilita no contiene nada del pasado, no es más que una proyección borrosa y uniforme cuando ha sido separada de nuestra ansiedad y oportunismo, es decir, nada. No hay gran diferencia, dice Proust, entre la memoria de un sueño y la memoria de una realidad. Cuando el durmiente se despierta, un enviado de su hábito le asegura que su “personalidad” no ha desaparecido con su fatiga. Es posible (para los que tengan interés en tales especulaciones) considerar la resurrección del alma como la impertinencia final proveniente de esa misma fuente. Insiste en ese plagio tan necesario, total y monótono, el plagio de uno mismo. Este concienzudo demócrata no hace la menor distinción entre los Pensamientos de Pascal y un anuncio de jabón. De hecho, si el Hábito es el Dios de la vulgaridad, la memoria voluntaria es el pozo del sábalo, y además de origen irlandés. La memoria involuntaria es explosiva, “un resplandor inmediato, total y delicioso”. Nos trae no solamente el objeto pasado sino el Lázaro que lo encanta o tortura; no solamente Lázaro y el objeto sino también más porque es menos, más porque hace abstracción de lo útil, de lo oportuno, de lo accidental, porque en su llama el hábito y sus esfuerzos han quedado carbonizados, apareciendo a su luz lo que la absurda realidad de la experiencia nunca puede ni nunca podrá revelar: lo real. Sin embargo, la memoria involuntaria es un mago díscolo al que no se puede importunar. Escoge su momento y lugar adecuados para la realización de su milagro. No sé cuántas veces se produce este milagro en Proust. Creo que doce o trece veces. Pero el primero, el conocido episodio de la magdalena mojada en el té, ya justificaría la afirmación de que todo su libro es un monumento a la memoria involuntaria y a la epopeya de su acción. El mundo entero de Proust sale de una taza de té, y no sólo Combray y su niñez. Porque Combray nos lleva a los dos “caminos” y a Swann, y cada uno de los elementos de la experiencia proustiana, y consecuentemente su clímax en la revelación, pueden ser relacionados con Swann. Swann está detrás de Balbec, y Balbec es Albertine y Saint-Loup. Implica directamente a Odette y a Gilberte, a los Verdurin y a su grupo, a la música de Vinteuil y a la mágica prosa de Bergotte; indirectamente (vía Balbec y Saint-Loup) a los Guermantes, Oriane y el Duque, la Princesa y Monsieur de Charlus. Swann es la piedra angular de toda la estructura, y la figura central de la niñez que la memoria involuntaria, estimulada o encantada por el tanto tiempo olvidado sabor de una magdalena mojada en una infusión de té, hace aparecer, con toda la fuerza y colorido de su significación esencial, del estrecho pozo de inescrutable banalidad de una taza...

Este retrato está incluido en Los escritores de los escritores de Samuel Beckett.
(Editorial El Ateneo).

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