EL MUNDO › EL MOVIMIENTO SOLIDARIO LO INICIO EN ESTADOS UNIDOS EL MULTIMILLONARIO WARREN BUFFETT

Los ricos franceses quieren impuestos

Maurice Lévy se contagió del norteamericano Buffett y en una columna en el diario Le Monde clamó por participar en “una contribución excepcional de los más acaudalados” destinada a reducir los déficits. Lo siguió Geffroy Roux de Bézieux.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

San Cayetano, San Emérito, San Benito y sus providenciales discípulos y seguidores suspiran ebrios de emoción en el cielo y en la Tierra: los ricos del mundo, las poderosas fortunas del planeta que pagan sólo en impuestos sumas que salvarían la vida de decenas de millones de individuos, se están convirtiendo a las causas justas y a los principios de equidad y solidaridad. La crisis mundial, al parecer, les ha abierto el apetito generoso y hoy claman en los medios la necesidad de que ellos paguen... más impuestos para solventar el déficit y reducir la pobreza. Suena a burla cruel, pero es cierto (en palabras).

El movimiento lo inició en Estados Unidos el multimillonario norteamericano Warren Buffett, tercera fortuna mundial según Forbes. En una columna publicada en The New York Times, el megamillonario se quejó porque pagaba pocos impuestos al tiempo que defendió la idea de aumentar los niveles de las cotizaciones a fin de ayudar a las clases más necesitadas. El argumento cruzó rápidamente el Atlántico y ganó adeptos en Francia. Maurice Lévy, presidente director general del grupo de comunicación francés Publicis y de la Asociación francesa de empresas privadas (AFEP), se despachó con una columna en el vespertino Le Monde, donde clamó por participar en “una contribución excepcional de los más ricos” destinada a disminuir los déficit. Geffroy Roux de Bézieux, presidente de Virgin Mobile, le siguió los pasos. Geffroy Roux de Bézieux hizo incluso temblar a las tumbas de Marx y Engels cuando declaró a la prensa que “ser rico impone responsabilidades”.

¿Habrá querido decir que antes eran irresponsables? Lo cierto es que los argumentos de estos tres afortunados coinciden con una serie de medidas de corte cosmético, pero real adoptada por mastodontes del liberalismo conservador como el presidente del Consejo italiano, Silvio Berlusconi, o propuestas por el eje liberal franco-alemán. El primero instauró un impuesto sobre las ganancias superiores a los 90 mil euros mientras que, en Francia, la mayoría conservadora de Nicolas Sarkozy proyecta aplicar una tasa que oscila entre el uno y el dos por ciento sobre las ganancias anuales superiores al millón de euros. Esta semana, al cabo de una minicumbre celebrada en París para frenar la inquietud de los mercados, Nicolas Sarkozy y la canciller alemana, Angela Merkel, adelantaron que someterían un proyecto a sus socios europeos de la Zona Euro –17 países–, a fin de que se aplique un gravamen a las transacciones financieras. La peste negra de los liberales, la famosa tasa propuesta por el economista norteamericano James Tobin y defendida por las izquierdas de todos los continentes, entró de pronto en la agenda del liberalismo depredador. Ayer, el intendente socialista de París, Bertrand Delanoë, planteó gravar los patrimonios de más de cinco millones de euros y aplicar un impuesto a las personas con ganancias superiores a los 20 mil euros al mes. Por izquierda o por derecha, los responsables políticos tratan de tapar ahora años y años de regalos fiscales, privilegios insostenibles e impunidad fiscal y financiera garantizada. Las trompetas que anuncian la catástrofe retumban en todas las cajas fuertes.

Conviene controlar el entusiasmo, incluso si las palabras de Warren Buffett pueden empujar a creer que, además de una abultada cuenta bancaria, los ricos tienen un corazón sensible al hambre, las enfermedades, la mortandad infantil, el desempleo y la exterminación humana que acarrea la pobreza. Buffett pagó el año pasado siete mil millones de dólares de impuestos. Es hora de que el “esfuerzo solidario pase en primer lugar por aquellos a quienes la suerte ha preservado”, escribió Buffett. Geffroy Roux de Bézieux, presidente de Virgin Mobile, dijo al diario francés Le Parisien que la primera responsabilidad de los ricos “consistía en contribuir con la solidaridad nacional, sobre todo en este período de crisis”. Tantas virtudes repentinas son estremecedoras, sobre todo cuando se sabe que, desde la crisis que estalló en 2007, en el mundo hay más millonarios que antes. Es lícito recordar también que, aparte de un par de tontos que pagaron por los demás, todos los ladrones con carnet financiero que desbastaron el mundo con la especulación a partir de 2007 siguen libres y son infinitamente más millonarios que antes de la crisis. Esta los enriqueció al tiempo que el mundo se empobrecía.

En Francia, la generosidad de las palabras choca con los estragos inigualitarios de la política fiscal de Sarkozy. La primera gran reforma de su mandato tiene un nombre que lo dice todo: escudo fiscal. Se trata de un dispositivo –hoy cambiado– que limitaba la carga impositiva sobre las grandes ganancias. En Francia, cuanto más rico se es menos impuestos se pagan. Un estudio realizado por los economistas Thomas Piketty, Camille Landais y Emmanuel Saez demostró que el 50 por ciento de los contribuyentes más pobres pagaban un total de 45 por ciento de impuestos mientras que el medio millón de los más ricos paga 35.

La persistencia de la crisis atrajo a los millonarios a las orillas de la solidaridad. Hoy es el cántico de los cánticos. “Solidaridad nacional” es la frase clave, la burbuja comunicativa entre un paraíso de privilegios y un infierno de privaciones y obligaciones.

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Maurice Lévy, presidente director general del grupo de comunicación francés Publicis.
 
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