EL PAIS › JUICIO POR LA APROPIACION DE UN HIJO DE DESAPARECIDOS

El represor que no abre la boca

 Por Diego Martínez

Hace tres semanas prometió que iba a declarar sobre la apropiación por la que se lo juzga recién después de escuchar a la víctima y cargó toda la presión sobre el joven que crió como propio. Cuando concluyeron las testimoniales, pidió una audiencia especial que se programó para el viernes, pero faltó a la cita, que se postergó tres días. Ayer, cuando la familia de la desaparecida Liliana Fontana se disponía a escuchar cómo había llegado a sus manos el bebé que buscaron desde entonces y ya tiene 31 años, el gendarme Víctor Enrique Rei volvió a defraudar: no abrió la boca. El viernes alegarán los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo y el fiscal Martín Niklison.

En julio de 2006, el Banco Nacional de Datos Genéticos del Hospital Durand confirmó que el ADN de Alejandro Adrián, como lo llamaron los apropiadores, es compatible en un 99,9999996 por ciento con el de Pedro Sandoval y Liliana Fontana, secuestrados en 1977 y vistos en cautiverio en el centro clandestino El Atlético. Dos años antes, la jueza María Servini de Cubría había procesado a Rei por robar y ocultar a un menor, suprimir su identidad y falsificar documentos públicos. Rei aseguró que era su hijo biológico y que había nacido en el Hospital Militar, pero no convenció: la partida ubica el parto en calle Báez 840, que nunca existió, y lleva la firma de Julio Cáceres Monié, un cardiólogo que firmó actas falsas de varios hijos de desaparecidos robados.

En la primera audiencia, Rei admitió el delito a su manera. “Ni siquiera en la Rusia de Stalin se juzgó a alguien treinta años después por adoptar y criar un huérfano”, dijo. Cuando el abogado de Abuelas, Luciano Hazán, le preguntó “¿cómo sabe que era huérfano?”, el oficial de inteligencia se desdijo y prefirió no seguir respondiendo.

Parte del rompecabezas de la historia se reconstruyó en el juicio. “Cambacito, vas a ser tío”, le confió Liliana a su hermano Edgardo, días antes del secuestro. “Se va a llamar Pedro o Evita”, le anticipó. Ya en cautiverio, contó Miguel D’Agostino, Pedro y Liliana pasaron a ser K33 y K34. “Ella no paraba de llorar mientras lo torturaban a él”, dijo. “Antes de ser liberada pude sentir su panza, tendría unos siete meses de embarazo”, recordó Delia Barrera. Horacio Schiavo, ex jefe de maternidad del Hospital Militar, dijo no creer que Cáceres Monié hubiera atendido un parto y aclaró que “cualquiera puede hacer un certificado” de nacimiento. Una vecina de los Rei en Hurlingham recordó que cuando vio por primera vez al bebé en manos de Beatriz Arteach, la apropiadora le confesó: “Lo adopté”.

Marcelo Chavanne, que estuvo secuestrado en Campo de Mayo, recordó que, entre los interrogadores, Rei era “el malo de la película” y que Cáceres Monié ingresaba a los calabozos. “Víctor me dijo que soy hijo de desaparecidos y que me entregó el director de la cárcel de encausados de Campo de Mayo” (comandante Darío Alberto Correa, de Gendarmería), le confió Alejandro a su tía Silvia. Fernando Sandoval, quien en 1977 alcanzó a acariciarle la panza a su tía, contó que en 2006, cuando conoció a su medio hermano por parte de padre, Alejandro le confesó que estaba “completamente convencido” de que era hijo de Pedro y Liliana.

El interrogante es cómo llegó a manos del apropiador y el problema es que sobran conductos: por su desempeño en el Primer Cuerpo y Campo de Mayo, por el de su hermano, Bernardino Rei, en el Batallón 601 y por el del padre de la apropiadora, comisario mayor retirado Oscar Hugo Arteach, en la Policía Federal. Rei tendrá la última oportunidad de hablar en público el lunes 13 de abril. Luego escuchará la sentencia.

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