Historia
Matías Dutour, el aniquilador del no
Nació con una malformación congénita que le impidió el desarrollo de su antebrazo izquierdo y en Uruguay le habían dicho que no iba a poder gatear ni caminar, pero en los Estados Unidos realizó un tratamiento que le cambió la vida; jugó al fútbol en Rocha, llegó a Nacional y espera una nueva oportunidad en Lavalleja; la historia de un tipo que superó todo y soportó la discriminación
Imagen: Facebook Matías Dutour

A Matías Dutour le gritaron manco en una cancha de fútbol. Fue una tarde de octubre de 2017. Él jugaba en Rocha, un equipo del interior de Uruguay, y un hincha de Platense versión charrúa le gritó “manco de mierda” durante todo el partido, como si la resistencia del chico de 22 años fuera a prueba de balas. No lo era. Matías estalló en Twitter. Escribió un posteo que se hizo viral: “No puedo creer cómo existe gente tan mierda como ese hincha de Platense que en vez de alentar a su equipo se dedicó a discriminarme. Desde que entré hasta que salí fueron solo gritos discriminativos! Uno no es una piedra, solo quiero jugar al fútbol”. El apoyo llegó desde Barcelona. Luis Suárez por la misma red social se pronunció: “Hola Mati! No hagas caso a los mediocres que no saben el esfuerzo que haces para cumplir tu sueño”. Para Suárez, Dutour es un ejemplo de superación.

Matías nunca había vivido un hostigamiento igual. Nació con una malformación congénita que le impidió el desarrollo de su antebrazo izquierdo. La noticia fue un pequeño temblor para la familia. Fernando y Virginia, sus padres, se enteraron en la sala de partos: “Fue una pequeña preocupación, pero instantáneamente empezamos a ver qué podíamos hacer para superarla”, cuenta su papá.

Peregrinaron por todos los hospitales de Uruguay. Viajaban de Rocha, un pueblo del interior, a Montevideo para escuchar a médicos que les decían que Matías no iba a poder gatear, que Matías no iba a poder caminar, que Matías no: que la vida de Matías, en definitiva, iba a ser una jaula de no. El sí llegó en los Estados Unidos. Encontraron un hospital en Tampa, Florida, que tenía los mejores especialistas en ortopedia. Ellos cambiaron el diagnóstico: el obstáculo de Matías podría sortearse con una prótesis y fisioterapia. A lo largo de diecisiete años viajaron todos los años a Tampa. En esos viajes, Matías comprendió que su problema no era grave: “Vi chicos en sillas de ruedas, con problemas de columna que no iban a poder caminar nunca. Todo eso me enseñó que lo mío no es nada. Que mi problema no es nada”, dice. Fernando recuerda:  “Levantábamos los brazos y agradecíamos al cielo”.

El fútbol no llegó por casualidad a la vida de Matías. Había antecedentes de futbolistas en la familia. Quizás por eso el primer regalo que recibió fue una pelota azul. Tardó poco en afilar la zurda: pateaba fuerte, con una destreza que sorprendía a sus padres. Matías llegó a tener 23 pelotas desparramadas por el dormitorio. A los seis años lo inscribieron en Rocha, el club del pueblo. Usaba la prótesis para jugar. No quería sacársela porque le daba vergüenza: “Sin ella me sentía desnudo”, confiesa.

Una mañana de octubre de 2003, Matías estaba apagado en la cancha. La gambeta, la rapidez y la pegada no lucían, no estaban. Tenía el ala herida. Pegado a la raya, Fernando le preguntó qué le pasaba. Sabía que algo no andaba bien.

–Se me cae la prótesis, pá. Estoy incomodo.

–¡Y sacátela! –le respondió Fernando–.

Matías, a los ocho años, se sacó la prótesis en el medio de la cancha, delante de sus compañeros, enfrente de decenas de padres: dejó una parte suya en manos de su papá, y volvió corriendo detrás de la pelota. La prótesis quedó para la vida cotidiana: para treparse a los árboles, para atarse los cordones, para andar en bicicleta; para hacer las cosas que hacen los chicos. Para todo, menos para el fútbol. Para el fútbol, la pieza que lo completa es un estorbo.

Durante la adolescencia cambió de equipo y pasó a Lavalleja. En la cancha se destacaba por su creatividad, por su gambeta, por su inteligencia. Esas virtudes lo catapultaron al seleccionado de Rocha para jugar un torneo nacional Sub 18. Llegaron a la final. Dutour brilló como volante izquierdo: flaco y dueño de un remate prodigioso, llamó la atención de los captadores de Nacional que seguían el torneo. Fue a Montevideo y en las pruebas desplegó su versión más pura: lo eligieron entre 70 chicos porque hizo dos goles en un amistoso contra Racing de Montevideo, y otro en un entrenamiento con la reserva del Bolso. “Estaba iluminado, son esas cosas que pasan por algo: yo tenía que estar ahí en ese momento”, recuerda.

“Para nosotros, como familia, fue un tema. Empezamos a replantearnos todo porque el hijo mayor se iba de casa antes de lo previsto. Para él era empezar todo de cero: meterse en un vestuario nuevo, explicar otra vez su problema en el brazo, demostrar que estaba a la altura del desafío. Montevideo es otro medio”, dice Fernando. Matías se instaló en la pensión de Nacional, una casona en la que convivía con otros 25 chicos. Allí, dice, lo trataron bien. “Pero no me sentía como en mi casa”, aclara. Para amenizar el desarraigo, los padres iban desde Rocha los fines de semana: recorrían 200 kilómetros de ida y otros 200 kilómetros de vuelta, todos los sábados, todos los domingos. Varias veces quiso dejar el equipo. Pero aguantó, y fue tricampeón en tercera división. Aguantó, y en 2014 el técnico Álvaro Gutiérrez lo citó para que se entrenara con el plantel profesional: con el Chino Recoba, con Iván Alonso... Matías aguantó tanto que su historia trascendió. Medios de distintas partes del mundo se hicieron eco del chico que, a pesar de su dificultad, pujaba por un puesto en una de las instituciones más grandes de Sudamérica. Rubén Sosa, ídolo del club, se acercó para hablarle al final del primer entrenamiento: “Te llamaron por lo que hiciste en inferiores. Seguí igual”, le dijo. Sin embargo, Matías no podía seguir igual: en Primera lo ponían de lateral izquierdo, una posición ajena a sus cualidades. No alcanzó a debutar, y meses después quedó libre.

Entonces las prioridades se invirtieron. A Matías le faltan tres años para recibirse como fisioterapeuta. Está enfocado en terminar la carrera. Dice que quiere devolver toda la ayuda que recibió. Pero no dejó las canchas. Volvió a Rocha, y en octubre de 2017 fue a jugar un partido a la cancha de Platense donde un hincha le gritó manco, manco de mierda. No recuerda haber vivido otro episodio semejante: “Yo sé que tanto los uruguayos como los argentinos somos ventajeros, y yo mismo puteé a muchos jugadores en la cancha. Pero ninguno me dijo algo con tanta mala intención”, explica.

Este año, Leonardo Altez, entrenador de Lavalleja, lo llamó por teléfono. Le dijo que quería sumarlo a su equipo, que iba a ser importante. Lavalleja va a competir en el Torneo del Interior, un certamen en el que participan equipos de distintas regiones de Uruguay. “Tiene un amor por el fútbol enorme, y disimula su problema con autoridad. Como futbolista, sus condiciones son muy buenas: es rápido, tiene una muy buena pegada, inteligencia y una fuerza de voluntad invalorables”, lo describe Altez. Fernando, en parte, está inquieto: sabe que si este año Matías muestra su potencial, algún club profesional va a ir a buscarlo: “Y ahí veremos, pondremos en la balanza la importancia de cada cosa”.

Matías ya no piensa exclusivamente en la pelota. Su cabeza está por encima de esas cuestiones. Aunque siempre fue así, porque en 2014, en una entrevista que publicó FIFA.com dijo: “No me considero modelo de nadie pero asumo cierta responsabilidad, porque se acercan chicos o padres con situaciones parecidas a la mía, e intento ayudar y hacer las cosas bien para que el otro se vea reflejado. Pero siempre sin dejar de ser yo. Lo tomo como otro desafío de mi vida y mi carrera. Para mí, soy una persona corriente, pero si eso le sirve a otro para superarse, ¡bienvenido sea!”. Dutour es mucho más que un ejemplo de superación, es un tipo con sueños y eso es suficiente. 

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