María Magdalena, con Joaquin Phoenix como el Jesús más border

Intento de aggiornar el relato católico

El estreno de María Magdalena, segundo trabajo del australiano Garth Davis, que tiene lugar con el inicio de la tradicional Semana Santa, vuelve a dar pruebas del oportunismo de la industria cinematográfica, que para cada fecha todos los años tiene al menos una película en cartel. En este caso se trata de una nueva versión del personaje femenino más importante del Nuevo Testamento después de la Virgen María. Una versión que, coherente con su propia época, se permite releer el lugar y el perfil que en los Evangelios se le atribuye a la Magdalena a partir de la forma en que hoy se percibe a lo femenino. En esta caracterización ya no se la define como prostituta, sino como una mujer que no se siente a gusto respetando el deber ser femenino y que por ello es víctima de los prejuicios de los hombres. Empezando por su padre y su hermano mayor, que ven en su actitud los signos de la posesión demoníaca. Pequeñas delicias del patriarcado. Este giro en la forma de encarar al personaje permite pensar que la etiqueta que se le calza en los textos sagrados no es diferente a la categoría de bruja, aquella que la Iglesia utilizó para torturar y asesinar a las mujeres que no encajaban en el molde femenino que la institución le imponía (o le impone) a las integrantes de su feligresía. En ese sentido la película de Davis, cuyo guión fue escrito por dos mujeres, puede ser percibida como revulsiva.

Pero si bien se trata de un relato que a su modo quiere ser revolucionario en su forma de abordar ciertos paradigmas, no es menos cierto que este ha sido formulado de un modo conservador en lo cinematográfico. En ese sentido la utilización de la banda sonora es representativa de esa forma, construyendo siempre en el mismo sentido en que se lo hace desde la acción o lo visual. Solo en contados momentos la música consigue aportar algo más que el subrayado emotivo más obvio. Uno de ellos es durante la resurrección de Lázaro, en la que la composición se vuelve ominosa, como si en realidad se tratara (y de algún modo lo es) de la escena de una historia de fantasmas. Esa formulación conservadora con pretensiones de rebeldía deja al desnudo  un intento de aggiornar el viejo relato católico. Incluso la propia película revela de forma involuntaria, que detrás de esta forma “nueva” de ver al personaje no hay una voluntad rupturista, sino que se trata de un mero adaptarse al nuevo perfil que el papa Francisco intenta imponerle a la iglesia romana desde su asunción. Esto queda en evidencia justo antes de los títulos finales, a través de un texto que informa que mediante un decreto de 2016 la Iglesia le otorgó a María Magdalena el mismo estatus litúrgico que al resto de los apóstoles, reconociendo así el protagonismo que siempre tuvo, pero que una etiqueta ofensiva relegaba a un papel de reparto. Es por todo eso que, más allá de lo estimulante que puede resultar ver a Joaquin Phoenix interpretando al Jesús más border de la historia, la película no pasa de ser una obra pastoral.

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