Vi al Enviado por tercera vez, algunas semanas después de nuestro segundo encuentro, cuando yo ya había asumido su condición de iluminado y, en virtud de esto, mi condición de discípulo. 

Me preocupó pues esa ausencia, y reconozco que durante algunas noches insomnes me asomé al fondo de casa en busca de lo que al principio había querido evitar. Una noche entre las noches, cuando una vaga melancolía me iba horadando el alma, el maestro apareció. Estaba de espaldas, dando pequeños saltos; me vio y dijo: “Es una habilidad que solo tenemos los iluminados...la llamo ‘levitación intermitente’...”. Mi lado escéptico blasfemó: “Eso no es levitación intermitente...está dando saltitos”. El Enviado bramó: “¡Hombre de poca fe, has retrocedido veinte casilleros! Otra vez tu pobre versión agnóstica...Son saltitos en un hombre cualquiera, en un pneumático como yo es humildad...elevación y descenso, elevación y descenso...una metáfora de la vida...y del fútbol, por supuesto”. Luego giró y gritó a los cielos: “Bienaventurados los que se desgarran...porque eso demuestra que picaron con fe”.

Nos tiramos con la noche como testigo a charlar, pero yo estaba en esos días en los que el fútbol, por una suma de razones y azares, me tenía entre sus detractores. Miré a los ojos del Enviado y le pregunté si había algo más turbio, injusto, irracional, desleal, egoísta, perverso y degradante que el fútbol. El maestro, mirando un punto fijo en el que seguramente flotaba su vida, me dijo: “Sí, hay algo mucho peor…el amor”.

El amor y el fútbol, tan parecidos que ambos caben en la clásica definición: una pasión inexplicable. Yo estaba decepcionado del fútbol como tantas veces del amor. Hablamos entonces con el Enviado sobre historias de amor y de fútbol, y le pedí que me contara alguna de sus revelaciones extraordinarias. Extrañamente, me dijo que solo lo haría si esta vez escuchaba alguna historia contada por mí. Me pareció justo el canje y, habiendo escuchado yo su relato (que revelaré oportunamente) le conté esto.  

Desde hace unas décadas, la semántica popular aportó un modo sutilmente cruel de nominar a las mujeres que se enamoran de jugadores de fútbol consagrados: botineras. Se sabe, aunque es políticamente muy incorrecto decirlo, que nadie cree que el amor de estas muchachas sea verdadero, o, para decirlo de otro modo, se sospecha que es un amor interesado. Es notable que se le agregue en modo inquisitorio y denigrante a la palabra amor el concepto “interesado”, como si pudiera haber un amor que no lo fuera. ¿Quién va a enamorarse de alguien que no le interesa? O es la sonrisa, o la manera de ser, o su inteligencia, o su glamour, o su bondad, o su sabiduría, o su compromiso social, o su prestigio profesional, o su belleza, o su manera única de hacer el amor…o su cuenta bancaria, ¿qué más da? Salvo que pensemos el amor en términos kantianos, siempre amamos a alguien porque nos hace bien amarlo y no porque le hace bien al otro que lo amemos.  

Por otra parte, supongamos que a una mujer le apasiona el fútbol, ¿por qué no habría de enamorarla uno de los mejores exponentes de aquello que ama? Si una mujer enamorada de la poesía sucumbiera ante la grandeza de un poeta nadie objetaría nada, ¿por qué negarle entonces el derecho a que ame a un futbolista exitoso? 

Ahora bien, como tengo el ingobernable hábito de pertenecer a la contradictoria especie humana, ya mismo anuncio (denuncio) haber caído en esta injusta taxonomía de la que hoy abjuro. En algún momento de mi vida, en efecto, creí a tal punto en la clasificación entre “botineras” (interesadas) y “novias de siempre” (desinteresadas), que proyecté la posibilidad de escribir un libro contando historias de amor verdaderas, esas que se construyen a temprana edad en los barrios, en sus esquinas, en los patios de las escuelas, en los bailes del club, en las fiestas de los pueblos; esos amores insospechados de otra cosa que no sean besos dulces, noches con aroma a tilos, promesas eternas y ositos de peluche. 

Así es que boceté a partir de una breve pero rigurosa pesquisa la historia de algunos jugadores cuyas novias procedían de los ingenuos, amanecidos años de la incipiente juventud, y fui en busca de esas historias de amor sagrado.

Lo que obtuve, por supuesto, fue un manantial de crónicas que conmoverían hasta a un miembro del FMI. Supe de esas historias de matecito con bizcochos, con souvenires de plástico sobre la tele, con besos en banquetas y excesos entre paredes sin revoque. Supe de esos abrazos en calles de tierra, cuando la noche es más oscura y los ojos de los pobres brillan como lámparas. Supe de esos gemidos que el silencio de los pueblos amplifica, cuando el sol recién hecho revela la perfecta comisura de los labios jóvenes, y los pájaros cantan canciones de amor.  

Una de las muchachas me contó cómo se había enamorado de él en su propio cumpleaños de quince, cuando la sacó a bailar el vals (hacía la mímica de estar bailando y una lágrima huía por su mejilla). Otra me conmovió particularmente refiriendo una historia de esas que mezclan en igual dosis la tristeza con la ternura: lo había conocido en el velorio de su madre, que era vecina de los padres de él (“No se movió de al lado del cajón de mamá en toda la noche…y recién nos conocíamos…”). Me causó gracia en algunos casos que jugadores mundialmente reconocidos por su fiereza en el campo hubieran mostrado un costado hipersensible y cursi a la hora de desarrollar estrategias de conquista. No faltaron, desde luego, las emblemáticas escenas de playa, donde amores que se suponía solo eran de verano terminaron siendo para toda la vida. Tampoco, por supuesto, esos escenarios antagónicos propios de tantas novelas: una chica de clase media alta que muere de amor por ese morochazo que divide su tiempo como ayudante en la panadería y perseverante jugador de inferiores…

Todas las historias navegaban por las aguas de la emoción más pura, del amor que tan bien sabe producir esa mala poesía hecha de buenos sentimientos, hasta que llegué a la maravillosa historia que quiero compartir. Historia que muestra, por si acaso, que el fútbol y el amor huyen de cualquier clasificación. 

Cito casi textualmente a su protagonista, quien me contó entre mate y mate: 

Jugaban la final del campeonato de fútbol mi división, 4º A de la mañana, contra 4ª B de la tarde... Había una pica tremenda. Él jugaba en 4º B, así que nuestra relación no solo había sido hasta ese momento de indiferencia; nos teníamos bronca. A veces nos cruzábamos en el patio pero siempre con nuestros respectivos grupos, y aunque por suerte nunca hubo episodios de violencia entre nosotros, sí estaba esa cosa estúpida de odio entre las divisiones, por el simple hecho de ser una u otra, más cuando son de turnos diferentes. Como en mi escuela no había cancha estábamos jugando en la sociedad de fomento del barrio...estaba llena de gente. Terminó el primer tiempo y mi división iba ganando uno a cero, gol del gordo Marcelito Di Santo, el mejor de nuestro equipo. Cuando los chicos pararon para hacer el cambio de lado y tomar un poco de agua, veo que él se acerca hacia mí…nunca habíamos cruzado palabra, me miró y me dijo: “Voy a hacer dos goles y te los voy a dedicar a vos, la más linda de la escuela…”. Yo hice todo el esfuerzo por poner cara de asco, pero se me escapó una sonrisa. De todos modos, tomé lo que dijo como una bravuconada, y además lo que menos quería era que perdiéramos la final... Empieza el segundo tiempo y este agarra la pelota, se elude a medio equipo y se la pica al arquero: uno a uno; a los tres segundos lo tenía frente a mí tocándose el pecho y señalándome. Dos minutos antes de terminar el partido viene un pase de cualquier lado y él la baja con el pecho y de volea la manda adentro: 2 a 1; 1 a 2, mejor dicho...otra vez se acerca y cuando me pasa por al lado me guiña un ojo... Yo, después de esa jugada, aunque perdimos y estaba con toda la bronca, me di cuenta… 

¿Te diste cuenta de que lo querías? – interrumpí.

Sssí…y también me di cuenta de que era un crack…