La tempestad, dirigida por Penny Cherns, con Osqui Guzmán y Malena Solda

La riqueza de un clásico sin solemnidad

La versión estrenada en el Teatro San Martín busca obtener del material original todo el brillo posible.
El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir.El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir.El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir.El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir.El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir.
El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda logró gran naturalidad en el decir. 
Imagen: Gentileza Carlos Furman

El más grande acierto de la versión de La tempestad que estrenó recientemente en el Teatro San Martín, dirigida por la británica Penny Cherns, es cómo los actores dicen el texto. El elenco encabezado por Osqui Guzmán y Malena Solda ha logrado tal naturalidad en el decir que los años no pesan: más allá de la vigencia que caracteriza a los clásicos y a los temas por los que suelen transitar, este grupo de actores demuestra que se puede seguir diciendo a Shakespeare, buscando la riqueza y la belleza en cada palabra, sin caer en la –seguramente temida– solemnidad. Otros aspectos de la puesta, como la escenografía, apartan a la historia de Próspero de su época y así la vuelven cercana para el público.

Representada por primera vez en 1611, La tempestad es la última obra que Shakespeare escribió por su cuenta (escribiría tres más, aunque en colaboración con John Fletcher). Ha sido transformada por el poeta Aimé Césaire en una alegoría de la colonización, y en el cine habilitó lecturas gay y feministas. La versión de Cherns –que ha trabajado con la Royal Shakespeare Company, con el Royal Court Theatre y el New End Theatre, de Londres– no hace foco en ningún tema en particular. Es lo político en un sentido más universal lo que parece interesar a la directora. Cómo se construyen el poder y las relaciones entre los hombres. También, los aspectos más humanos del texto. Lo que transmite sobre la piedad, la venganza, el perdón; el abanico de elecciones posibles de cada personaje.

Así, la propuesta parece más encaminada a obtener del material original todo el brillo posible, antes que añadirle o subrayar algún sentido. Por eso es fundamental el trabajo sobre la palabra realizado por el elenco: porque sobre los actores pesa la responsabilidad de que el clásico reluzca y el público lo redescubra, encontrándose con sutilezas y revelaciones. Quizás el dominio de la palabra –la liviandad para lo monumental– que consiguió el elenco tenga su punto de partida en la expresión corporal; sería un error pensar en estas dimensiones por separado. Fue Abigail Kessel, colaboradora de Cherns, la guía en el movimiento en escena.

El enérgico Próspero que compone Guzmán –un duque joven, por cierto, si se lo compara con otras versiones, como la de Alfredo Alcón también en el San Martín– lleva un traje que se ondea cada vez que gira. En este y otros casos, el vestuario de Mini Zuccheri parece estar al servicio del movimiento. Solda encara la difícil tarea de encarnar a Ariel, el etéreo sirviente de género indefinido. El azul, el color de la percepción, cubre el cuerpo de una actriz que, como Guzmán, es aquí síntesis de experiencia y frescura. Varios integrantes del elenco tienen a cargo dos personajes. Destaca Iván Moschner, como el consejero y a la vez el bufón del rey de Nápoles, y son particularmente graciosas y descontracturadas las escenas que comparte con Marcelo Xicarts (Alonso y Stefano), incitando a la platea a las risas.

Alexia Moyano es Miranda; Martín Slipak, Fernando y Sebastián. Las transformaciones físicas –y seguramente energéticas– que exige en pocos minutos el cambio de personaje es notoria por momentos, como ocurre con Gustavo Pardi, que pasa de ser el encorvado Calibán para mutar en Antonio, hermano de Próspero, usurpador del ducado de Milán. En un primer momento, esta operación podría generar confusión. Se le puede intuir un sentido: ¿será el advertir que nada avala el lugar de poder que ocupa un hombre? ¿Será que el que ayer fue Antonio mañana puede ser Calibán? ¿O que todos contienen en sí esta dualidad?

Ideada por Jorge Ferrari, la escenografía de la isla que es sede de la historia es sintética y abstracta: un paisaje de pirámides blancas inspirado en las montañas del norte argentino, que cubre en su totalidad el escenario de la sala Casacuberta y que también parece exigente para los actores, con sus desniveles. Hay luces de LED, comandadas por Eli Sirlin. La iluminación, con tonos predominantemente anaranjados y azulados, parece tener una doble función: no solamente indicar momentos del día o posiciones diversas de la isla, sino también acentuar el vaivén del texto entre lo individual y lo colectivo. Cuando un personaje se halla en una encrucijada, la luz reposa sólo en él. Acompañan bien el violonchelo y la percusión de Belén Echeveste y el diseño sonoro de Rony Keselman, también a cargo de la dirección musical.

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