Opinión
Oposición y resistencia

Todo gobierno tiene una oposición; no cualquier gobierno genera una resistencia. En la historia inmediata, la palabra evoca la Résistance que en Francia combatió la ocupación alemana y el gobierno adicto de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial. Consistente en acciones clandestinas tanto armadas como civiles, urbanas y rurales (llevadas adelante por el Maquis, experiencia que tiene uno de sus testimonios más bellos en el libro Hojas de Hypnos, del poeta René Char), logró la liberación de París en el verano de 1944.

Pero sin duda se trata de un derecho muy antiguo, previsto en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano durante la Revolución Francesa: “La resistencia a la opresión es la consecuencia de los demás derechos del hombre”, dice en su artículo 33; “Hay opresión contra el cuerpo social cuando uno solo de sus miembros es oprimido. Hay opresión contra cada miembro cuando el cuerpo social es oprimido”, establece el 34.

Si bien en sus acepciones más antiguas el derecho de resistencia remite a la tiranía, a la opresión, a los gobiernos surgidos de golpes de Estado o a la invasión extranjera de un país, con el tiempo el concepto se extendió a prácticas civiles no violentas contra gobiernos, de origen electoral o no, cuyas acciones son o han devenido ilegítimas por entregar los bienes comunes a intereses ajenos al colectivo, activar la persecución política, conculcar derechos populares conquistados por viejas luchas sociales, ejercer la violencia institucional sobre disidentes o practicar sistemáticamente la represión contra manifestaciones y protestas ciudadanas. La resistencia llega a ser un recurso democrático inmanente al estado de derecho.

Como institución democrática, la resistencia civil (que en los Estados Unidos tiene una larga tradición –piénsese en los movimientos negros de los años 60– y uno de sus mayores manifiestos en el libro Desobediencia civil, de Henry David Thoreau) genera una ubicuidad que excede los ámbitos previstos para la oposición política (principalmente el Parlamento, la contienda electoral y la prensa, cuando es libre y no monopólica), sin ser incompatible con ella.

En la historia política argentina, en tanto, la palabra “resistencia” evoca el conjunto de acciones contra la dictadura de Aramburu y la secuencia de gobiernos militares y civiles desde el golpe de Estado de 1955 hasta el fin de la proscripción del peronismo en 1973 –y también a estallidos sociales como el Cordobazo, el movimiento piquetero en los 90 o la revuelta del 2001–. En cuanto a las Madres, que nacieron por la invención de una resistencia –casi la única en la dictadura–, llegan al final de su camino debiendo ejercerla otra vez.

Por su carácter furiosamente antipopular, el macrismo (la alianza UCR-PRO) ha generado en su primer año de gestión un aluvión de hechos de resistencia civil como no lo había hecho ningún otro gobierno anterior, por lo que en algunos casos debió retroceder en sus pretensiones en tanto que en otros logró imponer sus políticas. Para enorme daño de las generaciones de argentinos por venir, la principal tarea encomendada por los grandes centros financieros a los CEO que gobiernan ya ha sido realizada: reinsertar al país en el circuito financiero internacional y haber dilapidado así el desendeudamiento, que tanto trabajo costara al pueblo, con una emisión de deuda que es la mayor de la historia (50 mil millones de dólares en unos pocos meses), sin que ello haya redundado en ningún beneficio social.

En nuestro sistema de partidos, los gobiernos surgidos de una mayoría electoral –como es el caso– deben confrontar con una oposición política que aspira construir otras mayorías para ganar elecciones, pero no siempre con una resistencia ciudadana continua y creciente –como también es el caso–. Como nunca antes, en 2016 el pueblo argentino ocupó las calles de manera ininterrumpida y pacífica: grandes marchas obreras, enormes manifestaciones en defensa de la educación y de la ciencia, acciones contra la violencia impulsadas por el colectivo Ni una menos, movilizaciones en todo el país por la libertad de Milagro Sala (convertida a pesar suyo en ícono latinoamericano de la resistencia al reflujo conservador que castiga a muchos países de la región), y multitud de otras demandas motivadas por la vertiginosa pérdida de derechos políticos, económicos y sociales como tal vez ningún otro gobierno de origen electoral le había propinado a la ciudadanía.

La irrupción en el lenguaje público de un fascismo social –que en los últimos años había estado culturalmente inhibido–, el desprecio de clase, el deseo de venganza y la indiferencia por que menos tienen han llevado a la Argentina a sacar lo peor de sí. El macrismo es la continuación de la dictadura por otros medios (a excepción de la provincia de Jujuy, donde la persecución política, el encarcelamiento, la tortura y el asesinato de opositores en comisarías, la vigilancia policial de las personas y la supresión de derechos civiles es rutilante); de origen electoral y sin ejercer terror, el macrismo no es dictadura: lo que hace es continuarla en sus aspectos simbólicos, en su racismo, en su desprecio por los derechos humanos y en la restitución de un plan económico que sacrifica a millones de seres humanos (para cuya imposición en los años 70 debió ser ejercido ese terrorismo desde el Estado).

Así las cosas, irrumpe un interrogante central para elevar a concepto lo que sucede en los hechos: ¿qué es practicar una resistencia aquí y ahora? No todo gobierno adverso al campo popular la activa. Este lo ha hecho tal vez como ningún otro antes, y nada indica que vaya a decaer. Si portadoras de una alternativa política aún incierta, las prácticas de resistencia al macrismo van a requerir una lucidez teórica y una sabiduría militante inventivas y nuevas. Sobre todo una cultura de la manifestación política que nunca deje de ser pacífica –como lo ha sido hasta ahora.

Y también una experiencia del tiempo activa y paciente, consciente de que la temporalidad es plural; de que hay muchos tiempos y es necesario elegir uno de ellos para pensar, para producir comunidad, para militar. Resistencia es lo que rehúsa la captura en el tiempo apresurado y corto de la adaptación a la adversidad inmediata, y adopta en cambio un tiempo imprevisible y misterioso –dispuestos a que sea largo, aunque finalmente no lo sea–, abierto por la memoria de quienes ya no están y, anticipadamente, por la memoria de los que van a venir.

* Doctor en Filosofía, docente de la Universidad de Córdoba.

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