Un álbum disfrutable de principio a fin
La canción como hogar
Paul McCartney ya no necesita demostrar nada, pero no deja de moverse: su disco es un paseo imperdible por los instintos de alguien que siempre encuentra nuevas facetas para lo suyo.

Está hecho. 

Es lo que suele decirse de ciertos artistas de dimensiones inmensurables, gente como Bob Dylan o Mick Jagger y Keith Richards. Y tiene una justísima aplicación en la figura de Paul McCartney, de quien puede decirse que está recontrahecho. Tiene suficiente en su historial artístico –ni hablar del económico– como para buscarse una reposera bien cómoda y sentarse a admirar el atardecer. No está obligado a nada. No tiene nada que demostrar, porque ya demostró todo y lo que demostró lo ubica en la categoría de los gigantes.

Y sin embargo, Macca se resiste a quedarse quieto. Sigue saliendo de gira –el próximo lunes, en Quebec, comenzará el Freshen Up Tour–, poniendo el cuerpo a conciertos de tres horas que recorren una obra imbatible, muy bien acompañado por su banda de apoyo más longeva. En lo que va del siglo lanzó los discos Driving Rain (2001), el soberbio Chaos and Creation in the Backyard (2005), Memory Almost Full (2007), Kisses on the Bottom (2012) y New (2013). Ninguno de ellos suena a un tipo en piloto automático. Y lo mismo puede decirse del flamante Egypt Station: si Paul McCartney sigue editando canciones es porque, 58 años después de la fundación de The Beatles en Liverpool, el fuego compositor sigue ardiendo con potencia apreciable.

En el nuevo disco de Macca hay algo de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. No es una asociación caprichosa: quizá haya tenido algo que ver el hecho de que durante la composición de estas canciones también preparaba la edición 50 aniversario de esa obra esencial. Pero lo cierto es que los giros y cambios, la narrativa de pasajes como “Despite Repeated Warnings” o el medley final “Hunt You Down / Naked / C–Link”, llevan a pensar en cosas como “A Day in The Life”. Y el comienzo de Egypt Station tiene algo de la expectación con la que arrancaba aquel disco del ‘67: allí se escuchaba a una banda afinando y preparándose para lo que vendría, aquí hay un sonido ambiente que remite a la estación del título y pone al oyente en alerta.

Pero lo que viene no es una explosión típica de disco que debe comenzar allá arriba para impactar, sino un combo de marcas registradas del bajista. El piano solitario de “I Don’t Know” abre paso a uno de esos temas que a McCartney le salen con total naturalidad, y por los que miles de músicos darían su mano derecha. Y cuando el oyente aún está pensando en la rareza de iniciar un disco con uno de esos tracks climáticos que suelen aparecer en tercer o cuarto lugar, “Come On To Me” hace estallar los parlantes y sí, es otro Macca inmediatamente reconocible, el tipo que llenó a la Humanidad de melodías imborrables y hasta se permite el chiste de una leve referencia melódica a “Sex & Drugs & Rock’n’Roll”. Apenas pasaron dos temas y ya está claro que la salida de Egypt Station solo puede ser saludada como una gran noticia.

Porque, claro, la cosa no se detiene allí. Como si nada, Paul va dejando galopar caballos tan ganadores como “Fuh You” –segundo single de difusión–, que consigue sonar actual sin parecer el esfuerzo de un músico veterano queriendo sonar así de actual. Sí, ese tema implica la rareza de tener de co–compositor y coproductor a Ryan Tedder (cantante de One Republic), pero no deja de ser una página indiscutiblemente McCartney, e incluye referencias beatlescas en el verso “Come on baby now, help me work it out / I won’t let you down so you don’t need to shout”. O “People Want Peace”, con estatura de himno en sus intenciones y sus armonías vocales. O “Caesar Rock”, que surfea con elegancia entre el arranque rockero y una guitarra funkera que le da otro espesor. O la briosa marcha de “Who Cares”, que infecta y se mete de inmediato en esa memoria casi llena que siempre encuentra un lugarcito para más. El disco avanza y nada parece relleno, y lo único que en todo caso delata a un artista de la vieja guardia es la visible intención de darle a Egypt Station la catadura de álbum, aun en la era de las canciones sueltas. No es que se trate de un disco “conceptual”, esa cosa que huele a naftalina: McCartney va encadenando climas y rítmicas efectivamente como estaciones de un mismo instinto compositivo, que sabe dosificar sus emociones y revelar con sapiencia todo lo que cabe en el alma de un hombre que domina hace tiempo el arte de las melodías, pero sigue abierto a encontrar nuevos matices.

¿Cómo no dejarse llevar, entonces, por el influjo de canciones tan bellas como “Happy With You” o “Confidante”, esa declaración de amor a la guitarra? ¿Cómo no darle la derecha a una balada obvia pero igualmente encantadora como “Hand In Hand”? Y cuando McCartney parece haber recorrido todas las posibilidades, el cierre del disco aporta, como bien dice él, ecos de “Band on the Run” o “Live And Let Die”. Canciones episódicas como “Despite Repeated Warnings” y su desarrollo desde el arranque reposado al estribillo épico. O el combo que aparece después de la coda de “Station II”: “Hunt You Down” asoma como un momento de baile enfervorizado, pero termina derivando al blues de “Naked” y “C–Link”, que pone el moño a un disco que llama al asombro ante la vigencia de cierta gente. “Tomá mi pago y dejame libre / Libre para volar a casa / Hay un lugar donde debo estar / Estar en casa”, canta. Basta escuchar Egypt Station y entender el viaje: podrá haber muchas estaciones y lugares, pero el verdadero hogar de Paul McCartney son las canciones. Y no queda más que agradecerlo.

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