Maniac, la nueva apuesta futurista de Netflix
Los reajustes de la realidad
En la serie que se estrena el próximo viernes, Jonah Hill y Emma Stone ponen el cuerpo a una historia en la que el testeo de un fármaco radical derivará en juegos de identidades, la traducción visual de la locura y de sueños demasiado vívidos.
De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.
De alguna manera, Maniac es una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. 

“Mi objetivo es erradicar cualquier forma de sufrimiento humano por siempre”, dice una intrigante voz en off en el comienzo de Maniac. Se trata de una frase ambiciosa dentro de lo que posiblemente sea la apuesta más radical, extravagante y fastuosa en la historia de Netflix. Sí, incluso más que Sense 8 de las hermanas Wachowski. La serie presenta la historia de dos almas rotas que, por medio de un ensayo farmacológico, van a tantear diferentes identidades, viajes por su inconsciente y sueños muy vívidos. Uno es Owen Milgrim (Jonah Hill). Alguien que puede ver cÓmo el maíz para las palomas de una plaza se convierte en pochoclo, lleva una vida monótona pero cree estar destinado a salvarla galaxia. No por nada lo han diagnosticado con esquizofrenia paranoide. Annie Landsberg (Emma Stone) tampoco la pasa mucho mejor. Misántropa confesa, va por la vida esnifando píldoras que le alivianen su depresión. Siempre hay un roto para un descosido y Maniac va a unirlos en esta nueva transcripción visual de la locura y de realidades paralelas. La producción de diez episodios está basada en una serie nórdica, fue dirigida íntegramente por Cary Fukunaga (True Detective) y tendrá su estreno el próximo viernes. 

El contexto es el de una Nueva York que conjuga el imaginario de los ‘80, con un presente paranoide y cierta disociación futurista. Es imposible no sentirse intrigado por ese ámbito apenas corrido de lo real en tiempo y espacio. El protagonista advierte que en ese mundo hay algo que no funciona y busca patrones que se lo confirmen. Su padre (Gabriel Byrne) le explica que “la realidad siempre funciona a base de ajustes”. Y si hay algo que necesita Owen Milgrim es un ajuste para volver a conectar con los demás (llamativamente su apellido evoca al investigador de la teoría de los “seis grados de separación” y los estudios de obediencia). Sin dudas, Owen está a punto de tener un nuevo colapso nervioso o quizá esté en lo cierto y sea el nuevo mesías. Annie, por su parte, se lleva mejor con una máquina que emula a su padre muerto que con su madre y hermana. Demasiados motivos como para que no congenien. Los dos acaban seleccionados como conejillos de indias para un ensayo de tres días por una compañía farmacéutica. La enigmática NPB está testeando un ansiolítico que podría reparar cualquier desequilibrio mental. Ahí aparece el tercer personaje central en esta historia, el Dr. James K. Mantleray (Justin Theroux). Gracias a su investigación los otros dos se conectarán en relatos de lo más variopintos: juego de espionajes, un lejano pasado como conquistadores o juntos en una casa suburbana bien white trash. 

En Maniac conviven las referencias explícitas (se ve el lomo de Don Quijote en una biblioteca) y citas más o menos veladas. Pueden ser otras series como Legion o Awake por la coincidencia de varios planos existenciales. La tecnología como un tótem salvador imperfecto evoca a El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990). El mismo Owen tiene una vida secreta y fantástica que recuerda a la de Walter Mitty, otro personaje de ficción que cuenta con el salvoconducto frente a una vida patética y gris. Los Kids in the Hall, por su parte, se animaron en la infravalorada Brain Candy a fantasear con un medicamento que eliminaba la depresión de la faz de la tierra. Pero es claro que el chisporroteo estético, la historia de amor y el estudio del comportamiento humano la ubican como una remake ilícita de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004).  Fukunuga, sin embargo, manifestó que su intención era divertirse con más de un género y hacer una entrega lúcida y colorida como para distanciarse del tono truculento que lo catapultara con True Detective. 

A Maniac se la ha descrito como una ficción fantástica de humor negro pero pueda que sea exactamente lo contrario. Además cuenta con la química imperecedera de sus protagonistas desde su paso por Supercool (Greg Mottola, 2007). Es cierto que el planteo dista de ser original y su estructura parece enamorada más del dispositivo que de la historia por contar. Se trata, en definitiva, de una de esas entregas bombásticas desde lo estético que juega con líneas temporales y un punto de vista alucinado, donde cada plano entrega referencias enigmáticas y deslumbrantes. Owen y Annie andarán juntos, haciendo juegos mentales y sabrán que el amor es la respuesta. Parece cierto tema de John Lennon. O quizá sea algo distinto. “Esta mierda es magia cerebral de realidades múltiples”, le dice Annie a Owen cuando quizás ya sea demasiado tarde para resolver el laberinto en el que se han metido.

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