Hasta encontrar una salida, de Hugo Salas, abre preguntas sobre el sexo como objeto de consumo y soledad.
El mercado de la carne
Un viejo actor porno, un joven taxiboy y una ex performer devenida señora de country son algunos de los personajes de Hasta encontrar una salida, de Hugo Salas, donde los encuentros y los lazos no por abiertos y fluidos están menos desgastados.
Imagen: Ximena Zabala

“Hoy, el mundo se ha vuelto un lugar decepcionante”: el narrador lo dice por Ana Karina, que prefiere que la llamen Karina a secas, pero la que lo piensa es ella y lo está pensado porque acaba de enterarse de que su marido ha sufrido un accidente y así se entretiene durante los 200 y pico de kilómetros que tiene que atravesar para ir al hospital en el que el cónyuge fue a parar. No lo piensa por el accidente del marido: tienen una pareja abierta pero no por eso menos desgastada. Y tal vez ahí está la clave, en el desgaste. En Hasta encontrar una salida (Compañía Naviera Ilimitada), de Hugo Salas, la novela de la que estamos hablando, nadie se priva de nada en términos sexuales: menos poliamor, hay de todo. No estoy spoileando nada, lo dice la contratapa: “Pornografía, encuentros swinger, trabajo sexual, infidelidad, deseos imposibles, sueños de juventud”. Además de Ana Karina, está su marido, Gastón, que en los encuentros swingers disfruta excesivamente de sentarse en el tronco del varón de la otra pareja; Jeff, un gringo autoexiliado en Buenos Aires luego de haber soñado ser estrella de Hollywood, y de haberlo conseguido de un modo lateral y decepcionante -logra ser, gracias a su pija desmesurada, estrella de porno- y Nacho, un chico muy joven, –de unos 20 mientras los demás están todos entre los 40 y los 50–, prostituto. 

El nombre del primer personaje que aparece, Ana Karina, remite inmediatamente al clásico de Tolstoi, Anna Karenina, que, desde la perspectiva del siglo XIX y del cristianismo humanista de su autor, pensaba los mismos temas: el amor, la pareja, la posibilidad de la felicidad o, aunque más no sea, de la satisfacción. Y la de la libertad; Anna Karenina muere trágicamente, se tira abajo de un tren, después de haber dejado a su marido y a sus hijos por un joven oficial del ejército, Vronsky. Ese amor es opuesto, en la novela de Tolstoi, al de su hermana por un terrateniente, el amor tranquilo y feliz, el que no salta las reglas del cristianismo ni de la clase ni de la heteronormatividad imperante entonces, que no le otorgaba a la mujer el derecho de elegir pareja una vez casada. Entonces, Anna Karenina tiene un amor sublime y desgraciado. No es el caso de Ana Karina ni de Gastón ni de Jeff ni de Nacho: los amores de todos ellos se disuelven en el hastío, la libertad sexual no agrega mucho ni siquiera divierte especialmente y la permanencia en el campo con el terrateniente –en el country con el hombre de negocios exitoso– tampoco. Nuestro autor, Hugo Salas, es un lector y traductor exquisito aunque no un humanista. Y mucho menos un cristiano, sea eso lo que sea. Obviamente nombró a su personaje mujer teniendo en cuenta a su ilustre y desgraciada antecesora, aunque se cuide mucho de mostrar su basta erudición, y hay acá un diagnóstico de la posibilidad contemporánea de las relaciones humanas. Digamos que la encuentra menguada y de eso también se trata esta novela. De la soledad. Los personajes intercambian flujos y dinero y distintas formas de poder. Pero no se encuentran. Ni siquiera con los hijos, que son una forma simpática de la peste. 

Del amor, dice: “... enamorarse siempre es frívolo. Nadie se enamora de las virtudes políticas, el sentido del bien o la rectitud de una persona. Ni Sócrates, que para hablar del amor iba con una sacerdotisa sabia, pero bien que se enamoró de Alcibíades. Sí, se puede amar a alguien, llegar a amarlo, por esos motivos pero eso nada tiene que ver con ese rapto fugaz, ese deslumbramiento instantáneo ante una imagen bella o incluso una imagen de belleza”. Entonces habría amor, uno que llega a ser, y habría secuestro, el del self ante una imagen, ¿un fantasma?, algo que se ve y que es del orden de la belleza. 

En Hasta encontrar una salida no parece haber muchas; la vida misma es esa búsqueda que no arroja más que pálidas satisfacciones. Pero no peca de ingenuidad y habla del campesino medieval, ese ser que sólo comía comida orgánica y estaba siempre en contacto con la naturaleza, ese “hombre feliz”, estaba “doblegado por una explotación inhumana” y moría “antes de llegar a los 40 años”. 

Esta novela, la nueva de Salas, es una novela hermosa, una de esas que no podemos soltar, de prosa limpia e imágenes contundentes, un drama, dice la contratapa, “de ritmo cinematográfico" y tiene razón, siempre y cuando tomemos por "cinematográfico” al mejor cine contemporáneo.

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