El amor de los otros
Imagen: Andres Macera

 

Uno

En algún momento de mi adolescencia encontré un libro con una dedicatoria amorosa de mi padre hacia mi madre. Para entonces hacía más de una década que se habían divorciado y llevaban tanto tiempo de hostilidades que el descubrimiento supuso una revelación lógica pero que, en ese momento, me resultó sorpresiva: que alguna vez habían creído quererse. No recuerdo qué decía la dedicatoria del libro. Sé que era 20 poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, que la dedicatoria era cálida y amorosa y que la caligrafía de mi padre en la primera hoja era reconocible. Supongo que, de algún modo, la guerra fría permanente y algunas escaramuzas a las que asistíamos los hijos —con dolores y rencores y desconciertos— habían suspendido una revelación temprana y habitual que tiene que ver con la asimilación del afecto entre los padres. Esa muestra extemporánea, en cambio, tuvo un primer efecto de mediana extrañeza, como de algo razonable pero fuera de lugar. Como cuando uno descubre una faceta antigua e insospechada en alguien que conoce bien: una pareja de clara inclinación intelectual que revela un pasado de éxitos deportivos; el gerente que supo tener una banda de rock; el compañero de oficina que se pasa las noches escribiendo y un día se te aparece, de golpe, en una nota en el diario o en la solapa de un libro. Así que jugabas al vóley; no me digas que tocás la guitarra; nunca me imaginé que escribías. Así que un día creyeron que se querían.

Así lo pensé en aquel momento —que habían creído—, con la convicción adolescente de que mis padres no tenían idea de nada y mucho menos del amor. O, por lo menos, no tanto como yo que ya creía saberlo todo: si abrí ese libro era seguramente porque estaba enamorado de alguna chica y que mi amor sí sería para siempre. Una chica que, por supuesto, ahora no recuerdo porque no sabía una mierda ni del amor ni de la vida ni de prácticamente nada.

Eso aprendí una noche cualquiera, buscando libros en una biblioteca ajena. O creí aprender. Tiendo a pensar que lo único que aprendí de verdad es a dudar de casi todas mis certezas.

 

Dos

Una amiga me cuenta una experiencia similar. Los padres también se habían divorciado hacía tiempo y un día encontró, entre algunas cosas viejas, las cartas de amor que el padre escribía desde Roma, a donde había tenido que trasladarse por un tiempo. Eran cartas de enamorado, de amor romántico clásico, de los dos que hacen uno y todo eso. Supo así, dice, que alguna vez se habían querido.

Ella supo que alguna vez. Yo descubrí que habían creído. En algún momento pensábamos algo. En algún momento, vida mediante, empezamos a pensarlo de otro modo.

¿Qué hacemos, los hijos, con el fracaso amoroso de los padres cuando vamos armando nuestra educación sentimental? ¿Qué hacemos, los padres, con nuestro fracaso amoroso cuando los hijos van armando la suya?

¿Qué huellas extemporáneas habré dejado yo para que pisen o esquiven?

 

Tres

Cierta vez usé el episodio de la dedicatoria en un cuento. Fue mucho después. En el cuento, los personajes pasean por el Malá Strana, en Praga. Subiendo hacia el castillo se encuentran con la calle Nerudova. Ella, que es de ahí, dice que la calle se llama así por el escritor checo Jan Neruda y le pregunta a él si lo conoce. Él dice que no pero recuerda que ciertas teorías sostienen que su nombre le había dado origen al seudónimo de Pablo Neruda. Cuando ella pregunta por la poesía del chileno el personaje dice que tiene un recuerdo triste de la poesía de Neruda. Y cuenta mi hallazgo del libro en la biblioteca y el descubrimiento de la dedicatoria, como si fuera una experiencia de él. Neruda me recuerda eso, dice. Que el amor también tiene fecha de vencimiento.

A lo mejor yo estaba en plena crisis matrimonial por ese entonces y ante este personaje que venía de una separación, ajusté la lectura del episodio a la forma que quería darle. Pero no estoy seguro de que sea así.

A veces creo que modifiqué un recuerdo mío para dárselo a un personaje y lo perdí para siempre. Y que lo que hoy me queda es, a cambio, el recuerdo ficcional, reconstruido, de ese personaje.

 

Cuatro

Hace poco alguien preguntó, en un grupo, si conservábamos los libros dedicados que correspondían a relaciones que se habían terminado. Tengo un ejemplar de La conjura de los necios con una dedicatoria que es una cita sobre la locura y a la vez una declaración de amor. O de tolerancia. O de agradecimiento. A lo mejor la relación se terminó también por eso. Porque nos queríamos pero, a veces, como en este caso, no sabíamos bien de qué hablaba el otro. 

Me pregunto si alguien leerá esa dedicatoria alguna vez. Si sabrá quiénes fuimos. Cuándo fuimos. Si esas palabras dirán algo para alguien más.

 

Cinco

Y mientras busco algo para escribir y no aparece y reviso la biblioteca para distraerme, abro un viejo ejemplar de Carta abierta a Buenos Aires violento de Eduardo Gudiño Kieffer. Me pregunto de dónde salió este libro, por qué lo tengo en mi biblioteca. Las hojas están amarillentas y algo rígidas. Tiene anotados, con birome, los nombres completos de mis padres en la primera página. Y veo que en la página de la dedicatoria, debajo de la del autor —“A mi amiga Marta Molina Gowland de Posse”— está añadida a mano una para mi madre. Mis viejos debían tener 16, 17 años. La letra parece de otro: todavía no era la que hoy reconozco como la letra de mi padre. Y como pasaron más de veinte años entre el hallazgo de los Veinte poemas… de Neruda y la Carta abierta… de Gudiño Kieffer, la sensación es otra por completo diferente. Hace tanto tiempo que pasé la barrera de la edad que tenían mis padres —o el rango de edades que tuvieron— cuando todavía eran ese plural que podía contenerlos en conjunto, que pensarlos así, ya ni siquiera como pareja parental sino como su anteproyecto o su esbozo, es como verlos desde una completa ajenidad. Ya no me pregunto por el amor o su duración, no me pregunto por las convicciones del amor, si se querían o creían quererse. Solamente sonrío ante la imagen de esos chicos que antecedieron a mis padres y que ahora me resultan tan lejanos.

De modo que leo unas páginas de pie, y después otras más, pasando las páginas como si esa historia contuviera en secreto también la historia de otros. Y cuando me doy cuenta estoy haciendo la cena con el libro abierto. Incluso subrayo algún pasaje como se subraya siempre: con la íntima sospecha de que, en algún lugar, eso también habla de mí.

 

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