A pesar del odio

Diría la Real Academia Española (RAE) que fue la primera mujer electa presidente por voto popular. Dos veces seguidas. La primera, la del 2007, fue la del desafío a los poderes reales. Héctor Magnetto le había avisado a Néstor Kirchner que no querían como presidente “a una mujer”. 

El “todos y todas” y su autodefinición como presidenta fueron dos marcas verbales de sus gobiernos, pero hubo marcas mucho más profundas, que sin embargo no alcanzaron a liberarla del odio que una banda de empresarios puestos a políticos, dueños de medios, periodistas serviles y operaciones de inteligencia desataron contra su persona y su gobierno. Todavía en amplios nichos perdura el veneno. Ya derrotada, perseguida, acorralada por causas inventadas que la involucraban a ella pero también a sus hijos, Cristina guardó silencio y dejó ver qué poco de república traían los republicanos, qué poco de transparencia traían los que la acusaron durante años de haberse robado todo. 

No va a ser ésta una enumeración de sus políticas, porque nos acordamos. Todo lo que hoy corre peligro o ha desaparecido, florecía. Las reestatizaciones, las asignaciones, las pensiones, las paritarias libres, la catarata de derechos chorreaba sobre nuestras cabezas. Lástima que en muchas de esas cabezas también planeaba la estupidez que generó ese sentido común pequebú que multiplica los Susanos Giménez por millones de infelices que creen que “los pobres tampoco se merecen tanto como creen”. 

Cristina entregó una fuerza de voluntad  y una entrega al trabajo que no fue retribuida por muchos a quienes ella objetivamente representaba. Los empleados fabriles, los docentes, los trabajadores de pequeñas industrias que salpicaban todo el territorio, las amas de casa, los jubilados que no habían podido antes de sus gobiernos completar sus aportes. Que esos sectores la abandonaran al compás del desvaído fuck you de un programa cuyas notas eran en su totalidad operetas prefabricadas y traiciones al periodismo, es decir: que los representados se equivocaran tanto y tan fiero de representante a la hora del voto es inescindible de la tragedia que hoy vive este país. 

  Hace poco le preguntaron cuánto poder cree haber tenido en sus gobiernos. “Un 25 por ciento”, arriesgó ella. Y es que el poder político, cuando no se es rehén de los lobbyies y de las mafias, es apenas una herramienta que para tener éxito en la pelea contra los dueños de los mangos de las sartenes debe ser compacta, arrolladora, filosa como mil bisturíes coordinados. Con la perspectiva de estos tres años macristas puede verse que el gran derrotado de esas elecciones que todavía dejan dudas porque fueron opacas y porque fueron financiadas ilegalmente, fue ese enorme conglomerado de gente común y corriente que vivía de su trabajo y que en los doce años kirchneristas protagonizó un debut ciudadano del que no teníamos memoria viva. 

Le piden autocrítica. Es soberbia, sí. ¿Y? Vivimos rodeados de soberbios que no valen ni un taco de uno de sus zapatos. No pactó con sectores que la defenestraban porque ser conducidos por una mujer era “ser pollerudo”. Se obstinó en sus políticas redistributivas.  No fue ni impoluta ni perfecta ni irreprochable ni la que tenía la llave de todas las contradicciones. Hay un video muy viejo que la muestra todavía militante santacruceña y arengando a sus pares. Dice allí que las dirigencias suelen ser las que se merece un pueblo, y que los militantes que no abren la boca para la crítica porque no están decididos a soltar un cargo o un puesto en una lista pierden el derecho a la exigencia. 

Con todos los defectos que se podría enumerar, es igual la mejor de todxs. Porque sabe con quién ara y ara igual. Porque sabe que tiene mucho que perder y no abandona. Porque toda su vida política fue una constante del peronismo del que tuvimos pocas noticias desde el regreso de la democracia, porque precisamente fue el peronismo castigado por el terrorismo de Estado. Los dos gobiernos de Cristina han quedado como el recuerdo de un tipo de felicidad colectiva que no conocimos ni antes ni después. Su estatura, descomunal ante los cachivaches que llegaron, hoy vuelve a ser nuestra esperanza.

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