Marcelo Martinessi, Ana Brun y Las herederas, la película que se estrena hoy en Buenos Aires
“Más que el dinero, es la pérdida de status”
Para el realizador y la intérprete, la película viene a abrir también un nuevo espacio en Paraguay. “En el país hay invisibilidad ya de por sí en la mujer, en muchos sentidos. Pero el eje no es el lesbianismo, aunque esté tratado con naturalidad”, señalan.
“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.”“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.”“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.”“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.”“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.”
“La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda vicios casi como enfermedad genética.” 

El director paraguayo Marcelo Martinessi había realizado cortometrajes que adaptaban cuentos de escritores de su país como Augusto Roa Bastos y Carlos Villagra Marsal. Para su ópera prima, Las herederas, pensó que lo mejor era escribir algo propio. “En el guión propio uno procura acercarse a lo que conoce. Busqué un lugar donde me sintiera cómodo. Y ese es el lugar de las mujeres porque me crié con niñeras, hermanas, mamás, tías, tías abuelas, abuelas. Y esas voces y esas historias me eran lo más familiar y lo que mejor iba a manejar, porque también fue la manera que conocí el mundo”, cuenta a PáginaI12, junto a la protagonista Ana Brun. Ella da vida a una mujer de buena posición social, que había heredado dinero como para vivir cómodamente. Pero al cumplir sus seis décadas se da cuenta de que ese dinero ya no alcanza: esta nueva realidad altera el equilibrio imaginario en el que vivía y la empuja a transformar un mundo hasta entonces inmóvil.

El debut de ambos (Brun nunca había actuado) fue a lo grande: ella recibió el Oso de Plata como Mejor Actriz, uno de los mayores premios del Festival de Berlín 2018. Además, la película recibió el Oso de Plata Alfred Bauer, como film que “abre nuevas perspectivas”, en memoria del fundador de la Berlinale. “Para mí fue una gran sorpresa. Nunca jamás pensé que iba a recibir un premio. Fue una emoción inmensa que hasta el día de hoy no sé muy bien si es realidad o no”, admite Brun. “Había estado antes en Berlín con los cortos y era genial si podíamos estrenar allí porque es un lugar donde me siento cómodo. Y cuando uno está tan vulnerable al presentar su primera película quiere estar en un lugar que ya conozca bien. Tener el Alfred Bauer era estar con directores que admiro”, comenta Martinessi. 

El film –que se estrena hoy aquí– aborda la relación de pareja entre Chela (Brun) y Chiquita (Margarita Irún) que se está deteriorando. Sobre todo desde que, para enfrentar su difícil situación económica, comenzaron a vender sus bienes. Cuando Chiquita va a la cárcel por fraude, Chela se ve obligada a abandonar su comodidad pequeño-burguesa. Así empieza una especie de servicio de taxi con su auto para un grupo de señoras mayores. Con el creciente temor a los secuestros fomentado por los medios, el inusual servicio de Chela brinda mayor seguridad a sus clientas. Manejando conoce a Angy (Ana Ivanova), una mujer más joven y muy extrovertida. Junto con su repentino trabajo, esta nueva relación va a afectar profundamente la vida de Chela, provocándole una revolución interna.

–Hay una frase muy conocida que señala: “El dinero no hace a la felicidad”. ¿Cómo creen que aplica para este caso?

Marcelo Martinessi: –Más que el dinero, lo que pasa en la película es la pérdida de status. O sea, el dejar de pertenecer al lugar donde una persona pertenecía. Y al perder ese lugar es como que podés empezar de nuevo, reinventarte. Ese es el eje: el dejar ese lugar tan seguro porque en el caso del personaje de Chela, la pérdida de status significa, en primer lugar, agarrarse desesperadamente de lo que quede. Pero cuando finalmente suelta se da cuenta de que hay un montón de cosas que descubrir. Es como que uno deja que la casa se vacíe para que entren cosas nuevas. 

Ana Brun: –Tengo la misma impresión. A mi personaje no es el dinero lo que más le impresiona. No es perder ni los cubiertos ni la platería ni las lámparas sino que la gente supiera que mi personaje ya no pertenecía a la sociedad. Pero realmente después no fue tan trágico. 

–En esta historia la herencia no sólo tiene que ver con dinero, ¿no?

M. M.: –La herencia tiene que ver con prejuicios, con una sociedad que hereda un montón de vicios casi como una enfermedad genética. Una cuestión que de generación en generación se transmiten antivalores. Se transmite intolerancia, se transmite prejuicio. Por eso son todas herederas y por eso son todas mujeres que, de alguna manera, heredan una carga pesadísima. Obviamente que la herencia tiene que ver con lo material, que es lo que van vendiendo, lo que van deshaciendo. Pero tiene mucho más que ver con toda esta sociedad muerta, con esta clase social podrida que sigue igual. 

A. B.: –Yo me acuerdo porque más o menos soy de la generación de la protagonista. A nosotras nuestros padres no nos explicaban nada. No podíamos hablar de política, amor, de homosexualidad mucho menos. Fuimos criadas para encontrar un marido y para bordarle, tejerle, plancharle y atenderlo. Marcelo se crió entre mujeres y yo me crié entre hombres. Y siempre era yo la que tenía que atender al varón, al primo, al padre. ¿Y yo para cuándo?

–¿Es una historia contada con pudor pero sin prejuicios?

M. M.: –Era la única manera de contar esta historia en Paraguay. En primer lugar, el personaje central, Chela, es una lesbiana homofóbica. O sea, es producto de una generación en la que la homofobia era la norma. Entonces, evidentemente, creo que es una mujer que no se crió cómoda en su propia piel. Siempre tuvo que vivir con identidades prestadas. Tanto Chiquita como Chela tuvieron que ocultar. Son lesbianas y debieron vivir como si no lo fueran. Sin hablar mucho de lo que pasa, llevan bajo la piel esa identidad que es muy de la cuestión Don’t Ask, Don’t Tell, en algún momento muy famosa en Estados Unidos: No preguntes, no cuentes. Vivir las cosas como con un maquillaje para que nadie tenga que plantearse nada. Sobre todo viniendo de Paraguay, una sociedad muy homofóbica, era muy importante que la película fuera pudorosa porque nosotros queríamos dialogar con ese país. En ningún momento se hizo diciendo “Es solo para afuera de Paraguay”. 

–¿Y cómo fue recibida en Paraguay?

A. B.: –Siempre cuento una anécdota simpatiquísima. Primero recibimos el premio en Berlín. Fue como si hubiéramos ganado el Mundial. Nadie sabía de qué se trataba pero nos fueron a esperar al aeropuerto con bombos, platillos y música. Y nadie la había visto. Cuando se supo que era de lesbianas, unos cuantos se fueron para un lado y unos cuantos para el otro. Pero mientras no sabían era toda una euforia...

M. M.: –La película recibió un reconocimiento en el Parlamento y una senadora se levantó a gritarle a las actrices: “Lesbianas, ¡fuera de acá!” y un montón de cosas. Esa mujer no es solamente ella. Ella representa en Paraguay a un grupo de gente fundamentalista e intolerante terrible. 

–¿Paraguay es un país con educación y formas machistas?

A. B.: –Sí.

M. M.: –Se ve en las calles. Todas las calles tienen nombres de generales, capitanes, mayores, mariscales que destruyeron el país. Y nadie se acuerda de las mujeres que lo reconstruyeron. Hay poquísimas calles con nombres de mujeres. Eso te da la pauta del tipo de sociedad que es.

A. B.: –Desde el comienzo de su historia el país siempre fue reconstruido por las mujeres, porque todas las guerras y las revoluciones que pasaron diezmaron a los hombres y fuimos nosotras las que levantamos. Nadie se acuerda de las mujeres. 

–A pesar de eso, la película retrata una sociedad conservadora en donde los hombres juegan un papel secundario...

M. M.: –Eso era importante por dos razones. En primer lugar, porque era orgánico a los personajes. Creo que Chela y Chiquita vivirían en un mundo bastante femenino, en un mundo de mujeres. Y, por otro lado, me parecía que también políticamente era importante hacer una película en la que a pesar de venir de un país homofóbico, a pesar de venir de un país en el que las mujeres tienen que seguir disputando su presencia en la agenda pública y política todos los días, el cine puede dar vuelta eso y presentar una historia absolutamente femenina, muy rica y, de alguna manera, también muy metafórica de muchas cuestiones que tienen que ver con el país. Siempre digo que cuando yo era chico tenía muchas hermanas, y se esperaba que el nene fuera el que supiera: “El nene sabe”, “Siempre tiene que tener seguridad”. Y el lugar del cuestionamiento, de la fragilidad siempre fue un territorio exclusivamente femenino. Si quiere interrogar, si quiere interpelar, el cine tiene que ser mujer.

–¿Están al tanto de las movilizaciones por la reivindicación de las mujeres que hay en la Argentina?

A. B.: –Sí, en la Argentina, en Estados Unidos y en varias partes. Es un movimiento feroz y yo estoy apoyando. En nuestro país se está dando, pero siempre un poco más despacito, un poco más discreto.

M. M.: –Se dio como consecuencia. El día que se votó contra la ley del aborto en Buenos Aires, a la embajada argentina fueron mujeres paraguayas con pañuelos verdes a decir “Esto es importante”. Buenos Aires es un gran referente cultural para Paraguay. Nuestros poetas, escritores, músicos vivieron aquí, produjeron aquí. Mucho de lo que sucede aquí tiene un impacto en Paraguay. Lo fuerte y lo mediático que fue el tema del aborto hizo que también tenga un debate en Paraguay, y los grupos “Pro Vida” se levantan con la rabia, con histeria y con toda la fuerza. 

–Ya que hablaron de la homofobia en Paraguay, ¿cómo es el caso con las mujeres lesbianas? ¿Aún hoy no hay aceptación de la sociedad?

M. M.: –No sé si decir que no hay aceptación. Hay invisibilidad. Hay invisibilidad ya de por sí en la mujer, en muchos sentidos: en el Parlamento no hay la cantidad de mujeres que debería haber y se está peleando por una ley de paridad; en el empresariado no hay la cantidad de mujeres que debería haber. Los liderazgos femeninos en Paraguay son muy pocos porque no se les da un espacio. Y creo que la mujer lesbiana tiene aún mayor invisibilidad. Y nos pasó que un grupo de mujeres que se llama Aireana, que pelea por los derechos de las lesbianas (y nos ayudaron mucho en la película), está hace más de una década peleando. Y nos dijeron: “Nunca nos hicieron tantas entrevistas como a raíz de la película”.

A. B.: –Estaban felices porque nunca fueron tan visibles, nunca fueron tan solicitadas por la prensa como después de la película. 

M. M.: –Considerando que no tiene como eje el lesbianismo. Es una película acerca de la edad, del amor y el desamor, del despertar del deseo, de cuestiones de clase, pero hay una relación de dos mujeres tratada con naturalidad. Y en un país donde siempre se retrata la homosexualidad masculina como muy afeminada o la femenina como muy masculina, de repente ver a dos mujeres en una historia en la que no tenían cómo ubicarlas en el lugar de la burla, creo que también puede ser violento. 

–En la Argentina es legal el casamiento entre personas del mismo sexo. ¿Qué debería pasar en Paraguay para que este tipo de leyes sean sancionadas?

A. B.: –Estamos lejos de eso todavía. Todavía nos falta porque ese grupo que está en contra todavía tiene fuerza como para impedir. Si ahora está tratando de impedir que aceptemos inmigrantes.

M. M.: –Estamos hablando de un país donde reina la barbarie. En Paraguay no se puede aprobar desde hace años una ley contra toda forma de discriminación. O sea, en este momento en Paraguay es legal discriminar. Estamos hablando todavía de muchos pasos atrás. 

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