Entrevista al escritor chileno Jorge Marchant Lazcano
Dinosaurio de los buenos
Jorge Marchant Lazcano, escritor poco conocido en el ámbito local, es una figura de excepción en las letras chilenas y notable exponente de la literatura gay latinoamericana. En 1977 publicó en Buenos Aires La Beatriz Olave, donde a través de la historia de una joven burguesa casamentera educada en colegios ultramontanos evidencia la realidad chilena post golpe. Tiene además en su haber dos novelas insoslayables sobre el cine, el sida y la comunidad gay: Sangre como la mía y Cuartos oscuros.

Me recibe en su departamento frente al Cerro Santa Lucía, “eje fundacional de Chile”, según sus palabras y lugar mítico de yire y levante gay al punto que le valió un cuento erótico con su nombre de Pablo Simonetti. Apenas llego, Jorge despide a Rodolfo, su pareja, señalándole con ternura que lleve un gorro para cuidarse del sol. Es una escena inusual para los gays: los dos son mayores y la relación comenzó hace tan solo cuatro años. Antes, me comenta Jorge, tuvo una relación amorosa larga con José “Pepe” Riquelme, quien tuvo que emigrar a New York en el 2001 porque, infectado de HIV, en Chile no le daban el tratamiento ni la medicación adecuada. Gracias a eso, Pepe sobrevive en Estados Unidos e inspirado en él, Jorge escribió Sangre como la mía.

¿Hace mucho que vivís frente al Cerro Santa Lucía? 

–He vivido toda mi vida adulta en esta zona. Yo soy de Las Condes pero desde niño me atrajo este barrio y vivo en esta zona desde que busqué una vida propia. Está lleno de secretos. Incluso hay muertos. En el siglo XIX, cuando comenzaron las remodelaciones se encontraron restos humanos que eran de protestantes, de los que no permitían ingresar en los cementerios religiosos. Aparentemente hay cavernas. Además es un cerro volcánico. Cuando llegaron los españoles era piedra volcánica. En la segunda mitad del siglo XIX, un intendente que además fue literato, Vicuña Mackena, fue quien lo forestó con la mano de obra de reclusos. Imaginate tantos reclusos cargando tierra y piedras.

Todo ese cóctel construye una genealogía erótica explosiva. ¿Cuándo se convirtió en lugar de escarceos eróticos o carreteo, como lo llaman ustedes?

–Yo creo que fue desde siempre. En la época de la dictadura que fue cuando yo era joven y me toca, los cerros y los parques eran cosa seria. Pero creo que el carrete en el cerro viene desde los años cincuenta. Ya desde ese momento hay crónicas de que es zona de encuentros. Tiene un cierto halo de peligro porque puede haber ladrones. Erotismo y peligro.

Tiene además un mural bastante erótico con Gabriela Mistral.

–Sí, está con una mujer y parece estar echando raíces. Es un mural, creo, de los años sesenta.

Y había un centro clandestino de detención, hoy lugar de memoria, en la primera cuadra frente al Cerro. ¿Hubo persecución sistemática a gays durante la dictadura?

–Yo diría que no tanto. Hubo una represión notable en las discotecas, en los parques, en los cines que continuó incluso bien entrada la democracia. Durante el gobierno de Frei hijo hubo redadas muy fuertes. El mismo Aylwin en una entrevista en Dinamarca dijo cosas terribles respecto de una apertura a los derechos a los gays en los años noventa. Fue muy cruel. Es que acá la transición fue muy torpe, con gusto de traición.

Sí, frente a una pregunta sobre discriminación a los gays dijo que “La sociedad chilena no reacciona con simpatía frente a los homosexuales”. Si tuviera que hacer una cartografía erótica de resistencia ¿dónde la encontraría?

–Es notable que en una sociedad tan segregada como Santiago los lugares de encuentro estén en zonas céntricas y populares. Cuando era muy joven había en Recoleta, pasado el cementerio, en una zona que no tiene nada que ver con la Recoleta en Buenos Aires, una quinta de recreo. Era impresionante. Era una quinta donde iban las familias muy populares, con orquestas en vivo y los hombres de los matrimonios heterosexuales sacaban a bailar a los gays. Era un lugar insólito del que se ha escrito muy poco. Salvo algunas referencias en Raro de Oscar Contardo. Pero es un lugar que yo visité.

¿Te sacaron a bailar?

–Sí, y cometí un error: invité al chico en los días posteriores a pasar por mi departamento y me asaltó. Me dejó encerrado en un clóset. Siguiendo con los lugares, tenemos a la discoteca “El Fausto”, como sitio tan paradigmático como el bar Stonewall de New York. Es un caso inédito porque, si mal no recuerdo, “El Fausto” se inauguró antes del golpe, casi seguro a comienzos de los setenta, y pasó todos los períodos, dictadura inclusive. Había también muchos cines clandestinos y muchos baños turcos, muy populares, sobre todo en la calle La Alameda. Eran felinianos, muy pobres. Había una mezcla de elementos muy duros. Todo esto fue olvidado. Son recuerdos que nadie que nació después de los ochenta tiene.

¿La época de Salvador Allende fue una tregua o, como suele suceder, de desencuentro entre la izquierda y las diversidades sexuales?   

–Yo estudié en la Universidad de Chile, en el período de la Unidad Popular. Para los estudiantes, para las gentes con cánones populares fue una época maravillosa de plena libertad. Yo empecé mi vida afectiva y sexual completamente liberado en ese momento. Pero al mismo tiempo los medios de comunicación marcadamente marxistas como El Clarín, entre otros, eran de una homofobia tremendas. Se hacían cargo de las redadas. En los años setenta hubo un grupo de locas pobres, casi de prostíbulo que hicieron una toma frente a la Plaza de Armas, frente a la estatua de Pedro Valdivia y los titulares de los diarios fueron atroces: “Hay que quemarlos”, “Los maricones se quieren casar”.

En tu novela Sangre como la mía, que trata el tema del sida, decidiste que hablaran los muertos. 

–Efectivamente. Más allá de que la novela es un intento de construir una historia de la homosexualidad desde los años cincuenta, el sida es el tema de fondo y el protagonista. La novela se centra en una pequeña burguesía acomodada y eso a lo mejor le jugó en contra. La han asociado más con la homosexualidad burguesa que la homosexualidad más activista y de lucha. Los personajes de los años cincuenta no tienen mucha capacidad de reivindicación y los del presente, están más preocupados por sobrevivir y luchar contra el sida en una lucha que es más individual. De las múltiples ramificaciones que puede tener una escritura yo elegí escribir sobre lo que sé y sobre lo que puedo manejar. Conozco mis límites. 

¿De todos esos muertos, cuáles querías que hablen?

–Yo tengo un cuaderno que compré en el Metropolitan en New York que tiene en la tapa una imagen de un sarcófago egipcio. Allí hice una lista de mis muertos donde al menos figuran cuarenta nombres. Es un homenaje para ellos, un memorial.  Gente que murió hace años y nadie narró su historia. Maco Correa, gran diseñador de ballet del Teatro Opera. Recuerdo un médico que murió hace años y nunca lo contó. Desapareció un día como médico y luego supimos que estaba muerto y que era portador. El jamás se plantó frente a sus pacientes ni siquiera aconsejándoles que se hagan el testeo frente a situaciones obvias. Era tal el pánico y la vergüenza.

¿Cuáles fueron tus lugares de escape de un Chile siempre tan represivo?

–Así como tenemos a nuestro Augusto D’Halmar, Premio Nacional de Literatura que a principios de siglo escapaba a la India en busca de la libertad erótica, en mi tiempo los arranques eran mucho más cercanos. A Buenos Aires sin duda. Y por supuesto, San Francisco, a fines de los setenta. Yo he sido testigo presencial y activo, soy un dinosaurio, de lo que fue eso. Era la gloria. Luego vino el sida y ese mundo se acabó. Yo tenía tres amigos chilenos y los tres murieron en San Francisco al cabo de dos años. El ángel de Sodoma me sopló al oído y me dijo que me volviera, si no probablemente no hubiera contado el cuento.

Hablando de cuentos, tenés un cuento ejemplar publicado en My Deep Dark Pain is Love, una antología histórica en los años ochenta donde escribieron Manuel Puig, Reinado Arenas, Luis Zapata, compilado por Christopher Leyland

–Sí, Matar a la dama de las camelias que surge a partir de una anécdota personal. En una clase de secundaria yo no pude saltar el cajón y el profesor de gimnasia me humilló diciéndome que era la Dama de las Camelias. Fue una especie de exorcismo y denuncia. Ahora bien, hay un elemento importante en este cuento. ¿Cómo un profesor de gimnasia que seguramente no leyó a Dumas ni vio a la Garbo le dice a un niño que es la Dama de las Camelias y dispara en mí una mitología que me provoca curiosidad? Cuando salió la antología que fue emblemática yo no fui capaz de decirlo. Me mantuve callado. Era 1983 y era el único chileno que había escrito. Yo no fui valiente como Pedro Lemebel.

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