Miguel Zeballos habla de su película Un continente incendiándose
“Que la mirada se corra todo el tiempo”
Durante un viaje por el norte de Neuquén, el cineasta tomó contacto con el universo de las mujeres campesinas cantoras y decidió trasladarlo a una película. El resultado fue la historia de una de ellas, pero también de un territorio signado por la soledad.
“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.”“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.”“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.”“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.”“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.”
“Con Mercedes generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo.” 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Primera parte de una trilogía sobre el vacío, la muerte y la memoria, Un continente incendiándose, de Miguel Zeballos, es un ensayo poético que cruza dos mundos: la cotidianidad de una mujer campesina y cantora en un pueblo de la cordillera patagónica y reflexiones que el mismo director escribió (sobre aquellos conceptos) y que pronuncia en off. El paisaje, registrado en diferentes momentos del año, con sus silencios y sus colores, con su omnipresencia, es otro de los protagonistas del film, que no presenta un hilo narrativo definido sino que se mueve en un terreno más poético y difuso. “La película fricciona todo el tiempo lo que le pasa a ella (la campesina) con lo que me pasa a mí”, dice el director a PáginaI12. El estreno es este jueves a las 19 en el Gaumont (Avenida Rivadavia 1635), donde se la puede ver hasta el miércoles 30.

Zeballos es oriundo de la capital neuquina. Hace unos 15 años, tomó contacto, en el norte de la provincia, con el universo de las mujeres campesinas cantoras, y decidió trasladarlo a una película. Pasó el tiempo y el proyecto fue mutando. “Me terminé de encontrar con cosas más personales, del orden de la intimidad, que me interesaba trabajar desde un lugar filosófico. El vacío, la memoria y la muerte son temas que de alguna manera, sin querer o queriendo, voy trabajando en mis proyectos”, cuenta. Terminó poniendo el foco en una única cantora, Mercedes Muñoz, a quien la cámara sigue en cada una de sus tareas en el campo, junto a los animales. También se la ve cantar, decir un texto del director y jugar con sus nietos. Las imágenes son resultado de tres viajes a Las Ovejas (localidad del departamento de Minas) ocurridos en 2015.

La sinopsis define Un continente incendiándose como un ensayo poético sobre el tiempo, la memoria, el vacío y la muerte. También como un documental sobre una mujer campesina en un territorio signado por el frío, el desamparo y la soledad, y a la vez una ficción de ese documental. Cuando termine el invierno voy a descansar a la orilla del río será la segunda parte de la trilogía. Actualmente en postproducción, retrata la épica de los arrieros al cruzar la montaña trasladando mil animales. El director de El desembarco (2011) prepara además el docuficción La herida y el cuchillo, acerca de los procesos creativos de Emilio García Wehbi. A partir de marzo, volverá a El Arenal Teatro su proyecto dedicado a Jean Genet. Se trata de una pentalogía teatral y una película, bajo el título Traigan a mi noche furibunda el corazón de Jean Genet. “Hace más de un año buscamos estrenar Un continente... A pesar de la felicidad que implica –nunca estrené comercialmente–, hay que subrayar que esta gestión actúa con una desidia y un desinterés muy llamativos para el cine independiente”, opina el cineasta.

–¿Qué fue lo que le atrajo de la figura de Muñoz?

–Como en todos los documentales, hubo muchas marchas y contramarchas. Habíamos elegido a otra cantora, y casi empezando el rodaje se arrepintió. Yo ya estaba en la cordillera, estaba viajando el equipo, y salí a buscar desesperadamente a otra cantora que reuniera las condiciones. No era difícil porque hay muchísimas. Mercedes es muy agradable, no tiene ningún problema con la cámara, es muy vital, tiene una energía arrolladora. Crió sola a sus diez hijos... estuvo buenísimo que haya sido ella. Pudimos pedirle cosas que para estas personas es complicado, porque no están acostumbradas a la cámara. Y le empezamos a incorporar a la historia cosas del orden de la ficción. La película extremó ese dispositivo, y fricciona todo el tiempo lo que le pasa a ella con lo que me pasa a mí.

–¿Qué pensaba cuando la seguía en sus tareas cotidianas?

–Yo me conecto mucho con la cámara. A pesar de su simpatía y de ser ella muy accesible, yo estaba muy distante. Generamos una relación bastante sincera en lo personal y en el trabajo. En el último de los tres viajes hubo un acercamiento, entre ella y yo y entre ella y la cámara. Terminamos siendo más amigos, de hecho nos volvimos a ver hace poco y compartimos un rato juntos. 

–No hay prácticamente datos de la vida de ella ni del lugar... ¿construyó la película en una zona híbrida entre la ficción y el documental?

–La película es muy poco fiel sobre ella y el lugar. La construcción o reconstrucción en el montaje fue aislarla aún más del contexto, aunque paradójicamente esté muy presente. Ella está rodeada de gente y situaciones vitales, pero en la primera parte del documental la aislamos de todo eso y tratamos de construir un mundo solitario, sobre un personaje aislado. No es tan así en realidad. 

–¿Qué elementos encontró en la historia de Muñoz para conectarla con los conceptos de la trilogía?

–No hay ninguna conexión; ella es la antítesis de todo lo que pongo por fuera de ella. Por eso hablo de una falta de fidelidad y de la fricción con ella. Es un díptico, un ida y vuelta. La película presenta un prólogo sobre el paisaje, enseguida aparece ella con todo su esplendor, después viene un texto que no tiene que ver con ella, después vuelve ella... el montaje empezó a ser ese diálogo. 

–¿Cuál es su relación con la escritura? ¿Y cómo continúa la trilogía?

–Todo el tiempo estoy escribiendo, algunas cosas quedan y muchas van a la basura. Siempre estoy reflexionando sobre estos temas. Terminando Un continente..., tuve la necesidad de encontrar elementos para volver a friccionar esos textos. Entonces, continúan en una película que estoy terminando ahora sobre un grupo de arrieros que cruza la montaña con sus animales. Es la misma idea: un díptico de textos sobre el vacío y personajes en ese lugar bastante crudo. La tercera parte no sé para dónde va a disparar.

–¿Qué puede adelantar del documental sobre García Wehbi?

–Hace cinco años que registro su proceso creativo en sus trabajos. Ya estamos en la última etapa. Lo admiro mucho desde hace muchos años. Tuve la suerte de que su generosidad me permitiera estar todo el tiempo registrando su trabajo. El que preparo es un recorte bastante particular, y de alguna manera poético, sobre el hacer, el arte. Y un trabajo sobre el cuerpo. Son una cámara y un concepto muy llevados al extremo en lo físico. La película no tiene entrevistas. Nunca fue la intención hacer un documental de entrevistas o de backstage. Busqué correrme de esa mirada.

–¿En qué sentido Un continente... es un ensayo poético?

–Hay una voluntad mucho menos narrativa en términos aristotélicos o hollywoodenses y una un poco más poética y reflexiva. No sé si pienso en llevar la poesía, que me gusta mucho, a una película. Pero sí me interesa más ir sumando capas que lleven a un estado sensorial que contar un cuento. Y que la mirada se vaya corriendo todo el tiempo. Que no esté en un solo lugar.

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