Libros. Remeras de rock, de Daniel Flores
Cómo escuchar tu remera
Vestir el nombre de la banda favorita es uno de los fetiches del rock que siguen vigentes. En Remeras de rock, Daniel Flores las utiliza como disparadores, protagonistas o como excusas: desde un viaje a la Patagonia donde encontró una disquería imposible hasta recorridos por Brasil o Indonesia. Un ejercicio de escritura que también es un ensayo sobre sus obsesiones: la autogestión, la música jamaiquina y el lado excéntrico e intelectual del punk.
Imagen: Carolina Reimundez

H.ace 4 años, en una mudanza, empezaron a aparecer en el placard las remeras: de The Cramps, The Damned, Tonino Carotone, Black Flag, Ministry, Ramones o de Siniestro Total (la del emblemático: Ante todo mucha calma). No eran tantas, pero cada una tenía una historia que contar: “No soy un gran coleccionista, pero en mi caso las remeras que tenía no sólo reflejaban mis intereses musicales, sino que también reflejan mis viajes, que para mí han sido fundamentales”.

Remeras de rock es un libro de escritos sobre rock que (casi) siempre tienen como punto de partida explícito o implícito una remera del placard de Daniel Flores, que explica: “Me lo planteé casi como un ejercicio de escritura de ir tomando cada una de esas remeras con una historia: la primera fue sobre la remera The Cramps (la remera más cara del mundo), que compré en un concierto que fui de ellos: es la remera oficial del tour de 1990, y hoy es de colección”. 

A Flores le interesan “esos recorridos extraños de artefactos culturales que se descontextualizan totalmente y entonces algo underground y alternativo se termina reproduciendo a escala masiva por alguien que no sabe qué representa pero que en algún punto se le ocurre que puede ser un negocio interesante. En algunos casos, como el de Ramones, resulta un buen negocio. En casi todos los textos el disparador fue una remera pero en algunos no fue el punto de partida, sino que aparece como un actor de reparto, como la de Stiff Little Fingers que la usé un día que fui a una disquería en la Patagonia: es un grupo del cual había varios discos buenísimos, que no se encuentran en ningún lado. Después hay una especie de ensayo sobre la diferencia del punk entre Inglaterra y Estados Unidos y ahí puse una remera de Black Flag: ahí la remera no fue el disparador sino una ilustración del relato”. 

Pasaron los cassettes (convertidos ahora en puros fetiches que funcionan como links), los vinilos y los CD, pero las remeras mantienen su vigencia: “La cultura pop es bastante fetichista, y cuando desaparece el disco la remera gana ahí un espacio: al distribuirse en formato intangible digital, con la desintegración del soporte para la música, la remera retoma vigencia porque es algo que sí podés comprar y atesorar. Eso y los libros de rock también, que ganan un espacio gracias a que los discos ya casi no se venden. Así vemos cómo se multiplican los títulos de rock y todas las editoriales importantes parecen estar buscando a ver qué biografía o qué libro sobre qué banda pueden sacar”. 

Flores (que pasó su adolescencia en Washington de 1988 a 1991, en plena efervescencia hardcore) trabaja desde hace 15 años en La Nación en la sección turismo: “Me   dediqué mucho a eso y también está ese elemento más personal, menos social”. En ese recorrido de remeras, además del recorrido de educación musical está el colegio secundario en Estados Unidos, y sus viajes como periodista y músico (toca los teclados en Satélite Kingston): hay capítulos de Nueva Orleans, Ecuador, Indonesia, Brasil y varios de Washington. 

“A mí lo que más me pegó fue Dischord, que es el sello que fundó la banda Minor Threat y que después publicó todo Fugazi y todo lo más importante de la escena independiente de Washington. Más allá de la música en sí, había en esa escena una épica independiente al extremo, muy familiar, muy entrelazada y muy politizada de manera muy militante y muy inteligente, y eso me pegó de esos años. En Washington también hubo una movida local y muy poco conocida, el Go-Go, uno de los pocos géneros en Estados Unidos que no tiene ninguna proyección en ningún lado: es como para consumo interno pero que tuvo bandas increíbles como Trouble Funk”.

También hay entrevistas como la que le hizo a Captain Sensible cuando vino a tocar al país con The Damned: “Para mí Captain Sensible es como un modelo musical de las raíces del punk inglés, pero a la vez es un tipo que siempre habla de la psicodelia. Creo que es un buen representante de cierto culto a la excentricidad de los ingleses: esa cosa de ser observador de trenes o coleccionista de cosas extrañas, o incluso su veganismo: es un personaje increíble”

Las obsesiones de Daniel Flores (la autogestión independiente, el ska y la música jamaiquina, el lado excéntrico e intelectual del punk,) ya aparecieron en sus libros anteriores: La Manera Correcta de Gritar (del 2008, un recorrido por la historia secreta del ska local, desde el pionero Ronnie Montalbán, hasta LFC y Dancing Mood), Gente Que No (con autores varios e historias de bandas locales de los 80, del 2009) y Derrumbando la Casa Rosada (sobre los primeros diez años del punk, de 1978 a 1988). Todas esas influencias ya se manifestaban de algún modo en Sandinista! disco de The Clash de 1980 al que le dedica un capítulo: ese disco triple, un collage tan exagerado como generoso, tan genial como anacrónico con su mezcla de funk, proto hip hop, folk, reggae, dub, calipso, music hall, gospel, en el que aparecen referencias a la revolución nicaragüense de Augusto Sandino (que los Clash homenajean desde el título), Salvador Allende, el Dalai Lama y Mikey Dread es, quizás, la influencia decisiva en su estética, 

Dice Daniel Flores: “Ese disco es como una carpeta de música. Es una experiencia distinta escuchar el disco solamente, sin hipervínculos y sin información accesoria, lo cual te deja solo con la música, entonces tu escucha es distinta y tu interpretación es más libre, Por eso también fui a buscar las remeras de rock: me parece que son otro icono de esa búsqueda o esa identificación con el santo grial de la música, al punto disparatado de incluso ponértelo en el cuerpo y llevarlo a pasear por ahí. Esa actitud absurda en un punto es uno de los ejes de la lectura de la cultura pop que hay en este libro: una mirada extrañada sobre esta actitud absurda que tenemos de ponernos un cartel publicitario en el cuerpo y sacarlo a la calle.”.

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