Estrena Belmonte del uruguayo Federico Veiroj: una masculinidad en crisis en la figura de un artista temperamental
Vida de este hombre
Un hombre común y al mismo tiempo, distinto, a su modo extraordinario: un artista plástico capturado entre las desmesuras de la creación y los conflictos familiares y sociales que a todos embargan. Así es Javier Belmonte, el protagonista de Belmonte, cuarto largometraje del realizador uruguayo Federico Veiroj que se estrena el próximo jueves luego de pasar por varias competencias internacionales, entre ellas la del Festival de Mar del Plata. El film de Veiroj también ilumina la figura de Gonzalo Delgado, coguionista de Whisky, actor y pintor en la vida real, que aquí se pone al hombro un memorable protagónico.

Javier Belmonte observa detenidamente una escultura mientras espera la llegada de un posible comprador. El susodicho, un hombre de apellido distinguido, llega con algo de retraso. La tardanza bien vale la pena: Conde se lleva no una sino dos de sus pinturas. Aquella que eligió su esposa, el desnudo de una mujer recostada sobre el lecho marino, y otra más, la imagen de dos hombres que parecen luchar contra la corriente, las cabezas apenas asomadas sobre el nivel del mar, sus penes erectos sobresaliendo horizontalmente en el encuadre de la obra. El otro encuadre, el de la cámara, ubica los elementos de manera tal que uno de los miembros delineados por las manos del artista parece surgir de los pantalones reales de Belmonte. El gag puede (debe) llevar a la sonrisa, pero además anticipa uno de los temas centrales que le dan forma al cuarto largometraje del realizador uruguayo Federico “Cote” Veiroj: la masculinidad como territorio en crisis, como arena movediza. 

Así como en Acné (2008) un púber luchaba contra la timidez ante la posibilidad del primer beso, a pesar de ya haber perdido su virginidad; así como en La vida útil (2010) Jorge debía lanzarse al mundo luego de varias décadas de vida en y por la pantalla de cine; así como el protagonista de El apóstata (2015) iniciaba un viaje de redescubrimiento personal gracias a la decisión de darle la espalda a su legado católico, en Belmonte –que se estrena este jueves, luego del paso por la competencia internacional del Festival de Mar del Plata, entre otros destacados festivales internacionales– el héroe debe lidiar con la separación de su esposa, quien ahora está esperando un hijo de su nueva pareja, las complejidades de la relación con una hija preadolescente y los misteriosos encuentros de su padre con un hombre mucho más joven, entre otros fantasmas tan íntimos como universales. Belmonte observa a Celeste, su hija, a través del alambrado de la escuela. Hoy no le toca retirarla pero igual se da una vuelta por el lugar. Más tarde, pasará por la peletería de sus padres, atendida por su hermano. Belmonte no sonríe en ningún momento. Es evidente que le están pasando cosas.

“La verdad es que me cuesta medirlo”, responde Veiroj a una clásica pregunta de periodista: ¿encuentra puntos de contacto entre el protagonista de su última película y aquellos que habitaban sus esfuerzos anteriores? “Por supuesto, hay puntos en común, como el hecho de compartir un personaje masculino central metido en cierto entorno. Y los cuatro son, de alguna manera, parecidos. Creo que Belmonte está más cerca de La vida útil. Pero por el lado de la inspiración, por el hecho de haber partido de una sensación, de las ganas de hacer algo. En ambos casos, se trató de pescar una idea vieja. Algo que estaba dando vueltas y que, de repente, parece ser el momento adecuado para que termine de salir. Entre el momento en el que me dije ‘bueno, la hago’ y le di finalmente la mano a Gonzalo Delgado, el actor, justo antes de comenzar el rodaje, pasaron apenas tres meses. Esos tiempos fueron parecidos a los de La vida útil y tienen que ver con cierta urgencia. En los dos casos, el equipo técnico fue espectacular y trabajó a crédito, ya que, de otro modo, la película no hubiera podido hacerse”. 

A Belmonte no parece irle mal. No es que su pasar sea tan bueno como para que las preocupaciones económicas no formen parte de su existencia cotidiana, pero el hecho de poder vivir de su arte es un logro personal nada menor. Son otras cosas las que lo preocupan, en particular el hijo de su ex, que está por llegar y que, presume, cambiará el equilibrio de las cosas de manera definitiva. Seguramente por eso intenta acercarse a Jeanne, ya no con intenciones de reconciliación matrimonial pero sí para ofrecerse como apoyo incondicional, a veces demasiado vehemente. Seguramente por eso rechaza los avances directos de la mujer de Conde, la que eligió el cuadro de la mujer desnuda. Tal vez Belmonte siente que sus pies ya no pisan sobre territorio firme, a diferencia de otras de sus creaciones, los hombres-animales, y a semejanza de esos simples hombres en estado de erección llevados por la corriente. Masculinidad. Paternidad. Crisis. “Diría que ambas cuestiones están incluidas dentro de lo que intenté hacer: una película sobre un hombre que está todo el tiempo intentando equilibrar sus emociones, con el alma a flor de piel. Tanto a nivel creativo como familiar y social”, define Veiroj. “Hay algo que tiene que ver con la masculinidad. No sólo porque pinta hombres desnudos, estudios del cuerpo masculino, sino también porque la película intenta desnudar al personaje. Su orgullo, su ego, su deseo están muy expuestos. De una manera un poco buñuelesca, el personaje está bañado por una pulsión de deseo. Por supuesto, también está la cuestión de la paternidad, que tiene que ver con que Belmonte está pasando por un momento en el que se hace preguntas. Puede ser la famosa crisis de la mediana edad o también puede ser que toda su vida haya sido así”.

Una molécula inestable

Dice también “Cote” Veiroj que el origen del mundo de Belmonte se relaciona íntimamente con cosas que le pasan a él en la vida cotidiana, “algo que tiene que ver con cómo conjugar la creatividad, el mundo interior, con la vida doméstica, los hijos, los quehaceres de la vida con los pies en la tierra. Eso me generó inquietud y me daba ganas de mostrarlo. Y lo que terminó saliendo fue eso: un artista plástico y el entorno en el que se mueve. Por supuesto, también están las propias pinturas de Gonzalo Delgado, que es quien encarna al personaje de Javier Belmonte. Él pinta en la vida real y los cuadros que se ven en la película son suyos. Su obra siempre me gustó mucho y creo que combinan muy bien con el personaje. Hay algo en sus creaciones que, aunque pueda sonar paradójico, sólo puedo describir como oscuridad luminosa. Como una muerte en colores”. La de Belmonte es la primera actuación protagónica de Delgado, montevideano de nacimiento como Veiroj. Sin embargo, su nombre figura en una docena de películas producidas a ambos lado del Río de la Plata, esencialmente en el terreno de la dirección de arte. En ese rol se destacó en films seminales del nuevo cine uruguayo como Whisky (2004), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, y La perrera (2006), de Manolo Nieto, además de dos largometrajes del propio Veiroj, Acné y El apóstata; en la Argentina se encargó del diseño de producción de dos películas de Rodrigo Moreno, El custodio (2006) y Un Mundo misterioso (2011), y fue el responsable del arte de las recientes El otro hermano, de Israel Adrián Caetano, y Sueño Florianópolis, de Ana Katz. “Seguramente quienes lean esto hayan visto muchas películas en la cuales participó”, confirma Veiroj. “Además fue coguionista de Whisky, una de las películas más importantes hechas acá en Uruguay. Fue también colaborador en los guiones de El apóstata y La vida útil. Es un amigo y, además, alguien muy cercano a nivel creativo. Hace un par de años codirigió el largo Las toninas van al Este y ahí interpreta a un personaje, que aparece en el último quinto de película y que, para mí, es una de las mejores cosas de esa película. Siempre le gustó actuar, así que, juntando la inspiración, las ideas y las ganas me decidí a ofrecerle el papel protagónico. Y enseguida aceptó formar parte de la locura. Él es muy inteligente y dirigiéndolo me pasó algo parecido a lo que había ocurrido con Manuel Martínez Carril, el director de la Cinemateca en La vida útil. Son dos personas con unos tiempos naturales, con los cuales ni siquiera fue necesario hablar demasiado del tema actoral. Están perfectos. Es un nivel notable de profesionalismo e inteligencia para un no-actor”.

Belmonte anda por la vida un poco enojado. No es ira ni, mucho menos, violencia lo que deja a su paso, pero el rostro no miente. Tampoco mienten esas respuestas secas y duras ante preguntas o comentarios de cortesía. “Lo del enojo tal vez está ligado a la imposibilidad de poder decir o hacer las cosas tal y cómo él quiere. Belmonte tiende a decir las cosas sin medirse y eso puede llegar a romper el protocolo social, el de los buenos modales. Obviamente, eso está exagerado para generar la gracia o la tensión o la incomodidad. La idea de lo masculino o de la potencia viril forman parte del personaje, no sólo por sus cuadros sino por cómo es ese hombre, con esa sensibilidad que, cuando está con su ex pareja, se pone en tensión. Un tipo que protege a su padre, un hombre que está yendo hacia un lugar escondido”. Precisamente, las citas de su padre con un joven –casuales o apuntadas de antemano–en la puerta del teatro lo ponen en alerta, le llaman la atención, lo incomodan. Tal vez por eso lo protege y, al mismo tiempo, siente intriga, una extraña comezón. Tal vez por eso observa a un muchacho en el colectivo e intenta entablar, de manera torpe, una conversación. “La verdad es que no podría definir a Belmonte en base a su deseo sexual y me da igual. Puede ser el deseo, puede haber algo ligado al alter ego, puede ser la curiosidad. No lo sé. Me interesa más definirlo a partir de su sensibilidad que por su deseo sexual”. Javier Belmonte es como una molécula inestable y sus átomos se trasladan todo el tiempo, reconfigurando la estructura y forma vital sin alterar sus elementos constitutivos. Como sus cuadros, que mutan siendo fieles a sí mismos. Lo que sí sabe con certeza, sin posibilidad de duda alguna, es que desea seguir al lado de su hija. Tal vez transmitirle algo de su pasión por la pintura, aunque el método no parezca el más adecuado. En cierto momento, padre e hija se embarcan en un pequeño viaje a una isla desierta, en ruinas. Un viaje con algo de iniciático. “Se llama Isla de Flores y está a una hora de Montevideo. Es una isla que sirvió de lugar de cuarentena durante las épocas de grandes inmigraciones y, durante la dictadura, como lugar de encarcelamiento. En todo caso, es un lugar que poca gente conoce y visita y no es para nada turístico. Me gustaba la idea de un padre y una hija yéndose de aventuras a un lugar que al protagonista lo conecta con algunas cosas”. 

Imaginate mi hijo

La música es importante. Veiroj utiliza en su última película composiciones clásicas y temas populares, delimitados por los espacios físicos en los cuales se escuchan: el Teatro Solís y la rambla, el mar y aledaños. “Hay temas musicales que fueron fuente de inspiración, temas que quería utilizar de antemano. Como ‘Imaginate m’hijo’, de Leo Masliah, una canción de los 80 que me marcó mucho y que, ahora, tiene un valor muy distinto que cuando lo escuchaba durante la adolescencia. Siento que ese tema reúne el sentido de la película. Eso también tiene que ver con la paternidad, con el lugar en el que uno se pone. Y con el transmitir, porque la letra de la canción habla de un padre hablándole a un hijo, una suerte de repaso de toda una vida, de las frustraciones que podrían llegar a ocurrirle”. La música clásica, en tanto, usualmente ligada a las clases pudientes, es el portal de entrada a un mundo cercano a la fantasía, incluso a lo onírico, un elemento común a casi todos los films de Veiroj a la fecha. “Es verdad que la idea de la música culta, así sea en Buenos Aires, en Londres, en París o en Montevideo, se suele ligar a las clases más encumbradas. Pero, independientemente de esa connotación socioeconómica o sociocultural, que está implícita, lo que me interesó fue usar ese espacio como un lugar donde puede pasar cualquier cosa, donde la imaginación puede liberarse. Relaciones, miradas. El Teatro Solís, además, tiene ese color rojo –cuyo tono fue exagerado en posproducción– que a mí me suena a libertinaje. Ese es también el lugar donde el padre de Belmonte se anima. No es por el tema de ir contra la idea de realismo, pero me parece que la cantidad de cosas que se pueden hacer en el rectángulo de la pantalla es tan enorme que alimentarla con fantasía –con cosas que están mezcladas con lo narrativo pero no son estrictamente eso, que te hagan ir a otro lado– cada vez me interesa más. También me pasa cuando veo películas. Creo que una de las responsabilidades que se tienen como director es ser generoso con el espectador”. Finalmente, la fábula de Belmonte termina sin moraleja a la vista. No hay relato de crecimiento, mucho menos un manual de autoayuda para ser un mejor padre, un mejor hombre. “Eso nunca estuvo en la base de la película. No hay un proceso que haga que el personaje arranque en un lugar y termine en la vereda de enfrente. Tal vez la enseñanza está en el plano final: ese hombre que avanza con sí mismo y con su arte, una hormiga del trabajo artístico, que es lo que lo salva y lo condena al mismo tiempo”.

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