Desde Suecia, la cantante y productora trans Tami T habla de su disco debut High Pitched and Moist.
Hágase usted misma
Tami T es una artista completa: compone, produce, canta, arregla, masteriza, edita, fotografía, dirige, postea, performea, yira. Con un pie en la disidencia sonora y otro en la familiaridad del mainstream, hace música pop que es a la vez melancólica y desvergonzadamente bailable.

En la pantalla hay ocho chicas en ocho espacios blancos idénticos. Pausa. Está la que con su tecladito enchufado a una pared produce el compás inicial de la canción “Princess” y habilita el movimiento generalizado. Play. Está la del micrófono en mano, agitando a voz en cuello; están la más tranquila, de baby doll blanco, y la que ensambla su guitarra eléctrica fucsia para sumarse en el estribillo. “Mejor que una Princesa cis / Porque puedo definir lo que una Princesa es”, canta Tami T, o cantan las ocho Tami T, su voz hiperventilada por un dominó de efectos especiales. La tiara real la lleva dentro, no sobre el peinado, porque aunque poco se note, Princesa es, sin ostentaciones ni descanso.  

GÉNERO PRINCESA

Colega íntima de sus además compatriotas Karin y Olof Dreijer, conocidxs a dúo como The Knife, por un lado, y a Karin con su proyecto solista como Fever Ray, por otro, la artista pop trans Tami T comenzó a producir música ya entrada a los veintipico, en Alemania y sin apuro. Ella misma hace todo, todo: compone, produce, canta, arregla, masteriza, edita, fotografía, dirige, postea, performea, yira. “Realmente disfruto cada parte del proceso de hacer música, así que no permito que nadie más toque lo que hago”. 

Tan personal es que hasta se hizo fabricar un instrumento musical inventado, un falo metálico que sostiene contra su pubis mediante nudos shibari y que es una cruza entre dildo y theremin, incrustado en strasses o tachas, o ambas, repercutido por palillos y vibrando en distorsiones que controla a pedal o, lo que es más probable, con la mente. Lo que el mundo fabrica para Tami no se ajusta a ella; o no le basta o carece de mucho. Días atrás, por caso, compartió en su instagram la mágica transformación de una consolita portátil Game Boy, ícono del retro '90s y cuyo nombre hoy no superaría la devolución del focus group más precario, en una Game Girl color rosa y con alguna que otra gema prendida a su caparazón. Otra pieza añadida al catálogo de teclado, guitarra y demás instrumental personalizado.

¿Qué tan personales son las experiencias que retratás en tus letras?

–Con frecuencia mis canciones tocan temas como las relaciones y el sexo; soy una mujer trans y algunas veces la temática trans forma parte de mi música. Todas mis letras vienen de experiencias personales, no conozco otra forma de escribirlas. Además, me molesta cuando las letras de una canción son demasiado genéricas o inespecíficas, y eso me inspira a escribir letras que son muy específicas. Me hace feliz que la gente pueda identificarse con ellas pero no es uno de mis objetivos.

¿Cuál sería el límite entre lo que te interesa compartir y lo que preferís conservar para vos?

–No estoy segura de saber cuál sea el límite, aunque para mí hay una línea clara que divide lo que es personal de lo que es privado. Hay algo instintivo que me dice qué compartir y qué quedarme para mí. Por otro lado, es muy incómodo cuando me toca presentarme en lugares en los que no me siento protegida o no me siento a gusto y me encuentro compartiendo tantas cosas mías a través de mis letras frente a personas con las que no me siento conectada.

¿Cómo describirías el proceso de creación de High Pitched and Moist?

–Antes de este disco lancé canciones a un paso muy calmo, alrededor de una cada dos años. Quería crear algo un poquito más sustancial y en primera instancia pensé en hacer un EP, aunque la idea de producir un disco, incluso siendo una tarea que parecía muy intimidante, también me cautivaba. Tener el permiso de lxs oyentes para tomar tanto tiempo y atención de su parte me permitió crear un pequeño universo. A pesar de que nunca había pensado en una temática clara para el disco, cada canción influyó en el resto de modo que se gestó una unidad. Después, decidir cuándo el disco estuvo terminado fue bien arduo, especialmente porque no tenía a nadie diciéndome que efectivamente tenía que terminarlo. Después de haber masterizado todo y de enviarlo a los medios de distribución digital, hice que lo bajaran para poder grabar nuevamente unas voces, luego remezclar esa canción, masterizar todo de nuevo y ahí mandarlo a distribución una vez más, con un par de días apenas hasta la fecha original en que debía salir. Es imposible sentir que se ha terminado algo por completo, yo creo.

En tus canciones existe un equilibrio tirante entre melodías y arreglos edulcorados en contraste con las letras, que además de ser muy honestas muchas veces son bien sombrías. ¿Hay una intención de sostener ese equilibrio o no tanto?

–(Risas) No estoy segura de saber cómo encontrar tal equilibrio. La mayoría de lo que hago es simplemente porque siento que es lo correcto, y muchas veces lo que siento como correcto es súper empalagoso.

También se ve una elección, a nivel imagen, de utilizar ciertos tics de lo femenino y aniñado, principalmente en el uso del color rosa y de la imaginería infantil y adolescente. ¿Es otra expresión de la misma idea?

–¡Es que el equipamiento técnico musical es taaaan aburrido! Todo lo que uso viene en escala de grises: teclados, parlantes, micrófonos, computadora. Ya que tengo que pasar tanto tiempo en contacto con estas cosas, necesito volverlas más divertidas y disfrutar al mirarlas, por eso una mano de pintura rosa en aerosol y algunas piedras hacen que todo sea más hermoso.

Si el vaivén mareante de “Princess” suena a la Britney robota de 2011 –pero ida como en 2007–, las otras joyas bailables de High Pitched and Moist no se quedan con las ganas y seguramente sean los momentos en que Tami arremeta con aceleración máxima. Quizás “Single right now”, la canción más kilombera del disco, traduzca con mayor nitidez ese equilibrio tirante de jolgorio y lágrimas del que habláramos antes con la artista. Sin atajos, la sueca ilustra en ese tema el brutal y típico loop de malos romances que al terminarse nos dejan añorando una soltería... que a su vez suele durar un par de clicks. Son las estaciones del amor, enumeradas con tres gramos de cinismo, tras marimbas de Saturno. La canción va creciendo en intensidad, del susurro dubitativo al alarido pixelado, la letra un mantra, el género del ser amado variante, el alma harta. 

Otro de los puntos centrales del disco es “Face riding2, una oda s&m al cunnilingus que podría hacer saltar la banca en cualquier pista pop. Está a milímetros de lo que el cotizado escocés Calvin Harris supo edificar para Rihanna, por ejemplo, o “I love it”, aquel hit del dúo gritón Icona Pop con Charli XCX. “Hay mucha música pop comercial y electrónica que me encanta. Me gustan mucho las producciones afiladas y las melodías pegadizas y de fácil lectura de esos géneros. Musicalmente es muy accesible y eso es algo a lo que aspiro con mi propia música”. Tami es, también, meta, como cuando en “Stay where you are” reflexiona: “Esas canciones comerciales empiezan a tener sentido real / Cuando tenés el corazón roto / Y la confianza, también”.

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