Otra mirada sobre Don Segundo Sombra

En el proceso de conocimiento y reconocimiento, que en todas las sociedades suele ser poco menos que constante, mucho tiene que ver la literatura y, en nuestro caso, esa parte que llamamos “la gauchesca”, porque así la fijó don Ricardo Rojas y lo continuaron después críticos e historiadores, o tal vez porque fuera un verdadero acierto poético y nominal: un cuerpo considerable y heterogéneo, cuyos componentes no son todos similares, y cuyos límites temporales son bastante imprecisos. Parece iniciarse con los primeros y patrióticos poemas de la Independencia, contener luego todo aquello que en la literatura argentina aludió al campo, a sus habitantes (para un concepto general, ciertamente lábil y algo tautológico, “los gauchos”), a sus costumbres y sus modos; engrandecerse, consagrarse, y hasta parodiarse y trascenderse con El gaucho Martín Fierro, y prolongarse bajo distintas formas por buen tiempo más. En lo que es conforme la doctrina es en el cierre del ciclo de la literatura de la pampa: casi todos coinciden en asignar ese papel a Don Segundo Sombra.

Admitiendo que, para algunos, ya no se trata aquí del género sino del “uso del género” (Josefina Ludmer) ¿de dónde le viene a esta novela el acuerdo en tal asignación? Sin duda que, en primer lugar, y sorteando razones históricas y sociales, que mucho importan, de las virtudes del texto mismo; de que este sea, ya, en 1926, una mirada melancólica hacia el pasado y, sobre todo, de que esté escrito en un lenguaje, en una lengua poética (“ha hecho un idioma propio”: Valéry Larbaud), que corresponderá a su porvenir.

No podía llegar a otra cosa con su gran talento literario Ricardo Güiraldes, desde el lugar donde la vida, el estamento social y familiar, y la evolución de las letras europeas y nacionales, seguidas por él con tanta atención, lo habían ubicado, que a crear el canto del cisne de la vieja estancia en desaparición, “una elegía emocionada al gaucho sobreviviente” (Noé Jitrik). Y hacerlo con las armas que su extensa formación literaria y lingüística, sus contactos con los movimientos de la vanguardia europea, y la metáfora ultraísta, a la que había precedido con El cencerro de cristal, en 1915, le estaban ofreciendo.

Para cierta tendencia crítico sociológica, Don Segundo Sombra fue el epítome de la novela reaccionaria, en su sometimiento a las leyes eternas del patrón, en su tendencia a la consolidación de jerarquías sociales; para otros, una endecha acentuadamente metafísica a la tierra y a la nación profunda, muy lejos de todo lo urbano, y en particular a las virtudes del gaucho, su poblador cabal y entero aunque un tanto literario; para no pocos, la consagración del espíritu de libertad, solo obtenida por ese retorno dorado de “la pastoral bárbara” (Beatriz Sarlo) al señorío sin feudo, a la naturaleza y a la pampa. 

Jorge Luis Borges no fue precisamente un cultor de la literatura gauchesca, y siempre se las ingenió para desprenderse de ella, ya condenándola por folklórica y pintoresca, ya considerando irónicamente a sus autores, aún a los menos discutibles. Todo esto, encubierto por expresas admiraciones al género y por una distribución de virtudes que invariablemente se acompañan con subestimaciones y minimizaciones. No fue menos exigente (antes bien, al contrario) con textos canónicos del siglo XX. Don Segundo Sombra, a pesar del afecto que siempre sintió por Güiraldes, le inspiró líneas mordaces y de un humor corrosivo: “Don Segundo Sombra –escribe en un trabajo sobre Hudson– pese a la veracidad de los diálogos, está maleada por el afán de magnificar las tareas más inocentes. Nadie ignora que su narrador es un gaucho; de ahí lo doblemente injustificado de su gigantismo teatral, que hace de un arreo de novillos una función de guerra. Güiraldes ahueca la voz para referir los trabajos cotidianos del campo”. 

La nota está fechada en 1941. Pocos años después, en 1952, en la revista Sur, escribió: “Quizás a través de Kim, la estructura de Don Segundo es la de Huckleberry Finn de Mark Twain. Es fama que este libro genial (escrito en primera persona) abunda en incómodos altibajos; el inmediato sabor de la felicidad alterna en sus páginas con bromas chabacanas y débiles; tanto las cumbres como las caídas superan las posibilidades del arte consciente de Güiraldes”. Y, menos hiriente aunque no menos lapidario, hace aparecer al texto de Guiraldes en el paraje pampeano del cuento “El Evangelio según Marcos”, donde el protagonista “para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro”.

Puede pensarse que a Don Segundo… le ocurre lo mismo que a otro libro famoso, El Martín Fierro: primero, se identificaron con él las gentes del pueblo, escuchas anónimos, lectores secretos; lo subestimaron los públicos cultos, amantes de la literatura clasica y tradicional, de la “alta cultura”. Me inclino a sostener que el pensamiento íntimo y la ideología de un escritor y de un texto residen y se exhiben en su escritura; suele verse en esta novela un modelo de representación realista, cuando en verdad dista bastante de ello. Por el contrario, desde su idealismo y su vanguardismo, está mucho más vinculada a la huida crítica de la representación que a su dócil seguimiento; más cerca, como pregonaron desde el Creacionismo hasta el Surrealismo, de “la cosa creada” que de “la cosa cantada”, es decir, copiada; más ligada al arte y la literatura que no incorporan a sus obras objetos parecidos a los de la supuesta realidad sino que los crean allí, los hacen ser una realidad y desde la obra incorporarse a aquélla (como ha sucedido a lo largo de la historia en tantos casos y, Macedonio dixit, en el del gaucho mismo).

Don Segundo… parece un ejemplo paradigmático para el arte de la creación literaria, en el que los textos no dicen precisamente lo que se supone quiso el autor, sólo a conciencia, decir. Y únicamente el análisis de los borradores, de lo puesto y lo tachado, de lo querido y lo desechado, puede exhibir este oculto y oscuro camino que va de lo expresado en lo dicho a lo escrito. Quizás, por primera vez en una obra narrativa nacional, un texto que no deja de decir que es texto, aunque no se lo oiga así por la impronta de los personajes y del espacio, esté señalando, en su construcción, en su elaboración poética, que es ni más ni menos que literatura. De ahí, probablemente, su perduración.

* Escritor, docente universitario.

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