María Teresa Andruetto
La desacatada

A ella, que escribió un libro al que llamó Lengua madre, la atraviesan ambas palabras, pero sobre todo lo que dicen juntas. Sobre la lengua viene reflexionando en sus libros teóricos y en sus novelas y cuentos; o más bien de esa materia se viene sirviendo, hundiendo sus dedos en esa masa hasta moldear lo más propio, lo singular. Muchas veces exponiendo, al mismo tiempo, el imposible que esa operación contiene: tomar lo que es de todos –una lengua, nada menos– para hacerlo único. A ella, justamente, la invitaron a dar la conferencia de cierre del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, que con toda pompa y circunstancia se celebró en Córdoba. Y María Teresa Andruetto aceptó. Y lo que hizo, en ese cierre magistral que se seguirá recordando como una lección de Lengua Madre, fue del orden del desacato. 

Repasemos: la preparación del evento estuvo marcada por la exhibición de poder hegemónico que la movida traslucía, dentro y fuera de la lengua. La ciudad se preparó hasta con un reloj gigante que descontaba los segundos para recibir al rey –“los cordobeses han esperado este momento desde 1573”, me dijo un cordobés–. También el presidente llegó hasta allí, y finalmente pudo hacer gala de su pericia filológica en la inauguración, agradeciendo a la lengua española su capacidad de venir a poner orden, porque si no esto sería un despelote (“imaginemos si acá nosotros hablásemos argentino, y los peruanos, peruano”, es un registro que quedará en los anales de los congresos, de todo tipo). 

En este marco, además, se preparó un contra congreso: “Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos”, todo otro posicionamiento, también, desde su enunciado. Y Andruetto participaría de ambos. Muchos reprocharon en la previa esta decisión (quien esto escribe, también). Por más crítica que la escritora quisiera mostrarse en el congreso oficial, vaticinába(mos), se la “tragaría” el gran evento. Terminaría siendo funcional a un sector que no tiene más que Aguinis y Kovadloffes para ofrecer. Iría a llenarles el casillero de la “amplitud”.    

Pero la Andruetto se plantó y dijo. Dijo sobre lo uniforme y lo singular. Sobre las batallas que se libran en la lengua. Sobre la lengua de España y la que se habla en América. Sobre el lenguaje inclusivo, excluido como tema del encuentro. Y dijo, finalmente, que en todo este estofado hay un temita al que sería hora de meterle cuchara: el de quién se queda con el usufructo que genera esta lengua en el mundo. “¿Quién certifica? ¿Quién obtiene los dividendos de esas acciones? ¿Se distribuyen esos dividendos entre los diversos países en que se habla castellano o se trata de un recurso que le pertenece mayoritariamente a instituciones españolas?” planteó. Es un tema concreto y es económico. También en la lengua, queda visto, las vaquitas son ajenas.

Es extraño: hubo otros discursos enfáticos y brillantes, como el de Mempo Giardinelli, que denunció con firmeza el rumbo del sistema educativo, frente al mismísimo ministro de Educación. Pero el discurso que quedó retumbando, y que logró traspasar la burbuja del campo, fue el de Andruetto. Tal vez fue no sólo por lo que dijo; también por el cómo, tan hermosamente. Y además en ese tono dulce que le es propio, con esa tonada aspirada con la que también dice: esta soy, de acá vengo. Hay mujeres que saben acomodar el tono a las circunstancias, y no por eso dejan de decir. 

A su lado el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, visiblemente incómodo       –descolocado, más bien parecía– se vio obligado a improvisar una de esas aclaraciones que oscurecen, fuera de todo protocolo. Tal vez sintió que era demasiado. Porque convengamos: una cosa es aceptar polemizar sobre la lengua y sus circunstancias. Hasta el lenguaje inclusivo, vaya y pase. Pero apuntar al monedero, desde el centro mismo donde se pone en valor y al mismo tiempo se pretende dejar invisible ese monedero, eso es otro cantar. 

“La elección de la lengua (y dentro de ella, la de sus infinitos matices) indica en qué sistema literario puede o quiere insertarse un escritor, por quiénes y de qué modo desea ser leído y cuál es el costo que ese escritor está dispuesto a pagar para encontrarse con sus lectores”, dice Andruetto en su valioso La lectura, otra revolución, donde reúne sus conferencias, tan teóricas como literarias. La idea aparece en el texto “En busca de una lengua no escuchada todavía”, a propósito del obstáculo que invariablemente se le presentaba, cuenta, ante la posibilidad de editar afuera: “demasiado argentino”, le decían. Novelas como Lengua madre, Los manchados, Veladuras, La mujer en cuestión, los tremendos cuentos de Cacería, son ¡cómo no! demasiado argentinos. Y más aún: del interior del interior de la Argentina, porque allí es adonde van a buscar -en una intencional y fascinante operación de sentido- la lengua y el habla. Y sin embargo se han impuesto, con costo y todo, por su propio peso. Hoy Andruetto es traducida y editada en el mundo. Maravillas de lo singular. 

Hay otro mérito de María Teresa Andruetto y es el de haberse abierto paso en “La” Literatura también desde la… literatura infantil. Así nombrada, esta literatura queda fijada como menor. Son cuentitos. Y por eso no merecen ni siquiera un lugarcito entre las críticas del suplemento especializado de un diario. La visión no es solo corta sino ignorante del estado actual de un campo que viene dando sobradas muestras no solo de su calidad, también de su rol como dinamizador de un mercado editorial que hoy llora su crisis. Por obras como El país de Juan, Huellas en la arena, La durmiente, Solgo, entre muchas, y otras “para jóvenes” como Stéfano y La niña, el corazón y la casa, Andruetto fue la única argentina en ganar el Premio Han Christian Andersen, conocido popularmente como “el pequeño Nobel” (y dale con el diminutivo). 

Hacia una literatura sin adjetivos, postuló en otro libro que reúne conferencias, advirtiendo que esos adjetivos (“infantil”, por caso) “están cargados de intenciones y son portadores de valores”. Y observando que “la lectura y la experiencia estética se encuentran entre los ejercicios más radicalizados de libertad”. Andruetto ha hecho carne esta certeza y, sobre todo, la ha visto puesta en acto. Conoce las escuelas del país y sus realidades; recorrió y recorre, también con el cuerpo, el interior del interior. Desde el conocimiento que le dan esos encuentros con niñas, niños y jóvenes, docentes, bibliotecarios y mediadores, batalla contra el sentido común que indica que “antes se leía, ahora no”. O ese tanto más clasista y prejuicioso: “las cajas quedaban guardadas, las maestras ni las abrían”, en referencia a los libros que supo repartir este país a sus escuelas (92 millones, de todos los géneros y temáticas, entre 2003 y 2015). Quien esto escribe escuchó hace muy poco, azorada, repetir esta frase al mismo tiempo que se admitía que hoy solo llegan, a veces, libros de texto. En fin, también está quien dice que antes se repartían computadoras sin internet, que es lo mismo que repartir asado sin parrilla.

Contra el sentido común que se ha pretendido instalar, Andruetto insiste en valorar y reconocer a los y las docentes. Los impulsa en su rol irreemplazable, en ese vínculo amoroso que aun logra regalar, mientras todo alrededor se va cayendo, “la gran ocasión” (diría otra grande, Graciela Montes) de la lectura. También por eso, a María Teresa Andruetto la admiramos tanto. Por desacatada. 

 

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