“Rocketman”, la biopic de Elton John: cinco décadas de sustancias y melodías de alto vuelo
Los 12 pasos de Elton
El musical dirigido por Dexter Fletcher es una versión libre y lucida de la vida de Elton John y muestra desde su internación en una clínica de rehabilitación hasta su presente señorial, con marido, hijos, perro y casa de fin de semana incluidos.

Ya sabemos todes que cuando vamos a ver una película que se anuncia como una “biografía” de Elton John estamos yendo a ver la historia de esta “celebrity” que usa camisas de Versace, se codea con la realeza (a la que pertenece, porque es un Sir) en cuyas celebraciones hace de banda invitada, veranea en yates con amigues lgttbti también millonaries y no es el modelo de la revolución. Ni siquiera de la revolución musical. Pero también sabemos que es la vida del autor que (junto a su letrista Bernie Taupin) compuso las mejores canciones del pop de los 70, los 80, los 90 y lo que va de este siglo. Las letras más sugerentes y las baladas más románticas.

Pensar en la vida de un compositor, que no sea Chopin o Mozart, o aún Schoenberg, es decir, en aquellos que rompieron con las barreras de la música, tampoco nos va a llevar mucho más allá de la aventura de cómo se insertaron en la industria musical y lucharon contra eso: “la maquinaria” que los corrompió, los degradó y llevó su arte al nivel lamentable del “trabajo”. Y que también los consagró como los héroes de nuestro tiempo.  Elton es un músico respetado por sus pares, que tienen el odio fácil, y la narración no es original, pero tampoco es pedestre.

ELTON PARA ARMAR

Todos esto está en el biopic o mejor dicho en el autobiopic “Rocketman”, pero también hay mucho más. De hecho, “Rocketman”, el título mismo alude a la capacidad de volar con su arte y su magia y “elevarse” tanto como a las toneladas de cocaína que lo hicieron volar hasta las alturas de la sobredosis: “Y va a pasar mucho, mucho tiempo hasta que toque tierra y que descubran que no soy el hombre que creen en casa: soy un hombre cohete, acá quemando la mecha, solo…”

De hecho, la película está estructurada como el plan de 12 pasos para lograr la rehabilitación de todas las adicciones por las que estaba atrapado el artista: el alcohol, las drogas, el sexo y el rock and roll, es decir, la industria. Desde la internación en la clínica de rehabilitación, hasta el alta. No es necesario decir que, si la estructura de la película es la de los 12 pasos de la rehab, va a haber muchas dosis de moralidad, redención, y perdón. De eso se tratan los celebérrimos planes que están pensados como tales, como construcciones narrativas para quienes no pueden armar un relato de su vida. Elton pudo. Y la película es su prueba. En este caso no tenemos un “Spoiler alert” porque todos sabemos de la vida actual del Elton, de sus niños, su marido, su perro, su auto, su casa de fin de semana, su cigarro después de comer, su colección de lentes, de arte, de miniaturas de porcelana rusa del siglo dieciocho, su nutricionista personalizado traído de Italia, qué sé yo, su home theater, ponele.

Pero eso no es todo. La película es el “viaje emocional” de un hombre que parte del desamor, el rechazo, la mezquindad de la clase media de posguerra inglesa y se eleva hasta el perdón, la conmiseración y la caridad de la nobleza (o el Jet Set, que sería lo que quedó en Europa de la nobleza cuando las revoluciones piadosas le simplificaron la adicción narcótica al poder por la adicción al poder de los narcóticos).

En el medio de ese desastre en movimiento que es su vida, el de un padre que no lo quiso, una madre que no lo comprendió, una abuela que lo acompañó bastante, Elton se nos muestra como el modelo del self made man que el pop puede producir. El encuentro casual con un poeta brillante como Taupin y su habilidad para la tonada fácil que encaja por igual a la señora ama de casa y al emo de contramano, lo llevan por un camino perpetuamente brillante de ladrillos amarillos para ser recorrido con zapatitos rojos.

ÉXITO PÚBLICO, DOLOR PRIVADO

Hay una publicidad de Navidad de la tienda John Lewis en YouTube que cuenta una parte elidida de la película, que es cuando su madre y su abuela le regalan el primer piano. Probablemente sea el origen de la idea de hacer esta película; les cinéfiles que lo evalúen. Como sea, estamos frente a la evolución de un niño muy talentoso desde que tocaba en el pub de su barrio sabemos que todo será en adelante éxito público y dolor privado. ¿De qué otro modo se puede justificar la “sinceridad” de sus letras?: “Yo quiero amor, pero es imposible. Un hombre tan irresponsable como yo, muere en los mismos lugares donde otros se liberan…”. Es como se define casi toda su formación. Queda también el lugar para el villano, el agente y amante (que es por cierto el mismo villano de la película de Freddie Mercury), un tal John Reid, que aparentemente es un hombre fantástico para la sabiduría de mezclar negocios con placer, dólares con alcohol y sexo con contratos en el Madison Square Garden. ¡Hasta la parte fea de la vida de Elton es linda! O por lo menos, glamorosa, atractiva e instagrameable, le diríamos hoy…

Un hombre que nos va a contar la hazaña de la sobriedad, inevitablemente nos va a aleccionar sobre el uso de las drogas, el consumo irresponsable de alcohol, y la satisfacción efímera que provoca el sexo en orgías despampanantes con gente divina dispuesta a todo, en parques delicadamente decorados, con chongos de todos los tipos y fuentes de Dom Perignon y pequeñas tiendas para aquelles que necesiten un poco de intimidad, musicalizadas con los mejores djs. Todo eso es feo, porque en el medio de la mejor orgía, aparece la voz del padre diciendo que no lo quiere y la madre diciéndole que (si está en esa orgía, es porque) es un fracasado (¡¡¡Sí, literal, chiques!!!). La moraleja es que el dinero, las camisas de Versace y la alegría de hacer lo que se te da la gana no te da felicidad y toda esa monserga puritana que no se la cree ni él mismo, pero que te plantea un arco narrativo suficiente para que veas la orgía y salgas con la conciencia tranquila en el camino a tu casita del barrio. ¿Qué querés que te diga el señor? ¿Que no lo hace más porque está viejo y le agarró la onda (muy Hollywood, por cierto), de que la familia que él va a formar es linda, porque es una familia/venganza por lo que la mamá y el papá no le dieron?

EL HOMBRE COHETE

En fin, recordemos que el marido actual que, según la película le da un amor de verdad, el amor reparador que Elton necesita desde niño, es el productor y supervisor de la película. Así es fácil ser el héroe. (Aparentemente éste no le roba la platita). Y aun así el guionista Lee Hall, que es el creador de “Billy Elliot”, entre otras joyitas, hace un trabajo maravilloso en contarnos esta historia que, si bien no es nueva, está narrada como un juego de iluminaciones entre las letras de Bernie Taupin y las anécdotas de la vida de ambos que es un ejemplo de destreza narrativa. Ya sabemos que es una película-Karaoke, tal como dicta la moda del momento, pero comparada con las bazofias de “Rapsodia Bohemia” (que es moralista, aburrida y falsa) y con la muy efímera “Nace una estrella” (cuya única virtud fue mostrarnos a Lady Gaga en las reds carpets del 2018 con vestiditos a cuál más precioso), esta es una obra maestra. No es solo una recreación de época. Es también una reflexión sobre el artista de masas contemporáneo: “¿Dónde está el talento, en él o en la cocaína?”, nos pregunta la película cuando se presenta el desafío de crear después de la rehab. ¿Cuál es la relación entre el misterio de la creación artística y construcción de una imagen pública más o menos payasesca?

Es verdad que la película está más del lado de la fiesta del concierto y la lujuria que de la reflexión sobre la técnica creativa. Pero tiene hallazgos extraordinarios como la representación del momento en el que el músico se transforma en una estrella de rock. Y entonces la película muestra ese momento mágico del vínculo íntimo entre el artista pop y su público que es envuelto en una marea incontrolable. Una marea de música, religión, fascismo y erotismo y todo se vuelve sensación, por el volumen de la música, porque los instrumentos son usados todos como si fueran percusión, y porque todos se entregan a la fuerza colectiva de la ceremonia. Y al ritmo ritualizado de su música llena de ternura, el director de la orquesta, Elton mismo, dice como un Rocketman: “ahora me voy volando como un barrilete, en un vuelo que sólo tiene la soledad del espacio sin tiempo”, y entonces él salta sobre las teclas del piano, y todo el público sale volando a perseguir su ritmo, como si fuera la estela brillante que deja su cohete. 

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