The end of the grieta, capítulo dos

Tras un par de semanas de histeriqueos poco creíbles, el kirchnerismo y Sergio Massa cerraron una alianza electoral que constituye el penúltimo hito (el último será la constitución definitiva de las listas en la noche del sábado) de un camino de reunificación en pos del objetivo mayúsculo de derrotar al macrismo e inaugurar la era de la pos-grieta. El proceso comenzó hace casi dos años, cuando Cristina perdió los comicios de 2017 y, de manera silenciosa pero a esta altura bastante evidente, se dio a una tarea de reconciliación y apertura que incluyó la repatriación de los exiliados, el diálogo con los que nunca estuvieron y la tremenda decisión de designar a Alberto Fernández como candidato a presidente.  

Durante su larga travesía por el desierto del anti-kirchnerismo, Alberto y Massa criticaron muchas de las decisiones de Cristina: la implementación de la ley de medios, la reforma de la justicia, el memorándum con Irán, los devaneos de re-reelección. No reseñamos aquí todos los cuestionamientos, cualquiera puede revisarlos en las recopilaciones que algunos medios difunden en estos días. Pero había un matiz, tan sutil como decisivo: ninguno de los dos se dejó vencer por la tentación de transformar sus críticas en planteos éticos. Por duros que fueran, los cuestionamientos no aludían a la honestidad o a la vida personal sino a la gestión y la política (nótese que no fue esta la posición de otros opositores hoy convertidos en aliados, lo que no deja de ser un problema: un dirigente puede justificar una decisión con base en razones políticas, de cambio de contexto, hasta tácticas, pero resulta más difícil explicar el acercamiento a una fuerza a la que en su momento se calificó de “banda de ladrones”; la crítica moral es un recurso de construcción política simple y vistoso pero de vuelo corto).

La candidatura presidencial de Alberto y la alianza con Massa suponen una revisión implícita de lo hecho durante los años de kirchnerismo intenso, que es la etapa de la cual ambos dirigentes tomaron distancia. Decidida por Cristina en pleno uso de sus facultades soberanas, la estrategia es un premio al carácter independiente y la autonomía de criterio: una victoria de la crítica. Y en este sentido no deja de llamar la atención que quienes acompañaron sin titubeos la etapa de batalla cultural y relato al palo hoy no se expresen sobre este sorprendente giro a la moderación, este inesperado kirchnerismo de centro, comentario que alude menos a los dirigentes y funcionarios, obligados por las reglas de la política a plantear sus diferencias hacia adentro y acompañar la decisión de la conducción incluso si se disiente con ella, que a los integrantes del ecosistema intelectual del kirchnerismo, sumergidos hoy en un silencio estridente: ¿qué opinan de la candidatura de Alberto? ¿Votarán contentos a Massa? ¿Cómo puede ser que la apuesta a la identidad y la división del peronismo fuera una buena idea en 2013, 2015 y 2017 y que sea un problema ahora? 

Pero son detalles que pronto quedarán en el pasado. Lo central es la estrategia de buscar la cuadratura de ese círculo que Diego Genoud define como “kirchnerismo de la conciliación” en base a la interesante idea de explorar un nuevo contrato social, un nuevo pacto entre argentinos, como los que ya se firmaron, y más o menos siguen vigentes, en torno a la no utilización de la violencia política, la paz en las fronteras y los programas de contención social: nuestras mínimas políticas de Estado. Esta versión contractualista del kirchnerperonismo ha ido reuniendo el apoyo de casi todos los gobernadores e intendentes, buena parte de los sindicatos y el glamour que aporta el regreso de los desencantados. Se impone, domingo tras domingo, en las elecciones provinciales. Y aunque es imposible cuantificar el aporte contante y sonante de Massa, por poco que sea puede resultar crucial en unos comicios reñidos. Lo mismo con Alberto: no agrega votos pero reconfigura escenarios y es condición de posibilidad para la reunificación. Como señalamos en su momento, para que la unidad avanzara era necesaria la renuncia de Cristina al liderazgo, pues su presencia generaba una división tanto a nivel del electorado como de la superestructura dirigencial que hacía imposible pensar en un armado único. Fue ella misma quien, sin más presiones que su propio sentido de la responsabilidad histórica, tomó la decisión. 

Además de Alberto y Massa, la otra novedad es la candidatura de Axel Kicillof a la gobernación bonaerense, que completa y en cierto modo compensa la estrategia nacional. Una breve revisión de su vida pública indica que Axel llegó al Ministerio de Economía tras varios años de conducción atomizada (recordemos por caso la célebre conferencia de prensa de 2013 en la que se anunció el blanqueo de capitales protagonizada por… ¡cinco funcionarios!), etapa marcada por el protagonismo de Guillermo Moreno, que hoy cultiva un filofranquismo ultranacionalista que hasta puede parecer gracioso pero que en aquel momento hacía y deshacía como mono con tijera. Unificada finalmente en Axel, la nueva gestión económica se propuso desarmar los desastres morenistas y comenzar a reordenar la macroeconomía con vistas a un regreso a los mercados financieros: aunque los acuerdos con el Club de París, el CIADI y Repsol, la devaluación con suba de tasas de 2014 y la flexibilización del cepo iban en esa correcta dirección, el fallo de Thomas Griesa primero y la campaña electoral después complicaron los objetivos. Seguramente faltó un diálogo más fluido con los actores corporativos y una mirada más sofisticada del sector privado, en particular del campo, que el ahora candidato Axel parece estar queriendo corregir con sus visitas al interior bonaerense y sus mateadas con chacareros, al atardecer y entre las vacas. Pero en todo caso la de Axel fue una gestión consistente en un momento dificilísimo. Y honesta: igual que Alberto y Massa y a diferencia de otros dirigentes que desempeñaron cargos de alta responsabilidad durante los gobiernos kirchneristas, no pesa sobre él –ni, lo que resulta más notable, sobre ninguno de los integrantes de su equipo– una sola denuncia de corrupción. 

Axel logró lo que no consiguieron dirigentes provinciales con peso propio y proyección nacional estilo Coqui Capitanich o Agustín Rossi ni jóvenes ambiciosos tipo Amado Boudou o Juan Manuel Abal Medina: expresar cabalmente al electorado kirchnerista y hacerlo sin diferenciarse, sin optar, como Scioli, por el contraste como forma de construcción de un perfil propio. Axel es el primer dirigente netamente kirchnerista –fuera de Néstor y Cristina, claro– que goza de altos niveles de conocimiento y popularidad, incluso a nivel nacional. Puede ser, finalmente, el heredero de los votos. La campaña bonaerense será la oportunidad de comprobar si logra traspasar esta frontera dura y si el experimento que encarna –un candidato de origen universitario y perfil izquierdista en una provincia de cultura política conservadora y duhaldista- resulta exitoso.  

Concluyamos. El protagonismo de Alberto y Massa, dos ex jefes de gabinete que se alejaron exhibiendo sus diferencias con Cristina y la enfrentaron durante una década, implica un cambio feroz en la orientación del kirchnerperonismo, tan profundo que obligó a Macri a quemar los manuales de Durán Barba y elegir como candidato a vicepresidente a Miguel Angel Pichetto, que no es mujer ni es joven y ciertamente no es empático. Los anuncios de candidaturas se suceden y el polvo todavía flota en el aire. Pero parecen apuntar en el mismo sentido de una Argentina que quiere dejar atrás la era de la grieta para inaugurar una etapa de acuerdos, apertura y rosca.

* Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur.

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