Eloísa Tarruella y "Como el clavel del aire"
La dictadura y el presente
En la obra que se presenta los viernes en el Centro Cultural de la Cooperación, cuatro mujeres cruzan sus historias para trazar un diálogo signado por la fuerza femenina.
"Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella."Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella."Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella."Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella."Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella.
"Toda obra es una orquesta: los actores tienen que funcionar en conjunto", dice Tarruella. 
Imagen: Verónica Bellomo

En Como el clavel del aire, nuevo trabajo de Eloísa Tarruella como autora y directora, “el pasado resignifica el presente”. Se trata de una obra “no lineal” que cruza dos exilios: el de Olivia, una mujer mayor que en la actualidad debe abandonar forzosamente el hogar donde siempre vivió, y el de Sara, que en 1976 padece las consecuencias del golpe. Este diálogo entre la última dictadura cívico-militar y el neoliberalismo del presente también pone en primer plano “la fuerza femenina”, tópico que fue, de hecho, el primer motor en la escritura de Tarruella. El espectáculo -que cuenta con actuaciones de Julia Azar, Brenda Bianchimano, Brenda Fabregat, Julieta Puleo y Julio Bambill- se presenta los viernes a las 22.30 en el Centro Cultural de la Cooperación (Avenida Corrientes 1543).

El personaje de Olivia, de más de 70 años, vive en su casa de toda la vida. Una empresa constructora, aliada a la Municipalidad, quiere obligarla a desprenderse de su hogar para realizar un emprendimiento de construcciones de torres modernas. Ella se niega. Comienza a cobrar importancia su vínculo con la abogada que viene a presionarla. Olivia es escritora, y está dedicando su tiempo a una novela acerca de la historia de dos hermanas (Sara y Chavela), ubicada en la dictadura militar. “La obra transcurre en dos tiempos. La novela empieza a hacerse cuerpo en el escenario. Hay un ida y vuelta”, remarca Tarruela. Las hermanas tienen una particular relación, que se va modificando a lo largo de la pieza.

“No es una obra lineal. Todo el tiempo está el pasado dialogando con el presente. Por momentos sucede algo en el pasado y se habla en presente… tiene que ver con lo que la obra cuenta. Olivia dice: ‘somos el tiempo que nos toca vivir’”, detalla la autora, que también es directora de cine. En teatro ha dirigido piezas como Amorar, Los amantes del cuarto azul, Anais y El mundo en mis zapatos. En mayo estrenó su último trabajo cinematográfico, Bailar la sangre, en codirección con Andrés Martínez Cantó.


-Son varios los temas que toca la obra. ¿Cuál fue el motor para la escritura?

-Lo primero que me tiró fue el tema de la energía femenina unida. También me gustó que uno de los personajes fuera una mujer de 75 años, porque la vejez no está bien vista. Está asociada a la muerte y cosas negativas. Y Olivia está llena de vida. Es un personaje activo que escribe y cuida sus plantas. Es mostrar otra cara de la vejez.


-Desde lo formal, ¿resultó un desafío poner en diálogo los dos contextos?

-Fue uno de los grandes desafíos. Por momentos, los personajes hablan en pasado o en presente, a veces en simultáneo… requería de mucha coordinación y manejo de los tiempos y escenas por parte de las actrices. Yo había trabajado con la mayoría de los actores. Entonces ya sabía que iba a ser todo bastante fluido, de construcción colectiva. Toda obra es una orquesta. Los actores tienen que funcionar en conjunto y siempre en pos de contar una historia. La manera que propuse representaba el desafío de una puesta no lineal. Entran, vienen, sale uno, entra el otro… Hay un momento en que hay una carta, vinculada a una historia de amor, y se lee en dos tiempos. En un momento están tres personajes diciendo una carta. Es uno de los más poéticos de la obra.


-Hay una ruptura de linealidad en relación a los tiempos, pero luego la obra conserva rasgos tradicionales del teatro, como los personajes en sentido más estricto. ¿No?

-Para mí, los personajes son fundamentales. Hay algo del vínculo que genera el espectador con el personaje, de la identificación, que es fundamental. Soy tradicional. Soy del personaje y del arco de transformación. Es súper importante que haya cierta universalidad. Me gusta cuando uno va al teatro y queda dentro de lo que se cuenta. Trabajo en pos de eso.

-¿En qué sentido el pasado resignifica el presente en la obra?

-El proceso de escritura fue muy fluido. Fue un mes de trabajo diario. Tenía la idea, así que era solamente sentarme y escribir. Y fue muy fuerte. En ese momento lloraba mucho. Me involucraba, me emocionaba con lo que me estaba pasando y lo bajaba a palabras. Y apareció eso, ese diálogo. Salvando las distancias, porque hoy en día estamos en democracia. Estamos viviendo sucesos muy tristes. La obra tiene la cuestión de los exilios. Sara se tiene que exiliar; Olivia también. Las obligan a dejar sus raíces. Estos dos tiempos tienen en común el desarraigo. También la fortaleza de estas mujeres. Olivia se aferra a su decisión, no le importa el final. Igual que los personajes de Sara y Chavela. Olivia dice “¿qué es el progreso? ¿cemento hasta tapar el sol?” Le vienen a vender el progreso pero le van a destruir la casa, con sus flores, plantas y libros. Hay muchas cosas en común entre el pasado y el presente, salvando las distancias entre una democracia y una dictadura.

-¿El teatro debe mirar a su época? En la cartelera porteña parece haber, en este momento, más obras que antes con un contenido político claro. Quizás por la urgencia de estos tiempos…

-Los artistas vivimos en un momento histórico y de alguna manera nos va atravesando. Sentimos la necesidad de hablar de ciertos temas en determinado momento porque nos van atravesando y movilizando. Evidentemente todo lo que está sucediendo, y la historia de mis viejos, que fueron militantes en los setenta, se condensaron en Como el clavel del aire, más la unión entre mujeres, que ahora está más fuerte que nunca. Fueron varios los temas que se fueron filtrando, haciéndose dramaturgia y ahora obra. Igual, siempre hay tendencias. La cartelera es muy diversa. En otro momento había más historias familiares. Yo le escapo bastante a meterme en una moda; busco lo que me moviliza.

 

-Con temas políticos se puede llegar a bajar línea, cosa que muchos creadores evitan. ¿Cómo se logra?

-No me gustan las obras baja-línea. Considero que esta no lo es para nada porque está contada desde la autenticidad de cada personaje, de sus conflictos internos y no desde “necesito decir esto y que se entienda”. Plantea preguntas y deja cosas abiertas. Temas hay un millón, el asunto es cómo se cuentan. Huir a los estereotipos está bueno. Sino uno se queda en un panfleto. Tuve muchísimo cuidado. No podemos bajar lo mismo que vemos en el noticiero a una pieza teatral; puede generar hasta un efecto contrario.

 

 

-¿Qué aspectos de la militancia de tus padres se filtraron en el material?

-Mis viejos fueron los dos militantes. Siempre fueron de hablar mucho de política e historia, me crié yendo a las marchas del 24 de marzo. Estaba muy empapada de lo que había sucedido y de la lucha de mis padres. Y esto está muy presente en la obra. El tema de las flores y las plantas aparece por mi vieja, Mercedes Pérez Sabbi, que es escritora. Me crié viéndola con ese amor por el cuidado de sus plantas. La obra termina siendo una metáfora: el clavel del aire crece sin raíces, se va aferrando a otras flores y plantas para vivir. “Siempre habrá una flor”, dice la obra. Siempre quedarán flores en medio del desierto.

 

 

 

 

 

 

 

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