Una película sobre la educación pública universitaria y las formas de evaluación
Las facultades, el documental de Eloísa Solaas
En esta entrevista, la directora reflexiona sobre su filme, un retrato social focalizado en los alumnos que excede lo académico, y profundiza en las formas de aprendizaje y la legitimación del conocimiento.
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Eloísa Solaas, directora del documental Las facultades 
Imagen: Xavier Martín

El estreno de Las facultades, el documental de Eloísa Solaas, se convirtió en uno de los acontecimientos cinematográficos de este año. Comenzó con el premio a la mejor directora en el último BAFICI, el estreno en Malba y Gaumont en el mes de julio, y siguió con la proyección del debate alrededor de la película en otros ámbitos por fuera de la cinefilia. En estos días se presenta en la Facultad de Filosofía y Letras, pasó por Córdoba en el Cineclub Hugo del Carril, continúa durante todo agosto en el Malba, y tiene varios festivales en vista para su recorrido internacional. En varias de las proyecciones a las que asistió Solaas, se iniciaron charlas que trascienden a la película en sus dimensiones cinematográficas. La educación pública, el examen oral como instancia evaluadora, los espacios de estudio y los vínculos sociales que se tejen en la construcción del conocimiento son temas que la película aborda de manera sutil e inteligente y que disparan infinitas reflexiones. Del perfil de las instituciones a las instancias de intercambio, del estudio como puesta en escena hasta el rigor del examen y la incertidumbre del resultado, la ópera prima de Eloísa Solaas ofrece un retrato social más allá de lo académico, un recorrido por los rostros que escenifican tanto las formas de aprendizaje y la legitimación del conocimiento, como los intercambios simbólicos que desnudan cómo funciona una sociedad desde sus bases.

Todas las facultades

“Desde el comienzo supe que Las facultades iba a ser una película que si bien se concentra en algo muy concreto como es la escena del examen oral, también se iba a abrir a otros sentidos. Cuando pensaba en el título, tanto Las facultades como Exámenes, que era la otra idea que tenía en mente, son palabras que tienen más de un sentido. Pero Las facultades me resultó más interesante porque abría un abanico de posibilidades, desde las facultades humanas a las facultades jurídicas, siempre en relación a lo que implica constituirse como individuo, no solamente como alumno. Cuando filmamos en Medicina la idea de las facultades no solo refería al entorno físico y a las habilidades de los chicos en la disciplina, sino a los preparados cadavéricos con los que trabajaban, que recordaban las facultades humanas de cuando estamos vivos y que ahora son parte de ese estudio”. Las reflexiones de Solaas recrean la dinámica de su cámara, que se funde con el entorno haciéndose testigo invisible de ese procedimiento que ocurre ante sus ojos y los nuestros. Los chicos estudian, preparan las estrategias para dar cuenta de lo aprendido, rinden sus exámenes y esperan el dictamen de sus evaluadores. Pero en los resquicios de esas instancias algo más sucede: los vemos ensayar su aprendizaje, intercambiar preguntas, recorrer su propio camino de conocimiento y lograr lo imposible: plasmar en imágenes los matices de un proceso interior.

“Originalmente mi idea era trabajar sobre la situación de examen, sobre esa instancia de evaluación. Pero mientras buscaba filmar algo más, algo del orden de lo previo, me di cuenta de que la figura clave era la del diálogo. Un examen es un tipo de diálogo, a veces unilateral y siempre atravesado por una situación de poder manifiesta, que no deja de ser un intercambio de orden socrático, vinculado con una forma de estudio propia de nuestra idiosincrasia”. Las formas de estudio que registra la película en su primera parte priorizan la horizontalidad: Maria Alché –la actriz y directora que aquí aparece en su calidad de estudiante de Filosofía- discute con su compañero la representación de la divinidad en el pensamiento de algún filósofo; dos estudiantes de arquitectura preparan una maqueta a partir de un dibujo; Jonathan –un joven preso que estudia Sociología- y su amigo reflexionan sobre el uso del lenguaje en las instancias académicas. Esos intercambios muestran el aprendizaje como una forma de trabajo conjunto, que combina la discusión, la corrección mutua y la reflexión permanente sobre los cambios que traen aparejados esos nuevos saberes. “Me interesó mucho un diálogo que tiene Jonathan con un compañero porque ahí aparece el tema del lenguaje, que en el caso de él marca la tensión entre los ámbitos en los que se mueve, la cárcel y la academia. Aprender es entonces aprender un lenguaje, sus palabras, sus tecnicismos, y empezar a incorporar una nueva forma de hablar, que se da casi de manera inconsciente.”

Las palabras y las cosas

“Hay algo que me interesaba de antemano y tenía que ver con el uso del cuerpo y el trabajo sobre lo gestual. La pregunta que me hacía una y otra vez era: ¿cómo se adquiere el conocimiento? ¿En qué momento uno lo tiene, ya es parte de nosotros? En ese sentido, el hecho del examen era una forma de apropiación de algo que antes era ajeno, incluso físicamente. Esa cuestión física era la que yo quería observar con la cámara, la instancia de apropiación de una gestualidad que da cuenta de ese aprendizaje”. El examen en Derecho es el más gráfico en este sentido. Un grupo de estudiantes recrea una audiencia, algunos representan a la fiscalía, otros a la defensa, y el profesor es quien juzga y da sentencia, dentro y fuera de la representación. Ese juego de espejos pone de manifiesto la idea del examen como una performance, que requiere un determinado vocabulario –“esos términos legos los dejamos de Figueroa Alcorta para allá”, les recuerda el profesor ante un fallido en la terminología- y una forma de comportarse que exige ensayo y perfeccionamiento. Como nos demuestra María Alché cuando plantea preguntas a su profesor y demuestra su seguridad en el dominio de la situación, saber es actuar que sabemos, es representar un rol, es construir un personaje y creérselo hasta el final.

El trabajo con el espacio es uno de los grandes logros de la película. Solaas sugiere una intimidad casi confesional en espacios destinados a la circulación masiva y el permanente bullicio. Sus encuadres permiten la concentración del estudiante de medicina en las partes del cuerpo humano aun en la inmensidad del laboratorio, o la atención de dos estudiantes de botánica en la frondosidad de un jardín cuando observan con detenimiento los pétalos de las flores. De la misma manera, el encierro de un examen y la claustrofobia de la evaluación se pueden sortear por el recorrido de un cuerpo a lo largo del espacio. Es lo que hace Jonathan cuando adquiere confianza en su aprendizaje y camina de un lado al otro del aula, desafiando la normativa de su propia realidad carcelaria. O lo que genera la tensión entre las discusiones del juicio en el examen de Derecho y las imágenes de la Villa 31 que asoman por la ventana logrando los ecos más inesperados. Cada rincón que registra Solaas con su cámara lleva la huella del movimiento que lo atraviesa, de los gestos que lo circundan, del lenguaje que lo interroga aunque sea desde su silenciosa permanencia.

La puesta en escena del poder

Hay una decisión que marca toda la película. Mientras el aprendizaje y la evaluación encuentran representación en instancias de estudio primero, y de evaluación después, lo que permanece como un consistente misterio es la incertidumbre del resultado. “Deliberadamente decidí no incluir la muestra de los resultados. Al principio no tenía demasiado en claro por qué. Me parecía que no eran los momentos cinematográficamente más interesantes. Hubo algunos casos en los que estuve a punto de dejar la entrega de la nota, pero después me daba cuenta que era un ejercicio de banalidad, en el que todo lo que había construido se reducía a una nota, a un número. No sé si lo hice por una idea moral definida, creo que me parecía que sostener ese misterio preservaba la idea de que el conocimiento nunca es algo concluido. En ninguna carrera.” El movimiento de los cuerpos en el último tramo de la película, el uso de espacios más abiertos, la sugerencia del reinicio de las clases hacia el final da cuenta del universo académico como el escenario de una paradoja. La que combina el encierro con la circularidad, la búsqueda de una meta con la certeza de que el camino continúa, la ambivalencia de los éxitos y los fracasos.

Pero el examen es también una radiografía del ejercicio de un poder. Hay alguien que debe someterse a la evaluación de su conocimiento adquirido, hay otro que tiene la autoridad para legitimarlo. Esa lógica que contradice la socrática del intercambio se fortalece cuando la desigualdad se hace evidente, cuando el alumno falla en la evaluación y el horizonte de su fracaso se hace demasiado evidente. Allí –en el examen de botánica sobre las flores y en el de cine sobre la teoría de André Bazin- los planos de Solaas se hacen más prolongados, dejando que el conflicto se desenvuelva en su interior sin necesaria intervención. “No quería extenderme demasiado para no perder el ritmo, pero sentía que en esos momentos había algo en el interior de la situación que permitía mantener la atención del espectador. Hay una mezcla de incomodidad e identificación que se da en esas situaciones. El examen final implica, de alguna manera, un sometimiento, es el precio que hay que pagar después toda una cursada para obtener un resultado, la legitimación de un saber adquirido. Y esa lógica implica un intercambio entre aquel que tiene el poder y el que tiene que someterse a esa instancia, para lo cual va ensayando una serie de estrategias, dar batalla, cambiar de eje, rendirse.”

El realismo de la observación

El examen de la alumna de Diseño Imagen y Sonido sobre la teoría baziniana funciona como un tópico que permite a la película discutirse a sí misma. ¿Es todo documental de observación el peldaño superior en la escalera del realismo cinematográfico? “Mi intención era lograr una cámara invisible, muy cerca de las caras de los chicos que rendían examen sin que ellos la perciban, insistiendo en que se olviden de su presencia. Eso requería un equipo técnico muy reducido y determinado tipo de cámaras, y de lentes, que permitieran entrar en la escena estando algo lejos. Creo que eso autoriza a un tipo de registro de los hechos de la ‘realidad’, en los que yo no intervengo para que se produzcan. Las únicas indicaciones que yo les di a los participantes fueron que no miren a cámara y que traten de olvidarse de ella. Pero luego es paradójico porque en el montaje hay un nivel de trabajo casi hollywoodense, en el sentido de no develar el artificio, construir una estructura de plano y contraplano que falsifica algunas situaciones, alterar la temporalidad de los eventos. En términos de Bazin hay mucho ‘montaje prohibido’, pero al mismo tiempo hay una obsesión por lo ontológico de la imagen, por la conexión entre el registro observacional y los sucesos de la realidad, que conecta con el realismo baziniano. Por eso la escena del examen de cine me parecía que ponía en discurso esas reflexiones que atraviesan a la película”.

Tal vez sea uno de los planos finales el que mejor sintetiza el espíritu de Las facultades. En el pasillo, frente a una de las aulas, varios alumnos esperan la entrega de las libretas de calificaciones. De fondo se escucha una melodía de Ravel que ejecuta un estudiante de música. El plano fijo de la espera se altera al ritmo de los lejanos acordes, el foco recorre los rostros demudados, las reacciones imprevistas, la euforia contenida. Esa imagen condensa los múltiples sentidos a los que aspira el título de la película: el saber y el lenguaje apropiado, la incertidumbre del resultado, la adquisición del ímpetu por la disputa. Entre los sonidos de esa composición impresionista vislumbramos a quienes Eloísa Solaas dio presencia en su película, esos mundos que se escenifican en el aprendizaje y su evaluación pero que también dan cuenta de quienes son los que los habitan. 

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