El acordeonista celebra 30 años de carrera
Chango Spasiuk: "Todo superó mis expectativas"
En el verano de 1989 se convirtió en la Revelación de Cosquín, y desde entonces supo recorrer múltiples caminos. Este sábado celebrará en el Teatro Opera.
"El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk."El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk."El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk."El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk."El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk.
"El concierto es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar", dice Spasiuk. 

El video subido a YouTube apenas supera los nueve minutos. Arranca con la voz y la imagen de Julio Maharbiz en el Cosquín 1989, presentando a un aún ignoto Chango Spasiuk. Al escueto relato le sucede la apertura de un telón que entonces no ocupaba todo el ancho del escenario Atahualpa Yupanqui. Y allí emerge la figura de ese precoz acordeonista, que apenas contaba con 21 años. Era fines de enero. Hacía calor, la plaza estaba llena y no sabía él, el Chango, que dos días después del sorpresivo y sorprendente debut, la comisión del Festival lo nombraría consagración. “Parábamos en un camping, y no teníamos plata para quedarnos dos días más. Así que nos volvimos a Apóstoles y, cuando llegamos, me encontré con la noticia del premio. Querían que volviera pero no podía”, evoca Spasiuk hoy, acerca de aquella jornada que, por su peso intrínseco, significó el punto de referencia exacto para marcar su trigésimo aniversario. “Además de mi concierto, cinco días antes me habían invitado Los Chalchaleros a tocar una canción con ellos (“Merceditas”), durante la primera noche del festival”, cuenta a Página/12.

-“Van a ver ustedes lo virtuoso que es este joven con el acordeón… Spasiuk, un gran valor de la música del litoral”, dijo Juan Carlos Saravia esa vez, mientras vos te ibas acomodando para tocar. ¿Tenés algún registro de lo que sentiste, de lo que te pasó en ese momento?

-Del momento, por ahí. Por empezar, antes de tocar aparecí en el camarín con Los Chalchaleros y con Atahualpa Yupanqui. Luego salí a escena y me senté al lado de ellos con mi acordeón, a tocar. Y luego lo mío ¿no? No era lo mismo comenzar diciendo "Vengo de Misiones", que comenzar diciendo que había tocado con Los Chalchaleros en Cosquín.

El concierto-festejo del treinta aniversario será este sábado 21 a las 21.30 en el Teatro Opera (Corrientes 860), con Pedro Canale, líder de Chancha Vía Circuito, como invitado estelar. “Me encantaría que estén Isaco, Astor, Cocomarola, Paco de Lucía, Atahualpa, Luis Alberto Spinetta, hermoso e inmenso; Jimi Hendrix, Miles Davis. ¿Imaginate cómo sería hacer algo con Davis y Blasito Riera juntos?”, fantasea el Chango, viaja un rato. Luego del lapsus vuelve a la realidad, a los números. “No son treinta años de música, porque el acordeón lo toco hace cuarenta años ya, pero sí es una fecha simbólica porque, a partir de ese Cosquín, también apareció mi primer disco. Digamos que fue como un primer paso respecto de mi desarrollo a nivel nacional y discográfico. Pero hasta ese momento, había estado tocando… de hecho no llegué a Cosquín desde la nada, sino desde una preparación y de hacer un montón de cosas antes, en Misiones. Solo que ese Cosquín '89 fue el disparador para establecerme definitivamente en Buenos Aires, y cambiar un trayecto un poco más artesanal, más precario por uno de mayor exposición. 1989 no es cuando comienza todo, pero sí cuando empieza una parte visible mía, de aparición en los medios… comentarios, críticas, reseñas, esas cosas, en medios nacionales”

-¿Qué tocaste aquella vez en Cosquín?

-Fue un set medio eléctrico, porque era el sonido de mi primer disco que era la mitad con batería y la mitad sin batería. También subió un ballet para imitar cómo se bailaba en los casamientos de los inmigrantes ucranianos. De hecho, en ese concierto había un poco de chamamé y un poco de polcas rurales, de schotis… un cóctel que me acompañó durante estos treinta años. No sé. No soy mucho de mirar para atrás, pero cuando miro digo "Epa… han pasado cosas, hay un camino". Obvio que después miro para adelante y digo "quiero un poco más", tengo ideas, tengo ganas, tengo un poco más de fuerza y estoy proyectando nuevos desafíos. No es que estoy en el descanso del guerrero (ver aparte). Recurrentemente me pregunto qué me faltó, qué me gustaría hacer, por qué no ir en esta dirección, en fin, esas cosas.

-No mirás tanto para atrás... pero mirás.

-Y digo ¡guau!, cuántos caminos recorridos, cuánta gente hermosa, cuántos proyectos, cuánta gente de la que he aprendido algo. Cuantos momentos intensos, más allá de las cuestiones históricas, políticas, artísticas y personales... de las coyunturas. Creo que la vida ha sido generosa conmigo, ha superado mis expectativas. Y estoy profundamente agradecido por eso.

Lo que agradece profundamente Spasiuk es haber compartido con el cosmos la posibilidad de llevar las purezas folklóricas de su litoral natal hacia un lenguaje posible de ser leído por propios y extraños, a través de maravillosas piezas insertas en discos clave como Tarefero de mis pagos, Pynandí o Tierra Colorada. Discos que le proporcionaron premios Gardel, Konex, Honoris causas. También cruces con Mercedes Sosa, Bobby McFerrin, Divididos, Jaime Torres, Chucho Valdez, Lila Downs, Hugo Fattoruso, Ricardo Iorio y un largo etcétera, además de girar por variopintos centros y periferias del globo terráqueo, y de grabar en el Teatro Colón. “No es que arranqué con algo que luego derivó en otra cosa. A lo sumo, mi punto de partida tuvo una expansión, un desarrollo y un refinamiento estético. Pero los elementos siguen siendo los mismos de siempre”, afirma.

-No hubo un cambio estructural en tus músicas, querés decir.

-Ni de estructura ni de lenguaje.

-Para graficar mejor esta elipsis estético-temporal, ¿cómo tenés previsto el concierto?

-El concierto, que ante todo es un agradecimiento a quienes me dejaron expresar y experimentar, va a girar más sobre la música que estoy tocando ahora. No soy un músico de éxitos, de "hits"… no tengo esa obligación de decir "estos temas no pueden faltar". El concierto, más bien, será con la música de ahora que es producto de treinta años de trabajo y de búsqueda. De Pynandí, de Tarefero de mis pagos, de Polcas de mi tierra, de Tierra Colorada, en fin, discos en los cuales se expresa lo más representativo de mi mundo sonoro. Por otra parte, el principal elemento nostalgioso y evocativo va a ser tocar con mi primer acordeón.

-¿Cómo es esa historia?

-En Google se pone "Chango niño" y aparezco yo con una camisa celeste y gomina, tocando un acordeón amarillo, chiquito, que volvió a mí… una maestrina de veinticuatro bajos.

-¿Por qué decís que “volvió”?

-Porque a los dos o tres años de tocarla la tuve que vender para comprar otra, y esas otras que vendí para comprar otras no volvieron nunca más… pero mi primer acordeón sí volvió. Lo encontraron unos amigos míos en una chacras de Apóstoles. Se la compraron al dueño y me la regalaron. Con ella voy a tocar “El encadenado valseado”, una de las primeras cosas que toqué.

-Volviendo al concierto, ¿ arreglaste mucho tus piezas, o prevés tocarlas más bien puritas?

-A lo mejor no son los ensambles originales con los que fueron grabados muchos de esos discos, pero la sonoridad es la que me hace sentir más cómodo hoy: la percusión, el violín, el cello, la guitarra, la voz. Hay algunos marcos estéticos que siempre se repiten, y después un gran margen destinado a la improvisación o al desarrollo personal de cada uno de los músicos, porque cada uno de ellos pone lo suyo y es bello que cada uno haga su aporte creativo. Está bueno que cada instrumentista tenga un espacio en el cual ponga todo lo que tiene que poner.

-¿Cuánta es tu flexibilidad a la hora de escuchar propuestas en este sentido?

-Mucha, porque los músicos que tocan en mi grupo no son sesionistas sino artistas. Personalmente encuentro mucha belleza en lo que ellos proponen. Obvio que tengo que poner el marco y decidir hasta dónde pueden llegar para que haya una cohesión musical. Pero en los aportes espontáneos de cada uno hay mucho material… sería un imbécil si no lo aprovechara.

-¿Qué piezas se enriquecieron -y cómo- a través de esas otras miradas “cómplices”, si se quiere?

-La cadencia del violín de “Chamamé Crudo”, por ejemplo. Yo pongo los acordes, la armonía y después viene la cadencia del violín arriba, que parte de la creatividad del violinista. O los solos de percusión de la “Suite del Nordeste” también, donde Marcos Villalba decide cómo crear esas texturas a partir de mis propuestas. Siempre disfruto de la interacción con ellos.

 

El disco con Per Einar Watle

Chango Spasiuk acaba de grabar su undécimo disco, esta vez en compañía del guitarrista noruego Per Einar Watle. El trabajo, sucesor de Otras músicas y de Pino Europeo (trabajo que compartió con Pedro Canale), se grabó en Oslo y será publicado en Buenos Aires algún día de 2020. “Se concretó un proyecto que veníamos hablando con Per desde hace dos años, cuando nos conocimos en Oslo”, señala el compositor de Apóstoles. “Nos pusimos de acuerdo para hacerlo con músicos noruegos y mi percusionista. Juntos hacemos un repertorio mitad de Watle y mitad mío. Y versiones como la de ´El Boyero´, de Cocomarola cantada en noruego… muy buena experiencia”, se ríe el Chango.

-¿Cómo funciona la química musical entre un noruego y un misionero?

-A ver, yo diría que es como cuando escuchás los discos de Dino Saluzzi con otros músicos. Uno llega a una textura sonora que no puede dejar de ser argentina, pero que a su vez se estira un poco más. Obvio que el mapa se ha corrido un poco más de acá para allá que de allá para acá porque, cuando nacés en una tradición y la tenés tan incorporada, te es bastante difícil volverte neutro. Yo no puedo, al menos. No tengo esa capacidad.

-¿Y entonces?

-Trato de adaptarme y crear puentes, vasos conductores, sin dejar de representar mi tradición. Digamos que la sonoridad está bastante contaminada, en el buen sentido, por mi background, por mi raíz.

-Y por la apertura de Per y los noruegos…

-Por la apertura y la generosidad de ellos, sí, que se adaptan a mí más de lo que yo me adapto a ellos, aunque me he adaptado bastante. Diría que es un juego muy bello, muy interesante.

Además de las vicisitudes vinculadas al nuevo disco, el acordeonista acaba de llegar de su enésima gira junto a otro de su estirpe (Raúl Barboza), en esta ocasión por varias ciudades de Francia. “En noviembre vamos a España y Bélgica”, informa. “La vida ha sido muy generosa conmigo, digo, porque cuando tenía 15 años quería tocar como él pero, claro, para tocar como Barboza hay que ser Barboza (risas). Lo bueno es que encontrarte con esa limitación te empuja a ser vos mismo. En fin, es muy lindo girar y grabar con él. Lo que me pasa con Barboza es que, cuando mire para adelante no van a estar en mi boca las palabras 'me hubiese gustado hacerlo'. Disfruto tocar con él y, mientras lo estoy haciendo, también disfruto de escucharlo”

-¿Qué es lo que más disfrutás al escucharlo de tan cerca?

 

-Su sonido, cómo improvisa. Aunque su música, su concepción estética van por otro lado que el mío, disfruto mucho de tocar con él. Y también de la convivencia en las giras, que son súper relajadas. El es una leyenda, muy lindo hombre. Toma mate, es muy gardeliano, le gusta mucho el boxeo... a su lado absorbo como una esponja.   

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