¡Ven a mis brazos, Obélix!

Mi hijo Benicio nació en 2006, muchísimos años después de la primera aventura de Asterix y Obelix. Pertenece a la generación digital, y es difícil verlo sin un dispositivo electrónico cerca. Y sin embargo, basta que uno de los dos pronuncie la palabra “¡Ferpectamente!” para que gritemos “¡Ven a mis brazos!” y nos fundamos en un abrazo.

Eso es Astérix. Magia.

Yo también me enamoré de la aldea de los irreductibles galos alrededor de los diez años, y leí todos los álbumes incontables veces. No solo me dio horas de diversión y varias muletillas que compartía con mis amigos Mauro y Diego, un código que nos divertía y nos servía para caracterizar a algunos mayores. Más de una vez me sirvieron para lucirme en las clases de Historia: aprendí más –o al menos más fácil- con los cuadritos de Uderzo & Goscinny que con los libros de texto.

En mi vida, en cada cantante desafinado está Asurancetúrix (“¡No, no cantarás!”), en cada líder torpe pero buenazo aparece Abraracúrcix sobre su escudo, en cada científico loco está Panorámix -¿Quién no quiso alguna vez probar esa poción mágica?-, todo viejo verde puede ser Edadepiédrix, los enconos interminables de dos vecinos son el reflejo de Esautomátix y Ordenalfabétix. En cada villano con pésima suerte veo al galeón pirata.

Y en el centro, ese par de amigos tan desbalanceados como para conformar el perfecto balance. El enano y el gordo (“¿Gordo? ¿Qué gordo?”), adictos al jabalí y a despanzurrar romanos, resolviendo toda situación con una mezcla de intelecto, inocencia, suerte y fuerza bruta. Astérix y Obélix (e Ideáfix) fueron más héroes que Batman y Superman, quizá por una sensación de autoparodia que en esos tiempos era difícil de encontrar en el comic estadounidense, donde la gravedad del héroe se imponía. Mis héroes galos desafiaban la gravedad –en varios sentidos-, transitaban alegremente la frontera del ridículo; la aldea era una manga de desquiciados que juraba por Tutatis y temía que el cielo cayera sobre sus cabezas, pero los que estaban majaretas eran los romanos.

Pobres romanos.

En el legado cultural a mis hijos Asterix fue un elemento ineludible. Ver que esas viejas aventuras producen en estos pibes digitales la misma fascinación y diversión demuestra una vez más la genialidad de René Goscinny y Albert Uderzo. Todas las noches, antes de dormir, los pibes leen algo: muchas veces el elegido es un álbum de los irreductibles galos. A los tres les gusta, pero Benicio heredó mi fanatismo. Por eso explicamos nuestro similar carácter algo colgado señalando que nos caímos en la marmita cuando éramos pequeños. Por eso cada tanto aparece la situación ideal para gritar “¡Ferpecto!” y que nos brillen los ojos al rematar “¡Ven a mis brazos, Obélix!”.

Porque estamos majaretas. Por Tutatis.

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