Un posible límite a la hipótesis del patriarcado
¿Por qué los hombres insultan a las mujeres?
Ciertos casos de femicidios recientes o de varones seductores que estafan o vulneran mujeres ya no se explican por la violencia invisible del patriarcado, sino por una misoginia difícil de reconocer, que a veces incluso se presenta con argumentos políticamente correctos.
Imagen: Gonzalo Martinez

La sociedad patriarcal se caracterizó históricamente por excluir a las mujeres como agentes de la violencia. Esto produjo un tipo particular de violencia, que podría llamarse “violencia invisible”, es decir, la que, fuera del espacio público, ejercían (y todavía ejercen) los hombres contra las mujeres. Es un tipo de violencia que se manifiesta a través de situaciones de intimidad (la relación de “cuidado” entre marido y mujer, la relación de “confianza” entre dos compañeros de trabajo, etc.).

Sin embargo, esta violencia no excluye su aparición pública, porque antes que de lo privado es de lo íntimo. De ahí su carácter invisible, y la necesidad de que sea visibilizada. Pensemos en otro caso “típico” de violencia patriarcal, que no es el de la vida doméstica: me refiero a la conocida situación en que un varón ofrenda un piropo a una mujer en la calle, y ante la indiferencia de ella… se la injuria. Este es un aspecto que merece ser pensado: ¿por qué los hombres insultan a las mujeres?

En principio, es curioso que la respuesta no sea una simple degradación, sino que este tipo de acoso suele llevar la marca del erotismo. El campo semántico del insulto, en este caso, se organiza alrededor de ser considerada “puta”. El segundo punto significativo radica en esclarecer por qué el varón no se angustia cuando recibe el desprecio o la indiferencia de la mujer. Para un hombre que puso a prueba su potencia, en un intento de seducción, la impotencia podría haber sido una posibilidad. Sin embargo, el insulto lo pone a salvo de esta división subjetiva, ¿cuál es el motivo de una defensa tan eficaz (como cobarde)?

Para dar cuenta de este aspecto, el psicoanálisis puede recurrir a la más básica de sus elaboraciones: el mito freudiano de la hora primitiva, según el cual, en un tiempo mítico, el padre gozaba de todas las mujeres. Ahora bien, al insultar a una mujer, por ejemplo, al decirle “puta”, un hombre instituye a esa mujer como objeto de goce, de un goce que pertenece al padre. Esto explica por qué el insulto es una defensa eficaz contra la angustia: no es que él fallo al seducirla, no es impotente, sino que la mujer era de otro, del padre.

En más de un aspecto, la violencia patriarcal (y sus resabios) puede explicarse a través de la pervivencia de esta fantasía en muchos varones. En el caso dramático de la violencia doméstica, da cuenta de que la paliza a la mujer sea seguida de escena de pedidos de perdón. En el mito freudiano, la muerte del padre produce la incorporación de su presencia normativa a través de la culpa. Luego de golpear a su esposa, el varón arrepentido que promete que no volverá a pasar, reprime a ese padre que encarnó en la paliza (que tenía “derecho” a gozar de la mujer) para descubrirse como parte de una comunidad, a la que dañó con su acto. 

Desde este punto de vista, la violencia patriarcal se presiente debajo de la relación de alianza entre sujetos, es la presencia latente de la objetivación de una jerarquía entre los sexos. Por eso es un tipo de violencia invisible. Una violencia reprimida que debe ser puesta ante los ojos. Sin embargo, en la sociedad contemporánea no es el único tipo de violencia género. En particular, en ciertos casos recientes de femicidios, o bien en la posición de ciertos varones seductores que se dedican a estafar o vulnerar mujeres, la posición pareciera ser otra. He aquí donde la hipótesis del patriarcado encuentra quizá un límite.

En el caso de los femicidios, es notorio que en muchos de ellos se adviertan celotipias fuertes en su fundamento. Pero no se trata de los celos típicamente masculinos, aquellos que confrontan a un hombre con el conflicto que le representa querer poseer a una mujer, y que sólo consigue resolver a través de la renuncia a tenerla. En este tipo de celos, antes que un objeto a ser poseído, la mujer es un sujeto al que se le supone un goce. Hay una diferencia sustancial entre un objeto de goce y un sujeto al que se le supone un goce. Por esta vía, el psicoanálisis podría contribuir al debate sobre violencia de género con aspectos concretos de su método clínico (antes que con generalizaciones especulativas).

Respecto del segundo caso, la figura del gigoló es un emblema. Una amiga, que también es filósofa, María José Rossi, ha inventado un término para referirse a este tipo de casos: los “tipitos”. El diminutivo es elocuente. No se trata del varón dispuesto a atravesar los conflictos propios de la masculinidad, sino que es la posición de quien se mantiene a un costado y, eventualmente, asumiendo actitudes muy progresistas (incluso puede declararse feminista), practica un tipo de violencia demasiado visible para ser advertida. Ya no es la violencia invisible del patriarcado, latente y disruptiva, sino la presencia continua de lo que considero una misoginia difícil de reconocer. “Irreconocible”, porque a veces puede tomar los argumentos del pensamiento políticamente correcto, que esgrime la “igualdad”, pero destituir al varón de los conflictos que le puede implicar su masculinidad. Es el galán empedernido, el militante de las relaciones abiertas que angustia a su pareja con el temor a la pérdida de amor. 

De acuerdo con el mito freudiano del padre de la horda, antes que una encarnación del goce, en estos hombres se pone en juego la posición pasiva ante el padre como punto de fijación. Antes que la represión, lo que actúan es un retorno del padre por la vía de la perversión, a través de lo que he llamado en mi último seminario “clínica del soltero”. Ni neuróticos ni psicóticos, la perversión de los solteros. Inescrupulosos, en los que la ausencia de culpa es un afecto de falta de inscripción de una ley en la relación con el otro. Esos “tipitos”, instrumentales, narcisistas, pueden ser un estrago para una mujer.

* Doctor en Filosofía y doctor en Psicología por la UBA, donde trabaja como docente e investigador. Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Miembro del Foro Analítico del Río de La Plata. Autor de Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina (Galerna, 2016). Este texto anticipa su próximo libro Edipo y violencia. ¿Por qué los hombres odian a las mujeres? que publicará Letras del Sur.

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