Con Sandrine Kiberlain, Gilles Lellouche y Miou-Miou

"En buenas manos": un Estado presente

Hasta tal punto la directora Jeanne Herry insiste en esa presencia, que por momentos la película parece un institucional para promocionar la adopción en Francia. 

En buenas manos               5 puntos

Pupille, Francia/Bélgica, 2018.

Dirección y guión: Jeanne Herry.

Duración: 110 minutos.

Intérpretes: Sandrine Kiberlain, Gilles Lellouche, Miou-Miou, Élodie Bouchez, Olivia Cote, Clotilde Mollet.

Construida en el territorio de las problemáticas de los procesos de adopción, En buenas manos, coproducción entre Francia y Bélgica escrita y dirigida por Jeanne Herry, trabaja sobre circunstancias universales pero desde un punto de vista netamente europeo. Ese detalle, teniendo en cuenta las abismales diferencias sociales que envuelven a este tipo de hechos a ambos lados del abismo cultural que representa el Océano Atlántico, no resulta para nada menor. Como ocurría con la mirada del mundo obrero que la semana pasada se esbozaba en la también franco-belga ¿Dónde está ella?, se vuelve imposible equiparar al universo en que se desarrolla En buenas manos con la realidad local. Porque aún con todas las dificultades con las que la película complejiza el particular trámite de adopción sobre el que gira la historia, visto desde los parámetros de nuestro país todo el proceso aparece como casi ideal. Pero no hace falta que la comparación se realice en el terreno real. Alcanza con lo que exponen al respecto ficciones como El hijo buscado (Daniel Gaglianó, 2014) o Una especie de familia (Diego Lerman, 2017), que pueden ser vistas como la contraparte cinematográfica de esas diferencias estructurales entre un país (o si se quiere una región) y otro/a.

En buenas manos construye su laberinto dramático en torno del nacimiento de Théo, fruto del embarazo no deseado de una joven que asiste al hospital para dar luz de forma anónima y del mismo modo entregar a su bebé en adopción de inmediato. ¿Pero es posible parir en un hospital público y dejar a una criatura a cargo del estado sin que la madre nunca esté obligada a revelar su identidad? ¿O que esta se marche enseguida, habiendo cumplido con el único trámite (opcional) de rellenar una serie de formularios con los antecedentes médicos de la familia del recién nacido? Parece que en Francia sí lo es. En Argentina, en cambio, una mujer puede ir presa por presentarse agonizando a un centro de salud público, víctima de un aborto clandestino realizado de forma (muy) defectuosa. Como se ve, las realidades no son comparables. Así y todo, las películas pueden ser útiles para que, a partir de su reflejo, cada espectador pueda elaborar una mirada crítica de su propio contexto. A fin de cuentas, para eso sirve el cine. Entre otras cosas, claro.

A partir de ahí la película de Herry da cuenta de los mecanismos que estas circunstancias activan en el aparato estatal. Asistentes sociales, familias de acogida, controles médicos (básicos o de alta complejidad, si el caso lo demanda), el acompañamiento a las familias o los individuos adoptantes. En buenas manos da cuenta de un estado muy presente, al menos en este caso. Pero hasta tal punto insiste en esa presencia, que por momentos la película parece un institucional para promocionar la adopción en Francia. Un film de propaganda con toques telenovelescos y un final feliz con el que Sigmund Freud se haría un festín. Todo parece apoyar esa conclusión.


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