El descuartizador del sentido común literario no pregona en el desierto de la huida del mundo. El escritor Hernán Vanoli –un lector tan intenso como polémico- quiere instalar una discusión política urgente: las plataformas de extracción de datos llevan al extremo la precariedad de los escritores como trabajadores que “proveen de contenidos baratos a los grandes cazadores de atención y de clics”. Los escritores devienen “un proletariado de monotributistas sin representación ni sindicatos”. El amor por la literatura en tiempos de algoritmos (Siglo XXI) podría resultar un libro descorazonador para quienes añoran el protagonismo de los intelectuales, que han sido reemplazados por la “débil” figura del influencer. En estas once hipótesis desplegadas como ensayos para repolitizar a la “secta literaria”, Vanoli –autor de las novelas Pinamar y Cataratas y uno de los directores de la revista Crisis- evita cometer el pecado de la euforia tecnológica y escapa de la nostalgia de un campo literario que tal vez nunca existió.

No usé la palabra uberización, pero debería haberla usado”, dice Vanoli a Página/12. “El auto vendría a ser la computadora mientras que Uber sería Internet y las plataformas de extracción de datos que sacan el gran rédito –compara el escritor-. La figura de la uberización es muy buena porque a veces uno idealiza y dice que antes los escritores tenían posiciones más consolidadas en el periodismo… La posición del escritor siempre fue bastante precaria. En vez de existir una tensión con la industria cultural, un escritor escribiendo para un medio -Rubén Darío cuando escribió para La Nación-, hay otros actores más poderosos que el Estado y la industria cultural: las plataformas de extracción de datos, que precarizan más una cosa que ya era precaria de por sí”.

-En uno de los textos señalás que el fracaso es sinceridad, un bien escaso en tiempos digitales. ¿Cómo funciona el fracaso entrando a la segunda década del siglo XXI?

-El fracaso es una condición existencial; todos fracasamos cuando hacemos muchas cosas al mismo tiempo, y la idea de éxito viene con la cultura dominante y la educación tradicional. Uno va desarmándola a la largo de su vida. Antes había algunos polos de legitimidad que te permitían establecer ciertas jerarquías. En el campo literario estaban los escritores super prestigiosos en la rama académica y los que vendían mucho en el mercado; en esa oposición entre academia y mercado se iba conformando escalas de jerarquía. Eso no existe más; hoy los escritores conviven en todos lados y el éxito de mercado es muy azaroso y está cada vez menos vinculado a la literatura. Por otro lado, en la academia todos son expertos. Uno lee críticas en Facebook o en revistas digitales chicas y no hay un centro. Uno podría decir que Beatriz Sarlo es la última intelectual que pudo hacer una traslación de sus credenciales académicas hacia cierta visibilidad mediática. Pero en el plano específicamente académico su estatuto es polémico. Entonces Sarlo es un caso único y excepcional. La academia no puede dar legitimidad; a la sociedad no le importa lo que dicen los académicos, vamos a decirlo mal y pronto. Este escenario descentrado hace que todos estemos fracasando y tengamos una necesidad de contar ese fracaso.

-¿Se podría pensar en algo así como la materialización del tango “Cambalache”?

-Totalmente. Los intelectuales fueron reemplazados por los influencers. A pesar de ser tan mala en general, la televisión sigue funcionando porque da un poco de seguridad ontológica. Ver un programa que uno sabe que lo están viendo muchos tranquiliza y parece que todo es más sólido y menos volátil que si estás leyendo permanentemente opiniones súper politizadas en las redes sociales y no sabés cuál es el eje. Las personas necesitamos un eje; por eso los viejos medios del siglo XX como la televisión o los diarios impresos todavía tienen un sentido ordenador.

-¿El destino del escritor será convertirse en influencer?

-Es una posibilidad… El escritor, además de estar uberizado, puede transformarse en un influencer de lecturas y decir algo relevante sobre los libros desde una posición sincera. Los influencers de libros también son escritores; toda esa gente que tal vez no publicó un libro, pero lee mucho y habla de libros asume un poco el rol del escritor. Hoy es más difícil ser un buen lector que ser un buen escritor. Todos somos buenos escritores, pero ser un buen lector es más complicado. No planteo un futuro distópico en el que el papel ya no existe. Escribir un libro y publicarlo en papel añade protocolos de lectura a la obra. Publicar un libro en papel sigue teniendo un valor; antes había pocos libros y publicar un libro era un evento. Ahora hay muchísimos libros y cualquier persona con un poco de perseverancia puede publicar, porque incluso pagar una autoedición no es tan caro. No es una rareza publicar un libro, sino que la rareza es realizar una lectura significativa.

-¿Qué rol debería tener el Estado respecto de la tensión que se produce entre los negocios de las grandes plataformas y el derecho de autor?

-Hay una discusión de fondo respecto a cuánto pueden Google o Facebook reproducir y lograr clics con contenidos de los medios de comunicación. Lo mismo podría pasar en relación con los autores y las plataformas de extracción de datos: cómo generar un lugar abierto de la sociedad civil, donde los contenidos de cada autor y los datos que se producen por el acceso a esos contenidos no sean apropiados de manera privada por estas plataformas, y el Estado pueda velar para que la información esté abierta y que si resultase algún tipo de riqueza se distribuyera entre los que producen los contenidos. Cuando uno hace un posteo en Facebook, produce datos y capta atención, y ese espacio permite que pase publicidad también. No digo que Facebook debería pagarte por cada contenido que hacés, pero si generás muchos contenidos no sería loco que el Estado tuviera acceso a los datos que se producen y que el productor reciba algún tipo de retribución. Nosotros estamos trabajando gratis para Google y Facebook, y ellos están haciendo negocios con nuestros datos. Esta es una verdad fundamental que a veces uno la interpreta como “tengo un buscador gratuito”. Bueno, ese buscador gratuito se está alimentando permanentemente de lo que hacés. Romper ese sentido común es difícil, pero es una discusión que nos merecemos.

-¿Aira será el primer Premio Nobel de Literatura argentino?

-Me encantaría que Aira ganara el Premio Nobel de Literatura. Todo su dispositivo ficcional y su horizonte de problemas hablan del agotamiento del sistema de producción y distribución de la industria cultural del siglo XX. Aira es un escritor genial y merecía el Nobel.