Es imposible pensar la memoria como un acto meramente individual. La vivencia personal se nutre de un suceso colectivo, que con el tiempo se metaboliza y se elabora en el alma de cada uno. Ese episodio que se entrama con la experiencia subjetiva, a veces se torna inenarrable. Intentamos ponerle palabras. Pero las palabras son solo metáforas. Si es que entiendo bien, los lingüistas lo denominan “significante”. Y aunque Hölderlin sostenga que hay metáforas que son más concretas que gente caminando por la calle, toda alegoría acaba siendo una composición de lo íntimo y de lo colectivo.

Nunca había entendido la razón esencial por la cual mis padres abandonaron Polonia en el año 1946. ¿Por qué no en el 45, ni bien había finalizado la guerra, o en el 47?

Hace un tiempo visité la ciudad de Kielce, Polonia, lugar en el que se me aclaró el macabro misterio. El 1 de julio de 1946, Henryk Błaszczyk un chico polaco de 9 años, había desaparecido. El padre denunció en la comisaría local que su hijo no había vuelto a casa. Dos días más tarde, el nene apareció y afirmó que fue secuestrado por un judío, alimentando el prejuicioso mito medieval. Cuando concurrieron a dar testimonio a la comisaría, Henryk señaló a un hombre que, según él, lo había encarcelado en su casa, junto con otros más que estaban involucrados en el delito. Una patrulla policial fue enviada para registrar la casa en la calle Planty, el sitio donde Henryk supuestamente había sido secuestrado. La policía difundió los rumores sobre el secuestro y anunció que estaba planeando buscar los cadáveres de niños polacos que habrían sido víctimas de un crimen ritual. Alrededor de cien soldados arribaron al hogar comunal (algo así como la AMIA de Kielce), donde estaban viviendo los sobrevivientes judíos cuyos hogares habían sido devastados. Pocas horas después, violentamente, una muchedumbre comenzó a tirar piedras desde la calle. Tras aquella brutal reacción, 42 moradores del edificio comunitario fueron asesinados. Este no fue el único de los pogromos llevados a cabo en la Polonia de la posguerra, pero fue el que más conmocionó a los sobrevivientes de la Shoá, entre ellos mis padres, lo que los impulsó a abandonar la tierra donde sus antepasados habían vivido durante un milenio.

Sin duda alguna, como el cuchillo más filoso, los procesos genocidas provocan un corte longitudinal tan profundo que atraviesa de punta a punta la memoria generacional surcada por esa composición, mezcla entre lo íntimo y lo universal. Yo soy también la historia de Kielce, y ese es un dato de lo colectivo. Pero el material de la memoria subjetiva familiar arranca el 15 de septiembre de 1939, cuando los nazis llegaron a Hrubieszow, el pueblo de Zigmund, mi viejo. Ese mismo día ordenaron a los 11.750 judíos que se concentraran en la plaza central y a modo disciplinador tomaron a un puñado de ellos y los ejecutaron a la vista de todos. El primero en ser asesinado fue su abuelo, Hersz Zack, de bendita memoria. Bajo el llanto y la desesperación, mi abuela le ordenó a mi padre que se escapase, que se escondiera en los bosques aledaños. Durante días vagó entre los árboles y el hambre, hasta toparse por casualidad con un grupo de familias que constituían la resistencia partisana combatiente. Se unió a ellos en la guerra, y así sobrevivió su adolescencia con la carga de aquella experiencia, de la que nunca quiso hablar demasiado con sus hijos; solo a cuentagotas. En sus últimos días de vida, siendo yo adulto, me confesó que no había querido contarme los detalles porque no quería verme sufrir; y que dejaba todo su relato grabado en una filmación. La tengo guardada en una caja y hasta ahora me resisto a mirarla. Toda mi familia paterna, salvo unos primos, fue aniquilada en Maidanek, un campo de exterminio que increíblemente sigue con olor a cenizas.

Mi madre, Halina, sí se animó a contarme algunos detalles de su sobrevivencia. Había nacido en Ludmir, un pueblo de Ucrania cuya población de 7500 judíos fue confinada a un gueto, es decir que debieron abandonar sus casas y vivir en un pequeño sector delimitado del cual no podían salir, hacinados y bajo condiciones infrahumanas de salud y alimentación. En un acto de pulsión de vida decidió escaparse. Lo logró. Y pasó el resto de la guerra escondida en un lúgubre sótano junto a 12 personas más. De las 7500 almas de Ludmir, sobrevivieron 19.

A fines de 1944 el recorrido de la soledad hizo que ambos se encontrasen. A la semana se casaron. Como testimonio de amor en la locura, de coraje en el desconcierto y de rebeldía en el sufrimiento, guardo la Ketuvá, el documento matrimonial judío de Zigmund y Halina, escrita en una simple hoja irregular arrancada de un cuaderno.

Nuestra vida familiar transcurrió con ausencias y silencios, con cuentos de abuelos que nunca conocí ni siquiera en fotos, con melodías en idish de un mundo que ya no existe y con algunas pesadillas que bajo un grito despertaban a mi viejo y asustaban a sus hijos. Fueron esas voces las que me enseñaron que los recuerdos nos reclaman de noche cuando los reprimimos durante el día. Estos son algunos trazos de horizontes subjetivos que se proyectan en la existencia como imágenes no olvidadas y que completan el cuadro de una supuesta historia que hoy recordamos bajo un triunfante titulo de liberación. Pero de esos detalles biográficos, producto del infierno, nadie se libera. Son y serán para siempre el horror inenarrable al que intento ponerle palabra con este recuerdo.

 

Un dato adicional que necesito contarles. En el año 1998 Henryk Błaszczyk, el pibe de Kielce, fue entrevistado por un periodista polaco. Ahí admitió, sin remordimiento, que nunca había sido secuestrado, sino que de “puro travieso” se escapó por dos días al bosque. Paradójicamente los mismos bosques en el que mi viejo luchó y en el que seguirá eternamente combatiendo por su sobrevivencia.