En el final de Las palmeras salvajes de William Faulkner hay una frase citada hasta el aburrimiento por varias generaciones de machos y solo comparable en aplausos  a “El futbol: esa mujer” de Raúl Scalabrini Ortiz . Es   “-¡Mujeres!-, dijo el penado alto”.  La traducción es de Jorge Luis Borges. Pero William Faulkner había escrito “Women shit”. Borges, ante las carcajadas de Juan Carlos Onetti que, desde el lecho en que se había recluido durante sus últimos años, no perdió la ocasión de corregirlo (¡Mujeres, mierda!) habría incurrido en un acto de pudor. No estoy de acuerdo: el agregado de la puteada quita al sustantivo “mujeres” puesto entre signos de admiración, su potencia admirativa. Por eso, luego del paro del 8 de marzo, quiero titular este artículo con una paráfrasis de ese Borges vidente : “¡Hombres!-dijo la presa petisita”. 

Ladran Sancha 

Desde la primer marcha del Ni una menos, los agravios prêt-à- porter no hicieron más que señalar que éramos muchas y visibles  y el oportunismo de los agresores que esta vez no se molestaron nada en producir piezas de autor de la tradición polémica. 

Porque hubo el insulto casi glosolálico bajo la forma twitter sin ningún esfuerzo retórico, el aforismo zonzo con cero arte de la injuria, ese donde un caballero al que otro caballero le ha arrojado una jarra de vino, contestó “esto, señor, es una digresión; espero su argumento”, descalificaciones que nos hicieron extrañar a su modelo rector; el Fogwill que hacía polvo el discurso progre de los primeros años de la democracia uniendo el ingenio a la mordacidad política y el Fernando Vallejo misántropo de sus  novelas, antes de que ambos perdieran la gracia en la repetición de bufonadas propias de lo que Ricardo Piglia hubiera llamado los “Patricios Kelly de la literatura”. Intervenciones sin riesgo intelectual alguno, impostoras de la incorrección política, garantizadas por el consenso rápido luego de una concertación  inconsciente de algunos hombres y mujeres apresurados en firmar un aval oportunista. Sí, mujeres -las hubo en toda la historia de las movilizaciones feministas-que apostaron por el beneficio accesorio de distanciarse de las reivindicaciones como si el stablishment conservador necesitara de un escuálido voto más.  

Y detrás de esos exabruptos ¿no se escondía el terror a la agresividad femenina, que finge ignorar que la agresividad es la respuestas de la Historia cuando un movimiento paulatino o espontáneo, agitado por fuerzas diversas, decide reconocerse más allá del deseo de su opresor para acabar con otra clase de agresividad, la que le niega su mera existencia?  

Del bunker psi se emitieron llamados al orden con la claringrilla en mano de la teoría para recordar que en el loteo del significante “Falo” y su economía de ser o tener, ellas quedaban del lado de la mascarada y ellos de la impostura, cuando no el diagnóstico de “histeria” que volvió a intentar un anatema como cuando en los años dorados del psicoanálisis, se lo esgrimía para convertir la seducción en promesa de cumplimiento de un contrato coital.

¿Alguna vez se interpretó un paro de Moyano, de acuerdo a la posición masculina en torno al significante “Falo” o a los avatares de la neurosis obsesiva? ¿Sabrán los comedidos de este deslizamiento  sin mediaciones, de la interpretación política a la psicológica, imaginado como intervención crítica y de gaya inteligencia , que son herederos de la coalición positivista del ochenta , brazo tecno-científico estatal, que descalificaba la acción de anarquistas y socialistas convirtiendo a sus actores en casos clínicos como el de Salvador  Planas Vilella, obrero anarquista que intentó matar al presidente Quintana y fue estudiado por el psiquiatra Francisco de Veyga  de acuerdo a una  psicología que leía en tándem inmigración-locura y criminalidad?

Lo más sorprendente es que el acento de estas respuestas se pusiera en la figura de las víctimas y no de los asesinos. 

Compañeros

Durante un tiempo el silencio de la inteligencia fue unánime. ¿Por qué intelectuales locuaces, de prosa bien bruñida en metáforas radicales no vieron inmediatamente en el femicidio una interpelación política, por qué lo vinieron mencionando de acuerdo del almanaque de junio con una especie de feminismo de tutela onda “mirá que bien las chicas” o aplicaron a las plazas del Ni una menos la máquina tasadora del valor revolucionario de las plazas históricas cuando el que te dije salía al balcón o una mujer acuñó un bello slogan, para que se lo diera vuelta en “la patria es la otra”. ¿Por qué ese silencio o palabra a pedido como ante los pañitos higiénicos que se colgaban en la soga y la sangre no era de femicidio, aunque los hubiera, en la época en que Evita salía al balcón? ¿Cómo si fuera una cosa de las chicas para paternalismo guevaristas, perucas o lo que sea que huela a vestuario de club aunque lengua bien pulida? Hoy gracias a las plazas del NUM no sólo ya no hay voz que se eleve para desgranar una retórica populista que justifique al Monzón que dijo “En el cielo Alicia ya me perdonó” ni al Alberto Locati llevado a héroe cómico porque tiró por la ventana a Cielito O´Niell sino que los compañeros ya no pueden callarse sin ser sospechosos de complicidad.  Mantengamos con ellos la piedad, la dulzura y la comprensión que son virtudes tan femeninas. Ni hablar de sus metáforas florales en sus declaraciones de apoyo, de la mezcolanza de nombres femeninos en batiburrillos donde no figuraba ninguna feminista posterior al siglo XlX ¿Muchacho revolucionario que tenés bien sabidos tus Grundrisse, tu La hora de los pueblos o tu América profunda, no te vino a la cabeza siquiera una frase de poster de Emma Goldman? No importa, nuestra pedagogía es infinitamente paciente, aún bajo la forma del paro, nuestra puesta en acción, imparable.

Nodrizos 

Durante este 8 de marzo, el relevo de las mujeres en paro adoptó formas que podrían considerarse directamente opuestas a las del voluntariado carnero para relevar a los docentes en el suyo. El domingo pasado los trabajadores del diario Tiempo Argentino comunicaron que harían el diario mientras las compañeras participaban del paro y movilización que leyeron en parentesco político con la lucha que vienen realizando entre todos desde la Cooperativa “Por más tiempo”.  

Los Varones Autoconvocados por la Igualdad de Género difundieron un corto donde “ella” parte a la jornada de movilización y “él” se queda con niño y bebé  (¿hijos de ella?,

¿de los dos? , ¿de dos padres anteriores?). 

La Asamblea de Maricas y Bisexuales ofreció El Jardín de las Locas para niñxs de 5 a 12 años bajo la declaración entusiasta: “Somos putos, maricas y bisexuales cis y trans que discutimos los lugares naturalizados de la subjetividad gay misógina. Por esto afirmamos nuestra alianza con los feminismos y los movimientos de mujeres buscando construir una política del cuidado que no tenga que ver con los lenguajes opresivos de extorsión afectiva de la familia nuclear, sino con afianzar redes de coordinación para ir poniendo a punto modos de cuidado feminista y solidario”. 

Y hubo otra clase de apoyos masculinos como el recordatorio del club de hombres Mujer, colectivo insurrecto para discoteques cuyo manifiesto destila estertores de flujo perlonghiano e, inspirado en el feminismo de la diferencia y la interpretación literal de la frase de la ideóloga Luce Irigaray que afirmara alguna vez que “nuestros labios se tocan” (¿también en la maquila y en cuchitril de la trata?), proyecta un significante “Mujer” sobre un cuerpo convulso y megaorgásmico (“Envidiamos el clítoris/

Envidiamos el roce casi permanente de los labios vaginales/

Envidiamos las profundidades cósmicas de la matriz/

Envidiamos el mapa de intensidades de su piel/

Envidiamos los orificios de sus pezones y la granulosidad de su aureolas/Envidiamos su capacidad de dar como madres…”) más allá de la opresión …y de la política.   

Durante el paro “Mujeres” no significó ningún destino biológico ni un lugar determinado en la ecuación sexo-género ni reivindicaciones meramente específicas sino entramadas en múltiples malestares políticos.Y lo acompañaron los hombres feministas, aquellos que han comprendido la máquina mortífera del la masculinidad modélica en su propia carne y por eso están a la escucha de lo que la compañera puede liberar de sus propias cadenas, acogedores de pensamientos y acciones que se disparan al futuro sin caer en inmediata angustia genealógica ni tomar examen de revolución a la única revolución triunfante que estaba pero parecía en berbecho luego de los fecundos setenta y de su cada vez más visible trama latina; los que nos llevan del hombro, no en el clásico ademán propietario del que luce su ganancia en el mercado de los encantos, ni protector  puesto que al reconocer nuestra autonomía reconoce también nuestra potencia, ni como vector de una marcha en la que él solamente acompaña, sino como una señal de toque cálido a una sororidad que crece y lo aleja hasta de la comunidad biológica con el asesino. 

El psicoanalista Miquel Bassols, vicepresidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, en un texto escrito luego de la consulta sobre la violencia de género de la Organización de las Naciones Unidas escribió “del lado de ellos” que no equivale a decir “de su lado”: “Considerado en la posición masculina, el pasaje al acto violento sobre una mujer se suele revelar como una forma de buscar y golpear en el otro lo que el sujeto no puede simbolizar, lo que no puede articular con palabras sobre sí mismo. Un análisis detenido permite mostrar en cada caso la significación inconsciente por la que el sujeto masculino no puede llegar a reconocer lo que está golpeando de su propio ser alojado en el ser del otro, su pareja. Puede entenderse así la relativa frecuencia con la que el pasaje al acto ejercido por el hombre termina en un acto posterior de autolesión que no podría explicarse por ningún recurso a una supuesta culpabilidad asumida. No se trata tanto de un autocastigo como de la consecuencia última de un acto que toma al otro como lugar mediador en el que golpearse a sí mismo. Desde la parte femenina, la posición de consentimiento, hasta de sumisión aceptada, que se encuentra tantas veces como límite de una acción que se proponga como socialmente liberadora o terapéutica, muestra la gran dificultad que existe a veces para separar al sujeto de la complicidad con la posición de su pareja”.

Cuando una palabra diferente, aún no creada, clave el cincel de su precisión en lugar de “complicidad”, “consentimiento”, “sumisión” para nombrar el arrasamiento de una mujer ante la amenaza de su propia vida, cuando ningún hombre necesite matar en una mujer lo que lo aterra de sí mismo, la lengua habrá cambiado y, como siempre que eso sucede, la revolución que muchos sitúan en el pasado volverá a estar obligándonos a seguirle el paso.