Acerca de Letizia Battaglia, la valiente fotógrafa italiana que denunció la brutalidad de la mafia siciliana

Contra viento y marea

Su vida y obra han sido revalorizadas gracias a un documental de la reconocida realizadora brit Kim Longinotto.


Aunque hayan pasado más de 4 décadas, todavía recuerda la escena con inquietante precisión: el cuerpo de un hombre recostado bajo un olivo en una zona rural, hojas caídas sobre su torso, el pie izquierdo descalzo, el olor fétido, nauseabundo… “De tanto en tanto, vuelve a mí: vuelvo a sentir esa atmósfera de muerte”, admite Letizia Battaglia al rememorar el primer muerto que fotografió. Fue en 1974, apenas tres días después de haber comenzado su laburo como cronista gráfica de L’Ora, un vespertino siciliano de izquierda. Aquel momento, cuenta, “marcaría el comienzo de una historia que duró 19 años”. Una historia violenta, donde llegó a cubrir hasta cinco homicidios al día. No por nada habla de su cuantioso acervo de pics -más de 600 mil- como “un archivo de sangre”. Archivo de sangre que devino valioso registro de los años de plomo de Sicilia, isla donde nació, donde aún vive.

Si bien haber sido la primera fotógrafa de oficio de un diario italiano ya es enormemente admirable, más loable aún es lo que hizo con su Leica: en tiempos en los que primaba el terror y el silencio, no dudó en capturar y denunciar los estragos de la Cosa Nostra en el sur de Italia. Con imágenes que, aunque cruentas, están -por luz, por enfoque- bellísimamente compuestas. Y eso que LB se inició en el fotorreportaje orillando los 40 pirulos, sin experiencia ni formación previas… Sucede que, para huir de un padre castrense, Letizia se casó a los 16 años con un hombre que terminó siendo ídem, con el que tuvo 3 hijas. Se separan mucho rato después, cuando él la pesca infraganti con un amante y el asunto termina -literalmente- a los tiros. Aunque sin bajas, por fortuna… Entonces, ella se muda durante un tiempo a Suiza, luego a Milán. Y regresa a Sicilia, donde consigue que la tomen en L’Ora, aprendiendo en forma autodidacta fotografía a partir de observar con atención la obra de gente que admira: Mary Ellen Mark, Josef Koudelka, Diane Arbus…

“Recién cuando agarré la cámara, me sentí por fin una persona. Completa. Independiente”, se ilumina quien, con singular arrojo, instinto y sensibilidad, fotografía disparos, muertos, viudas e hijos de víctimas; gente sollozando en las calles; niños de mirada temerosa, perdida… También a los mafiosos que -a plena luz del día y con total impunidad- la amenazaban, la escupían, le advertían que se fuese de Palermo “porque tu sentencia ya está firmada”. “Es bueno estar un poco loca. Da coraje”, se ríe quien antaño solía toparse con integrantes de la Cosa Nostra en funerales, “y tosía mientras gatillaba para que no se oyera el clic”. Nótese que en 1979 imprimió en gran formato imágenes de víctimas del crimen organizado y las colgó… en la plaza principal de Corleone, dominio del clan más feroz de Sicilia.

“La fotografía no cambia nada: la violencia sigue, la pobreza sigue, los chicos siguen siendo asesinados en guerras estúpidas”, dice con sincera humildad. Pero sus imágenes sí sirvieron. Fueron, por caso, evidencia crucial para demostrar los vínculos del exprimer ministro Giulio Andreotti con el crimen organizado (de Battaglia es la foto que lo muestra junto al mafioso Nino Salvo, a quien había negado conocer). “Les daba vergüenza que quien los expusiera fuera una mujer”, asegura ella. Y cuenta que aunque la policía le ofreció protección, ella la rechazó de cuajo: “Hubiera perdido parte de mi libertad y no estaba dispuesta a resignarla por nada”. “Al final todo salió bien: sigo viva”, se jacta la incorruptible mujer, que tampoco tiene pruritos en compartir cuál fue el momento “más humillante de mi vida”: el puesto parlamentario que ocupó entre el ‘85 y el ‘87 como miembro del Partido Verde. “No hacía nada y me pagaban una fortuna. Todo se decidía afuera y la mafia seguía allí”, subraya rotunda.

Lo cierto es que, a sus joviales 84, con un novio 3 décadas menor, el pelo corto teñido de furiosa rosa, aún fumadora empedernida, ha sido recuperada y revalorizada su figura a nivel mundial. En buena medida, gracias a un documental que se centra en su vida y obra, celebrado por crítica y público: La fotógrafa de la mafia, de la realizadora brit Kim Longinotto. Film que tras pasearse por grandes festivales del globo (Sundance, entre ellos), acaba de estrenarse en la tevé de pago española (por la señal Movistar+, para más información).

Hace sentido que Longinotto haya puesto el foco en Letizia: es, después de todo, una documentalista de prestigio que suele centrar sus cintas en las experiencias de mujeres en contextos hostiles y sus resistencias. Para pruebas: Sisters in Law, peli de 2005 premiada en Cannes, que aborda la titánica labor de abogadas de Kumba, Camerún, para que mujeres y niñas víctimas de abuso tengan justicia. O The day I will never forget, cinta de 2002 destacada por Amnistía Internacional, que examina la extendida práctica de la mutilación genital femenina en Kenia, y las mujeres africanas que, con sumo coraje, buscan acabar tan cruenta tradición…

“Los mafiosos se hacían llamar ‘hombres de honor’ y la industria del entretenimiento –con Hollywood a la cabeza- se hizo eco de esa leyenda, la eternizó. Pero si algo demuestran las fotos de Battaglia es que no había nada honorable en sus acciones: asesinaron a sangre fría a niños, a jóvenes activistas, a sindicalistas, a gente genuinamente honorable que desafió la política corrupta”, destaca la inglesa, y agradece que la obra de Letizia ayude a desmitificar la narrativa romántica alrededor del crimen organizado. Letizia, por su parte, sigue dando pelea: contra la burocracia tana, por ejemplo, que aunque le puso palo tras palo en la rueda, no logró vencer su voluntad férrea de abrir el Centro Internazionale della Fotografia, primer museo de Palermo dedicado al mentado arte, que inauguró hace dos años y a la fecha dirige. 

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