Aislamiento 1 

Imagen: Juan Ignacio Roncoroni EFE

Yo nunca pensé en ir a Trenque Lauquen, no es que no me gustara la joda pero esa vez escuché el llamado del corazón. (Silencio). Bueno, no te voy a mentir, un toque lo pensé pero después decidí que era mejor quedarme y luchar acá, donde se me encargó una misión muy especial.

Ya para las 9 horas las calles estaban vacías. Yo seguía dando vueltas porque en los días así, sin gente. Los días así, digo, fijate, como si hubiera muchos días como ese en la vida de una persona. A lo que voy, es que me gustaba dar vueltas y vueltas y sentir como que el coche deslizaba. Nunca hice patín, porque cuando yo era pibe era: fútbol, basket, o catequesis. Pero calculo que debe ser así la sensación de patinar como la de ese día en que yo iba en mi coche, calle abajo, por 9 de Julio, y me acuerdo que en la esquina de Maipú me paró ella. Lo primero que le vi fueron sus ojos celestes, lo más cerquita del mar que estuve en muchos años.

Al hospital de emergencia, me dijo. Yo todavía no entendía qué pasaba, después ella me confesaría que ya sabía lo que iba a anunciar el presidente por la radio. Las intendencias de todo el país estaban al tanto desde la madrugada. Y ahí fue que el Ministro Maskarov empezó esa introducción solemne, como si estuviera por declarar una guerra. Después habló el presidente.

Parece que todo eso ocurrió en otra vida, otro mundo. Es como cuando iba a la escuela y de un día para otro, la vida me puso al volante de un taxi. Bueno hace de cuenta que todo el país iba a la escuela, doscientos años yendo a la escuela... tampoco es que habíamos aprendido mucho (risas). Esa es la sensación que tengo de ese día. El presidente se pronunció y después todo fue diferente. Cuando ella bajó el taxi, el país ya era otro, y mi vida también.

No, está bien, no me molesta contar mi intimidad, pero (silencio) fue una historia de amor la nuestra, y viste como son las historias de amor...todas iguales, si bien la nuestra tuvo el añadido de que nos conocimos a las puertas del apocalipsis, pero nada más. Lo que si te voy a confesar es que apenas la vi por el retrovisor no pude prestar más atención a la radio, ni al presidente, ni al Mal, ni a nada, solo a sus ojos: el mar había entrado a mi taxi.

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Yo estaba en mi casa lavando los platos. Nos habíamos quedado hasta tarde festejando el cumple-mes de mi hija. Si semejante despiole se armó cuando cumplió un mes, no me quiero imaginar ahora que cumple diez años (risas).

A mi, cuando estoy en casa, me gusta estar en silencio. Así que cuando irrumpieron con la cadena nacional, me rompió soberanamente los ovarios. Porque antes del Anuncio, la cadena nacional no llegaba a los celulares Esa fue la primera vez. Al principio no entendía que era lo que pasaba, estaba con un poco de resaca (risas). Pensé que era una alarma que me había puesto. Pero después me di cuenta que era la voz del ministro Maskarov. Y la verdad que sentir a ese hombre tan solemne, me hizo pensar enseguida: ¡Guerra! (silencio) ¿Pero con quién? ¿Malvinas otra vez? ¿Por qué iba a hablar el Jefe de Ministros, Maskarov, con ese tono catastrófico?

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Abajo de un Ford Fiesta, me acuerdo que estaba, cuando de repente la radio dejó de sonar y ahí nomás mi socio me dice que salga, que salga. Y yo no entendía qué carajo pasaba. Me parecía que era una joda, viste. Seguí laburando nomás, porque estaba por entregar el auto esa misma tarde, y uno ya había escuchado tantas cosas, que estaba curado de espanto. Pero parece que esta vez era en serio.

¡Qué lo parió, qué me iba a imaginar! Resulta que para colmo yo estaba con tos. Y digo, debe ser por esto del mal. Pero se ve que la tos venía por el lado del pucho (risas).

Bueno, yo cumplí con mi deber. Eso fue lo que hice. Me tuve que trasladar acá. ¡Quién iba a pensar que yo iba a terminar en Formosa! La verdad que mucho de tractores no sabía. Pero como me críe entre motores, aprendí rápido (silencio). Claro que no quedaba otra, hay veces en la vida, querido, que es aprender o morir.

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