La popularidad al poder

Imagen: Gentileza Presidencia

Entre las noticias recientes más importantes se ubica el unánime apoyo de los gobernadores a extender el período de aislamiento.

También ocurrió que la Corte Suprema falló casi exactamente en la dirección deseada por Cristina, para habilitar sesiones virtuales en el Senado; que Argentina rechazó los tratados de libre comercio encarados por sus socios del Mercosur porque “nos conducían a la pérdida de fuentes de trabajo”, y que hay un refuerzo extraordinario para la Tarjeta Alimentar junto con la convocatoria a empresas, productores y cooperativas, a fines de un nuevo proceso de compras estatales, más ágil y bajo el esquema de precios máximos.

Resulta que, en los medios (casi) hegemónicos, el respaldo de todas las provincias fue irrelevante; los supremos fallaron en contra de la vicepresidenta; Argentina se retiró del Mercosur (???) y las decisiones de Desarrollo Social directamente no existieron.

El centro es que encerrarse no da para más, que acecha o ya está el autoritarismo, que el Presidente va siendo cooptado por las hordas kirchneristas, que es una vergüenza importar médicos cubanos y que el rumbo hacia Argenzuela sería indetenible.

Si sólo se tratara de cómo opera en bloque ese conjunto mediático no habría nada nuevo bajo el sol. Pero es mejor prevenirse frente a algunos síntomas.

Se podría decir que la acción estatal, en lo que va del aislamiento, tiene tres perfiles delimitados.

El primero consiste en medidas de asistencialismo básico en el fondo de la pirámide. En verdad, a través de la tarjeta alimentaria, el Gobierno procedió hacia allí desde su comienzo.

Lo que se hizo, sobre todo en el conurbano bonaerense, fue multiplicar el reparto de alimentos. Tiene sus bemoles porque la ayuda en las barriadas populares, desde la crisis de comienzos de siglo pero antes también, es compartimentada.

Además del Estado propiamente dicho, están las organizaciones comunitarias y territoriales orgánicas e inorgánicas; los curas; los evangélicos; los actores de la economía popular que por factores de proximidad enfrentan, un poquito, al fantástico negocio de la intermediación corporativa.

La tilinguería remite ese entramado a la burda definición de estructuras clientelares, piqueteras, punteriles. Pero sin el activismo de ellas se viviría de sofocón en sofocón y hasta de estallido en estallido.

La corrupción individual que pueda haber en esos segmentos asistenciales es una pequeñez al comparársela con los costos de que no existieran.

Esa imbecilidad de los sectores de clase media otrora quejosos por acampes y cortes de avenidas es tan grande como la inconsciencia respecto de que, si no fuera por tales colectivos amparadores del mero reclamo de comida (y de planes, cómo no), tendrían un incendio tras otro preguntándose qué hacen esos pobres en la puerta de casa. O en el recibidor.

Esas estructuras, detestadas por la dialéctica facha y desclasada del sempiterno oprimido que reproduce el discurso del opresor, están regulando la olla a presión. Por cierto, lo hacen con la ayuda inestimable de las propias víctimas.

Habrá que apreciar cuánto aguanta esa malla protectora, si la única táctica es la legítima e ineludible emisión monetaria a que están echando mano todos los gobiernos del mundo. Sucede que eso opera sobre la demanda y no sobre una oferta restringida.

Es emocionante la responsabilidad solidaria de gente hacinada en viviendas misérrimas; que vive al día con changas desaparecidas; que hasta se quedó sin La Salada, sin las ferias del menudeo, sin recursos mínimos que no sean los que les caigan del auxilio precario, y que sin embargo responden obedientes a las indicaciones de “quedarse en casa”, de no armar bardos incontrolables, de mantener la distancia física cuando salen a cobrar los dos mangos que con suerte les corresponden.

¿Quiénes son los que hasta ahora vienen dando el peor ejemplo? ¿Los conurbanos de la desdicha? ¿Los jóvenes abandonados a dealers y barones de la falopa? ¿Los intendentes “choriplaneros”? ¿Esos son? ¿O son los factores de poder que especulan en las góndolas, con el dólar a 120, rechazando que unos contados miles de megamillonarios paguen un tributo extraordinario?

¿La basura del país pandémico se llama primer y segundo cordón, por caso, o se llama Paola Rocca?

¿Se llama que Alberto se enamoró del aplanamiento de la curva porque le da popularidad o se llama como se llame tanto dueño de geriátrico, tanto formador de precios, tanto banco que la levantó en pala y sigue operando no con créditos a tasa reducida, sino en sus cuevas delivery (porque, a ver: ¿a quién cree usted, estimado lector, que pertenecen esos antros de “los mercados”?).

En el escalón siguiente de los asistenciados, el Gobierno también socorrió (aunque, al parecer, en ejecución lenta) a pymes y monotributistas; con beneficios impositivos y con salvaguardas para el pago de salarios en las empresas privadas. Pero la dinámica de una economía virtualmente parada va por el ascensor, ya con cortes en la cadena de pagos. Y con la perspectiva, certera, de que las “cuarentenas focalizadas” no alcanzarán para reanimar.

De nuevo: el Estado puede y debe asistir a la demanda tanto como para repartir asistencia entre el abajo y la clase media, pero el aspecto nodal permanece en de qué modo actuar sobre los medios de producción. “El campo” de amarroque concentrado, unos oligopolios que agrupan el andamiaje de productos y precios esenciales y, obviamente, una banca privada estrictamente dirigida a la financiación timbera.

Eso lleva al tercer nivel, que es donde, por ahora, se trabaja más con anuncios de sanciones que con proceder efectivo.

A algún factor de poder económico hay que ganarle, bajo riesgo de que en caso contrario se vea afectada la imagen de autoridad gubernamental.

El Presidente, en la entrevista con Romina Calderaro publicada ayer en este diario, resaltó tener muy presente que la política es conflicto de intereses. Es tan cierto como que ese conflicto no siempre puede resolverse a diálogo infinito, y más cuando la/s otra/s parte/s no dan signos que no sean presionar en contra del grueso mayoritario.

Se dice esto sin mella alguna de que el Gobierno es proactivo, que da respuestas día a día sin perjuicio de que gusten o no, con un Presidente que no duerme buscando soluciones y paliativos, habiendo en lo sanitario un trabajo enorme, eficiente, que agarró al toro por las astas a la primera de cambio. Al revés de lo que demoraron el primer mundo y la gran mayoría de sus líderes impresentables.

¿Qué más puede reclamársele al Gobierno, cuando encima viene de hacer una dura, pero lógica oferta a los acreedores privados? Le piden, otra vez, que presente su plan económico para saber a qué atenerse. Cómo se pagará, que es verbigracia por a quiénes se ajustará. Así se lo dijo a Martín Guzmán uno de los miembros-jefe de los fondos de inversión acreedores: Argentina tiene que mostrar un sacrificio que le duela.

Dicho con todo el pudor exigido, como siempre, por el hecho de ser un simple comentarista, lo que estaría faltando es lo ya meneado por parte de no tan numerosos columnistas y especialistas del palo: medidas ejemplificadoras contra quienes cortan la torta.

No es trosquearla, no es subirse a ninguna puerilidad antiempresarial e inconducente, no es perder de vista que venimos de un Estado ruinoso; no es correrse a la izquierda a lo pavote para, como de costumbre, hacerle el juego a la derecha desde la comodidad de no disputar el poder.

Es una cuestión de supervivencia que el Gobierno sepa aprovechar el momento de favor masivo que lo acompaña. Si no es hoy para tomar riendas del comercio exterior, para sancionar a grandes taimados, para forzar a patrimonios casi incalculables y para timonear desde el Estado la producción y regulación de servicios indispensables, ¿cuándo lo sería?

Ellos ya están sabiendo juntarse, incluso a despecho de una oposición partidaria inexistente. Presionan desde sus medios de comunicación, hablan de un Presidente a la deriva estratégica, llaman a bajar impuestos, advierten que hay poco menos que una dictadura institucional porque no funcionan ni el Congreso ni el Poder Judicial, reclaman el respeto por las libertades individuales cuando supieron demandar estado de sitio.

Quien crea que el verdadero poder está débil porque Macri desapareció salvo para firmar una solicitada de energúmenos; porque sus comunicadores ya no consiguen más invitados que la comandante Pato, el comediante Fernando Iglesias y un puñado de símiles; porque lo único que se les ocurriría es alarmar contra la liberación de presos o advertir sobre la injerencia de Cristina (que los pone nerviosos si se queda a un costado, y mucho más histéricos si aparece), comete un grave error de percepción.

El poder no pasa sólo por las imágenes, pero sin imágenes fuertes no hay poder que valga.

Si algo ha sabido construir el Gobierno es una imagen/realidad de saber estar al frente en una instancia inédita.

No debe dormirse allí. Popularidad y poder no son la misma cosa. Tiene al pueblo dispuesto, porque nadie le ofrece algo mejor excepto por los cantos de sirena de quienes lo llevaron hasta acá.

Y quienes lo condujeron aquí vienen de antes del coronavirus.

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